PRI: De 32 a 2 y los mismos de siempre
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Cuando un partido pierde la mayor parte de su presencia nacional, los territorios que conserva dejan de ser simples espacios administrativos para convertirse en activos estratégicos
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) atraviesa el momento de mayor debilidad política de su historia. Después de haber gobernado durante décadas la Presidencia de la República y las 32 entidades federativas, hoy únicamente conserva las gubernaturas de Coahuila y Durango. En conjunto, ambos estados concentran poco más de 6.3 millones de habitantes, alrededor del 4.7 por ciento de una población nacional estimada en 134.4 millones de personas. Este contraste refleja la profunda transformación del mapa político mexicano y explica por qué cada espacio de poder que aún conserva el PRI ha adquirido un valor estratégico.
Ese dato explica muchas cosas. Cuando un partido pierde la mayor parte de su presencia nacional, los territorios que conserva dejan de ser simples espacios administrativos para convertirse en activos estratégicos. Cada estado, cada municipio y cada elección adquieren un valor político muy superior al que tenían cuando el poder era abundante.
En ese contexto, Coahuila dejó de ser únicamente un estado del norte de México. Se convirtió en uno de los últimos bastiones del priismo nacional, el territorio desde donde el partido intenta demostrar que todavía puede gobernar con eficacia y seguir siendo competitivo (¿será?). De sus 38 municipios, el PRI gobierna 25, incluidos algunos de los más importantes por su peso económico y electoral, como Saltillo, Torreón, Monclova y Ramos Arizpe. La permanencia en estos municipios no sólo tiene relevancia local; constituye una pieza fundamental para la supervivencia política del partido a nivel nacional.
Desde esta perspectiva debe analizarse la designación de Miguel Ángel Riquelme Solís como presidente municipal sustituto de Torreón, tras el fallecimiento de Román Alberto Cepeda. Jurídicamente, el procedimiento se realizó conforme a la legislación vigente y el Congreso del Estado actuó dentro de sus atribuciones. Sin embargo, la legalidad del nombramiento no agota el análisis político.
La pregunta central no es si Miguel Riquelme podía ocupar el cargo, sino por qué el PRI decidió recurrir nuevamente a uno de sus liderazgos históricos para enfrentar una coyuntura extraordinaria. Riquelme cuenta con una amplia trayectoria política: fue alcalde de Torreón, gobernador de Coahuila y senador de la República. Su experiencia explica parcialmente la decisión, pero también abre un debate sobre la capacidad del partido para generar nuevos liderazgos.
En este escenario también surge una interrogante sobre el papel del actual gobernador del estado. Aunque formalmente la designación correspondió al Congreso del Estado y no existe evidencia de una intervención directa del Ejecutivo, resulta difícil interpretar un nombramiento de esta importancia sin considerar el liderazgo político que representa el mandatario dentro del partido. La decisión puede entenderse como parte de una estrategia orientada a preservar la estabilidad institucional y la cohesión del grupo político que gobierna Coahuila.
No obstante, esta táctica también admite una lectura distinta. Si el PRI ha gobernado Coahuila durante décadas y hoy encabeza una nueva administración estatal, ¿por qué la respuesta frente a una situación excepcional vuelve a recaer en uno de los dirigentes que ya ocuparon los principales cargos públicos del estado? La interrogante no pretende cuestionar la capacidad de Miguel Riquelme, sino reflexionar sobre el modelo de conducción política que parece privilegiar la continuidad de los mismos liderazgos.
Autores como Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca explicaron que las élites tienden a reproducirse y conservar el poder mediante la circulación de sus principales dirigentes. Robert Michels desarrolló la llamada Ley de Hierro de la Oligarquía, según la cual incluso las organizaciones democráticas terminan concentrando las decisiones estratégicas en un grupo reducido.
Bajo esta perspectiva, la llegada de Miguel Riquelme a Torreón puede interpretarse como una decisión orientada a garantizar gobernabilidad y estabilidad en una de las ciudades más importantes del estado. Sin embargo, también puede verse como una señal de que el PRI continúa confiando principalmente en sus figuras históricas para enfrentar los desafíos políticos más relevantes. Lo otro es que una parte de la población del estado, sobre todo quienes son beneficiados por el partido, siguen creyendo en un discurso por demás decadente y, sobre todo, en personajes que ven en los puestos de elección popular un botín seguro. A muchos de ellos, así les viene bien.
El caso de Torreón trasciende el ámbito municipal. Refleja el dilema que enfrentan muchos partidos políticos cuando atraviesan procesos de reducción de poder: privilegiar la experiencia y la estabilidad o impulsar una verdadera renovación de sus cuadros. Ambas opciones tienen ventajas y riesgos, pero la permanencia reiterada de los mismos liderazgos puede generar dudas sobre la capacidad de una organización para preparar a nuevas generaciones.
En este sentido, la discusión no gira únicamente en torno a Miguel Riquelme o al gobierno estatal actual. El tema de fondo es la fortaleza institucional del PRI en Coahuila y su capacidad para proyectarse hacia el futuro. La estabilidad política constituye un activo importante, pero una institución también demuestra su madurez cuando puede enfrentar circunstancias complejas sin depender siempre de las mismas personas.
Así, el regreso de Miguel Riquelme a la presidencia municipal de Torreón representa mucho más que un relevo administrativo. Simboliza la estrategia de un partido que busca preservar uno de sus últimos bastiones territoriales en un momento de profunda transformación política nacional. Al mismo tiempo, plantea una pregunta que trasciende al propio PRI y alcanza a cualquier organización política: ¿es posible garantizar la estabilidad sin sacrificar la renovación de los liderazgos? La respuesta a esa interrogante probablemente definirá no sólo el futuro del priismo en Coahuila, sino también la capacidad de los partidos políticos para adaptarse a un escenario democrático cada vez más competitivo y exigente. Por supuesto, no deja de ser “patadas de ahogado”. Así las cosas.