La coneja (y el conejo)
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El caso es que el conejo no gustó... En cambio, la coneja... ¡Ah, la coneja! Ella tiene a la Pascua como ayuda, y muchos ven en ella una especie de signo religioso
La tradición de la coneja se va imponiendo en nuestro medio y nuestros cuartos. El conejo no gustó –digo, su carne–, y vanos fueron los esfuerzos oficiales por impulsar su consumo entre la población, sobre todo del campo. El conejo, cantaba la propaganda oficialista, es sabroso, es nutritivo, es sano y es barato. Su piel se puede usar para hacer cuellos de abrigo o aplicaciones en suéteres de mujer. En vano; en vano todo. A la gente no le pasó el conejo. Todos le encontraban parecido con un gato; decían que su carne era insípida y muy seca.
– ¡Pero si en Francia los franceses lo comen muy a gusto –clamaba la Comisión Nacional del Conejo– y los franceses saben comer bien!
– Sí –respondía la gente–, pero los franceses le ponen vino blanco o rojo; lo sazonan con aceite y vinagre; le añaden azafrán y laurel, setas, eneldo, mejorana, hinojo, jengibre, nuez moscada, tomillo, páprika, verbena, salvia, mostaza y estragón. Y nosotros nomás le ponemos chile colorado.
El caso es que el conejo no gustó. Los ejidatarios mataron de un garrotazo al finísimo conejo semental –vino de Australia, por avión–, hirvieron su carne en agua, la probaron, la echaron a los perros y luego comieron su acostumbrado menú diario de tortillas con chile y con frijoles.
El único conejo que pegó fue “El Conejo Loco”, en Arteaga. En cambio, la coneja... ¡Ah, la coneja! Ella tiene a la Pascua como ayuda, y muchos ven en ella una especie de signo religioso. “...El tercero, comulgar por Pascua Florida”, reza –¿o rezaba?– el poético mandamiento de la Iglesia. Ahora el símbolo de la Pascua es la coneja.
Pagano símbolo ése. Pero no cabe duda de que lo pagano es la principal fuente de lo religioso. En inglés “Pascua” se dice “Easter”, derivación de “Eostre”, el nombre de la diosa de la aurora en la mitología anglosajona. Por asociación de ideas, su fiesta se celebraba en primavera, que es como un amanecer del mundo, si me es permitido ese lirismo. La Iglesia tomó la tradición, la hizo suya, y la coneja apareció en los pueblos sajones como símbolo de la fertilidad y la perpetuación de la vida. En Estados Unidos, el gobierno impulsó la celebración de la coneja después de la Guerra Civil, pues se buscaba difundir entre la población ideas de renacimiento.
De ahí nos viene el animalito. En el fraccionamiento donde vivo, veo en algún jardín conejitas con moño y delantal que llevan canastitas con huevitos. En muchas partes, los paternales papás y las maternales mamás pusieron a sus niños a buscar los huevos de la coneja, con regalitos dentro.
Algunos ceñudos nacionalistas dirán pestes por la adopción de esta costumbre. Esos flatulentos Torquemadas no se rinden todavía ante el Halloween, y sólo gruñendo han renunciado ya, de mala gana, a combatir a Santa Claus. Dirán que la coneja –¡inocente!– es otra imposición del imperialismo yanqui. Yo no gruño. Me congratulo de que no hayamos tomado de los güeros la pena de muerte, que en Texas es un deporte regional, o la costumbre de tener en la casa pistola, rifle o escopeta como se tiene un yoyo.
¿Coneja de Pascua? Inofensivo símbolo. Todo fuera como eso.