¡Qué va!
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Para Jaime Muñoz Vargas
Cuando Javier Solís empezó a cantar semi profesionalmente, hacia 1948 en la Plaza Garibaldi, en los restaurantes El Tenampa y Guadalajara de Noche, se sumó a la nómina de cantantes rancheros del momento: Pedro Infante (1917-1957), Jorge Negrete (1911-1953), José Alfredo Jiménez (1926-1973), entre otros. Sin embargo, en 1955, el coahuilense Felipe Valdés Leal, director artístico de Columbia, lo contrató para un primer sencillo, con Qué te importa y Por qué negar. El sencillo fue tan exitoso que obtuvo su primer disco de platino. Desde ese momento Valdés Leal lo tuteló avizorando grandes alturas. Sólo una condición le puso: abandonar la imitación a Pedro Infante. El cumplimiento de esta condición fue el paso más grande en la vida artística de Solís, pues al hacerlo reveló su voz verdadera. Dejó de cantar al servicio del mariachi, para poner al mariachi al servicio de su voz.
Generalmente descrita como barítono ligero, su voz se colocaba en la zona media de registro tonal, capaz de sumergirse en las profundidades oscuras del tenor, y de alcanzar las altas notas agudas con nítida claridad. Esta singularidad tonal fue trabajada con esmero por el profesor Noé Quintana, vecino, como Solís, de Tacubaya. Quintana —también profesor de Pedro Infante—, le enseñó a enriquecer su natural potencia y expresividad; a entender su voz, a controlar la respiración, la impostación y los matices dinámicos que a la postre le permitieron moverse en todos los registros sin perder color, y, lo que habría de ser el gran tesoro de Solís: tener un terso control emocional. Estas singularidades se advierten en, por ejemplo, Sombras, en la que su voz va de lo oscuro a lo aterciopelado que subraya las frases largas, siempre manteniendo el control. En Esclavo y amo su voz es fuerte, muy expresiva a pesar de que casi toda está en un registro medio, pero de enorme intensidad.
Estos rasgos distintivos, entre otros más técnicos, habrían de separarlo de esa nómina de cantantes rancheros del momento, desde entonces y para el resto de la vida. Mientras que la voz y los modos de Pedro Infante eran brillantes, juveniles, de enamorado sempiterno, la voz de Solís era madura, dramática como la del hombre que canta desde la experiencia y no desde la apuesta. Si Jorge Negrete era operístico, a veces marcial, echado hacia los grandes escenarios, Solís era natural, íntimo, como se cantan las confidencias. Si el estilo de José Alfredo Jiménez era silvestre, que se juega la vida en el cubilete, Solís da a cada palabra su precisa intensidad sin aspavientos ni sometimientos.
Si el mariachi fue su casa paterna, en la que durante años se sintió cómodo, tres amigos lo llevaron a explorar caminos sinuosos para su voz. El primero fue Fernando Z. Maldonado, quien, en 1959, preparó el álbum de valses mexicanos Javier Solís con banda, acompañado con banda sinfónica, y grabado en los estudios de Columbia Records en Nueva York. El resultado tuvo poca aceptación entre los seguidores de Solís, acostumbrados al mariachi. Al año siguiente el director de orquesta, productor y amigo de Solís, Chuck Anderson (1933-1999) produjo el álbum Javier Solís en Nueva York, con orquesta. Se trataba de un exquisito acometimiento que extrajo de Solís matices desconocidos incluso por él mismo. Este álbum lo colocó en el registro de Frank Sinatra, a quienes unía profunda admiración. (Hay una foto plena de mutuo orgullo tomada durante su encuentro en Nueva York en 1965). Escúchese, para ilustrar lo dicho, la clásica Night and Day, de Porter.
En 1964 el productor Felipe Valdés Leal, ahora en CBS, propuso a Solís una hibridación aventurada donde las haya: armar un álbum con canciones de Agustín Lara, pero no con orquesta sino con mariachi, al que llamó Javier Solís interpreta a Agustín Lara, con arreglos de Rafael Carrión. Aquí Solís, de nuevo reveló nuevas facetas de su sabiduría vocal. Ajustó su color tonal al sufrimiento modernista de Lara, que va de lo oscuro al terciopelo rasgado; redujo la bravura ranchera, evitó el sonido frontal hasta hacerlo íntimo, elegante y un poquito trasnochado. Así, la emoción es constante, controlada, para alcanzar la poesía de Lara de frases largas y metáforas complejas Mis pobres manos, alas quebradas / Crucificadas, crucificadas, bajo tus pies. Para cerrar volvamos a las comparaciones. Mientras que Pedro Vargas, punta de lanza varonil de Lara, posee una voz risueña de brillo natural que ilumina, la de Solís es obscura, diríase que recogida, veteada por una íntima nostalgia. Las letras de Lara en la voz de Solís pesan emocionalmente como pecado propio. La dicción de Pedro Vargas es impecable, obedece a la partitura como niño cantor de Viena; Solís se entrega al romance, confiesa la herida que no cierra. Compárese sendas versiones del danzón Pobre de mí, y después hablamos.