Pérez Cervantes, Mora y García y Berumen 1/2
COMPARTIR
“Los estatutos de la mirada”, de Alejandro Pérez Cervantes, es un libro interesante para la historia reciente de Saltillo. Lo publicó el Instituto Municipal de Cultura a mediados del año pasado, y constituye una magnífica aportación a la memoria visual de la ciudad por su tema de la fotografía y por la recuperación impresa de algunas fotos de las últimas tres décadas del siglo pasado.
Al igual que una fotografía, el libro puede verse con distintas miradas: como episodios de una crónica saltillense en un periodo determinado, como resumen de esa etapa del pasado de la vida en Saltillo y, pensando en los poemas visuales de Apollinaire, puede convertirse en una pequeña antología de “la vida anecdótica” de esta ciudad norteña. El libro es el resultado de una investigación de Alejandro, consistente en el análisis minucioso de una selección de fotografías de los archivos del desaparecido Estudio Mora y García, que conserva el periódico El Heraldo de Saltillo en su archivo digital.
Las figuras de José Mora Luna y Rubén García Soto forman parte de la galería de personajes saltillenses ligados a los tejidos más íntimos de la ciudad en los ámbitos social, político, deportivo, religioso y familiar de la segunda mitad del siglo pasado. En 1940, ambos fundaron una sociedad comercial y establecieron el Estudio Mora y García, con el eslogan “Los amos de la fotografía”. En su época, el Estudio cubrió todas las necesidades gráficas de la ciudad. Mora y García sirvieron a Saltillo como fotógrafos sociales, por lo que su presencia se volvió tan familiar en cuanto evento, diversión y entretenimiento hubiere. Cubrían fiestas, bodas, bautizos, primeras comuniones, graduaciones, bailes, desfiles, obras de teatro, encuentros deportivos, pero también trabajaron como fotógrafos de prensa, fotoperiodistas les llaman hoy, y cubrían al mismo tiempo el ámbito político: giras, campañas, actos cívicos, informes de gobierno, visitas a la ciudad de personajes de la política nacional, entre otros muchos eventos y acontecimientos más.
Gabriel Berumen, entonces un joven de 16 años de edad, se integró en 1954 al Estudio Mora y García, primero como ayudante y después como fotógrafo bajo el cuidado de Mora y, al separarse Rubén García en la década de los 70, se asoció con José Mora para continuar el negocio como Mora y Berumen hasta el fallecimiento de don Pepe, cuando cierra definitivamente el Estudio. Por relación de familia, Berumen resultó heredero de los archivos de José Mora, su mentor, y conociendo su valor, los entregó al emblemático diario saltillense, que realizó el trabajo de digitalización de los negativos para su conservación, y donde Pérez Cervantes realizó la investigación y rescate vertidos en su libro.
Los nombres de Mora y García fueron indisolublemente unidos ante la comunidad saltillense, tanto que cuando alguien se refirió a una de las hijas de Mora como “la hija de Mora y García”, don José replicó: “Hija de Mora. García y yo nada más somos socios en la fotografía”.
Yo recuerdo nítidamente las figuras de ambos: la tez morena y el pelo oscuro de Mora, y cómo arrastraba un poco su pierna izquierda, sin que eso fuera impedimento para fatigar las calles, siempre con su inseparable cámara colgada al cuello, y chasqueado al hombro, el morral donde cargaba los rollos. También recuerdo la figura de don Rubén García, más rubicunda, sus ojos muy vivos, su pelo claro ya entrecano, su cara redonda y colorada, cargado siempre con sus infaltables herramientas de trabajo.
Todavía debe haber mucha gente que recuerde ese negocio fotográfico, ubicado en la calle de Aldama, antes del edificio que fuera el Cine Saltillo, y que recuerde a esos dos fotógrafos, elementos indispensables en la vida saltillense de la segunda mitad del Siglo 20.