Los ‘cristos coronados’ en las yucas de mi tierra
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Dar la vuelta por los alrededores de la ciudad es confrontar la mudanza del paisaje que se transforma sin perder su esencia
Estos días feriados de la Semana Mayor y la Pascua, en las que se recuerda la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, es siempre atractivo volver al tema. La pasividad de la ciudad brinda el ambiente propicio para realizar actividades tranquilas, individuales, en parejas o en grupos pequeños. Refugiarse en casa y leer lo que ha quedado pendiente; escuchar música, pasear por la ciudad casi sin habitantes o visitar algún lugar cercano en los alrededores y disfrutar del paisaje nuestro son opciones que pueden recrear el sentir más hondo del que lo disfruta.
El universo de la literatura en cualquier soporte es un mundo encantado y Alberto Altamirano brinda una receta en un texto que tituló “Lo maravilloso en el cuento y la novela”, tesis para obtener un doctorado en la UNAM: “Para los amantes de lo maravilloso existen ciertos conjuros que lo ponen sumiso a su voluntad. Basta penetrar en el cuarto mágico, tomar uno de los numerosos ‘grimorios’ con pasta de pergamino, de cuero, de tela, de cartón o sencillamente a lo rústico, que se encuentran en los anaqueles, instalarse cómodamente en un sillón parecido al del doctor Fausto en su laboratorio, encender la lámpara encantada y fijarse cuidadosamente en los signos cabalísticos que corren sobre la blancura de la página: los ritos herméticos ya cumplidos principian entonces la evocación y el ensueño”.
La metáfora acepta la interpretación de la biblioteca como “el cuarto mágico” y el “grimorio” como el libro, un universo mágico al que se llega a través de la lectura de las letras o signos cabalísticos: La narración literaria interpretada como una maravilla novelada de sucesos sobrenaturales, aceptados como normales por personajes y lectores sin generar asombro, o en el sentido estricto del “grimorio” como el manual de rituales de magia y hechicería, hoy en día nada difícil de encontrar en Internet.
La música ofrece incontables opciones: religiosa o profana, en todos los géneros y compositores de todas las épocas. Una sola canción puede darle sentido al momento. “La Saeta”, poema de Antonio Machado, expresa su preferencia por el Cristo vivo en vez del agonizante que es “la fe” de sus mayores. Cantado por Joan Manuel Serrat en su álbum de 1969 dedicado a Antonio Machado, es extraordinariamente bello: “¿Quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? ¡Oh!, la saeta al cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos... Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía y es la fe de mis mayores. ¡Oh, no eres tú mi cantar! No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”.
Si paseamos por la ciudad, el ambiente tranquilo, por el que no parece pasar el tiempo, nos hace distinguir los colores del paisaje urbano que cotidianamente vemos en blanco y negro: el oro del sol; el blanco fugitivo y agrisado del cielo nublado; el vuelo tornasol de las aves; el rojo florecido de las azucenas de dolores; la plata de la luna desbordada; el múltiple colorido de las calles, bulevares y calzadas; el variopinto de las casas, residencias, covachas y tejabanes; la diferente luz de los ángulos, recodos y rincones. Descubrir todo lo anterior es sentir la esencia de la ciudad que crece y se reinventa a sí misma, tratar de acomodarse con ella y domesticarla en un plano de mutuo entendimiento.
Todo lo que hacemos es cultura. Por ella el hombre percibe su circunstancia y se comunica con su entorno. Dar la vuelta por los alrededores de la ciudad es confrontar la mudanza del paisaje que se transforma sin perder su esencia. El verde cenizo de las sierras que enseñan la reconciliación de la verticalidad con las formas horizontales y esperan con ansia las primeras lluvias para estallar en mil reflejos. El verde opaco y el ocre de la desértica llanura norteña, donde sólo crecen la lechuguilla y las cactáceas de noble estirpe, como las yucas que regalan sus flores y enseñan, a quien sabe verlos, los “cristos” crucificados que parecen llevar escondidos en su arquitectura; y los magueyes y cactus que muestran sus retoños chiquititos asomados de un lado y del otro y enseñan a los paseantes la esperanza renovada de la vida, para que no se les olviden sus raíces saltilleras, para que no se les pierdan los “cristos” coronados de las yucas de su tierra.