Subjetivismo contra objetivismo en el caso de la consulta popular
COMPARTIR
El bien, la verdad, la justicia y la realidad en general no depende del sujeto, esa forma de ver la vida se denomina subjetivismo y no solamente nos complica ponernos de acuerdo, sino obnubila los ambientes. Seguro que le ha pasado. La verdad no depende de las circunstancias por las que pasan momentáneamente las personas, y digo momentáneamente porque pareciera ser que, así como afirman, niegan.
Lo vemos en los medios de comunicación social, entre los personajes de moda de los diferentes ámbitos de la sociedad, con los amigos y conocidos que su lectura de la realidad no sólo depende de sus apreciaciones, sino también de sus intereses, de los grupos a los que pertenecen, de las presiones y compromisos adquiridos, de los colores que trae puesto y pocas veces de la verdad. Determinar la apreciación de la verdad a partir del objeto se llama objetivismo y, por supuesto, desde hace rato en lo público es un ausente.
En una sociedad en la que el doble discurso, la simulación, el ocultamiento, el camuflaje, las verdades a medias y las mentiras piadosas son el pan nuestro de cada día, ya ni siquiera reparamos en que esta visión o postura ha colaborado al enturbiamiento de lo que hoy llaman polarización social. No sólo hace falta el objetivismo, sino también el pragmatismo, el racionalismo y la responsabilidad.
Verdad y responsabilidad son un binomio necesario para que la sociedad esté en equilibrio. Lo contrario es la hipocresía que nos vuelve falsos y contrarios a la verdad. La hipocresía manipula, divide, falsea, separa, deforma y rompe los vínculos en una sociedad, es una traición a uno mismo y por consecuencia a los demás. Nos liga al engaño, por eso cuando se descubre o se desenmascara a quien se engaña se cancela la comunicación, surge el desánimo, la sospecha, la falta de credibilidad, la desconfianza, la burla y el descrédito.
¿Dónde ésta la verdad? Analizar e investigar lo que ocurre a nuestro alrededor nos dará la posibilidad de hacer a un lado todo lo que nos divide, porque entenderemos desde la razón y la objetividad los motivos de quienes nos rodean. Descalificar, desacreditar, infravalorar, despreciar, discriminar o tener sólo lo mío como argumento válido, sigue alimentando los binarios que, como sociedad en este País, no nos permiten avanzar.
Es cierto, a muchos mexicanos les cuesta decir la verdad porque es contraria a sus intereses. Porque desenmascara las mentiras. Porque nos hace salir de la ilusión autocomplaciente. Porque devela el autoengaño con el que nos encubrimos y nos defendemos. O porque nos beneficia cuando pactamos mentiras con nosotros mismos o con los otros.
Para ir aterrizando, lo que vimos en esta semana en la Suprema Corte de la Nación, con la votación para llevar a los expresidentes a la cárcel, es la práctica –como en otras tantas cosas– de un claro y evidente subjetivismo. Mismo que vemos por todos lados en medios visuales, electrónicos y escritos. Efectivamente, como dijo el ministro Luis María Aguilar y luego repitió un expresidente: “La justicia no es un asunto de consulta”, pero se le olvidó decir u omitió que la democracia sí.
Otra vez. Ahí están las leyes que evitan el subjetivismo. Ahí está el 35 Constitucional que hay que leer sin sesgos, sin apasionamientos, sin subjetividad, sin tener en cuenta intereses contraídos con otros actores, sin enredar los colores y por tanto las filias y las fobias, sin sentirse comprometidos y presionados o impresionados por la figura presidencial.
Vivir en clave de verdad nos hace distinguir todas las taras sociales en las que nos ponemos a favor de algunas o en contra de otras cuando utilizamos el subjetivismo como herramienta de interpretación.
Si alguien dice que la justicia es etérea y abstracta, basta con que utilice como medida cuantitativa la equidad y como medida cualitativa a la igualdad para saber que no lo es, y dejará de decir: “ah bueno, es que yo veo las cosas de manera distinta”. Y todavía más, ahí están los códigos normativos y los acuerdos o mínimos que juntos hemos decido como elementos que nos aseguran socialmente una vida buena. Y así como en la justicia entenderemos perfectamente lo que es o lo que no es constitucional.
¿Cuál es el criterio que utilizamos para tomar las mejores decisiones? ¿Lo bueno? ¿Lo correcto? ¿Lo que debe hacerse? ¿Lo que se acostumbra hacer? ¿Lo que el grupo social del que somos parte aprueba? ¿Lo que nos conviene? ¿Lo legal? ¿Lo que ordena la conciencia? ¿El éxito que quiero conseguir? ¿Los intereses en juego? ¿O el hecho de que las consecuencias sean buenas para mí?
¿Cuáles fueron los criterios que impulsaron al Presidente, a los ministros y los opinólogos para determinar la constitucionalidad o no de la consulta pública como herramienta para juzgar a los expresidentes? Las posturas subjetivas y maniqueas son el origen de los binarios que nos complican la vida y nos siguen separando por la falta de objetividad. Así las cosas.