Protección civil: seguimos sin aprender las lecciones en Coahuila
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‘Más vale prevenir que lamentar’ es una frase que repetimos con una frecuencia que convoca a pensar que se trata de una lección aprendida, pero por desgracia la realidad es muy distinta
Una de las frases más repetidas en nuestras comunidades es la relativa a la virtud que tiene el prevenir, como antídoto contra el lamento. Por desgracia, la repetición incesante de dicha pieza de sabiduría popular no encuentra correspondencia en los hechos.
Los ejemplos de esta realidad son múltiples y se actualizan de forma recurrente. El problema es que, ante la acumulación de evidencia, no parecemos capaces de reaccionar para modificar esta realidad.
La enésima evidencia de ello está representada por el reporte que publicamos en esta edición, relativo a las negativas consecuencias que tuvieron las lluvias de ayer en distintos puntos de la entidad. Y lo es porque los efectos de la precipitación no debieron ser los ocurridos.
Y no se trata solamente de que se haya registrado una víctima mortal en los sucesos de ayer. Ese sólo hecho debería ser más que suficiente, pero no es solamente eso, sino que las afectaciones registradas no tuvieron razón de ocurrir. No en la época actual.
Esto es así porque, a estas alturas de la historia, ya tendríamos que haber comprendido la necesidad de tomar previsiones en relación con los riesgos derivados de los fenómenos naturales. Porque si ya en el pasado hemos sufrido las consecuencias de ello, lo más lógico sería que, a sabiendas de su recurrencia, nos ocupáramos del asunto.
Nadie, sobre todo nadie en las instancias públicas responsables de la protección civil, puede fingir ignorancia o decir que lo ocurrido en las últimas horas es un fenómeno imprevisible. Todo lo contrario: contamos con información de sobra que nos permite prever las contingencias.
Es verdad que no es posible anticipar la cantidad exacta de agua que lloverá en un lugar determinado y, por tanto, no es posible exigir ese nivel de precisión a quienes se encargan de la vigilancia meteorológica. Pero lo que sí conocemos con precisión es dónde se ubican las zonas de riesgo, en este caso las que son susceptibles de inundación.
Por ello, en torno a estas sí es posible desplegar estrategias que, por un lado, minimicen los riesgos a largo plazo y, por el otro, constituyan mecanismos eficaces frente a los percances que pueden sufrir quienes viven y/o transitan por dichos lugares.
Y esto último es lo que no hacemos: no impedimos que en las zonas inundables se instalen familias a vivir de forma permanente; no impedimos que los cauces naturales del agua sean taponados; no somos capaces de poner en práctica reglas que minimicen los riesgos.
Con todo ello, lo que ocurre cada año en temporada de lluvias no debe extrañarle a nadie. Se trata apenas de la consecuencia natural de una inexplicable vocación por el riesgo que se recrea una y otra vez desde las oficinas gubernamentales.
¿Qué hace falta para reaccionar ante tal realidad? Ninguna respuesta parece coherente, pero se antojaría que al menos no sea la acumulación de más cadáveres.