La generación Z y el colapso del romance

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Opinión
/ 5 marzo 2026

La franqueza no dura mucho en internet

Por Christine Emba, The New York Times.

Al menos a los inceles les interesaba tener algo con el sexo opuesto.

Los looksmaxxers, casi todos hombres, casi todos heterosexuales, que han llegado a dominar las redes sociales con su argot descerebrado y sus videos con subtítulos incomprensibles, parecen haber prescindido por completo de las relaciones.

A finales de la década de 1990, a los inceles, o célibes involuntarios, como se definen a sí mismos, les importaba el amor lo suficiente como para forjar una identidad en torno a la falta de él. Se lamentaban de que su aspecto, en su opinión, les impedía entablar relaciones románticas y sexuales.

La franqueza no dura mucho en internet.

Los looksmaxxers de hoy —inceles de nueva generación, formados en el nihilismo de la era de Trump, con escasa socialización debido a los confinamientos por la covid-19 y radicalizados por la manosfera— están obsesionados con mejorar su aspecto físico por cualquier medio necesario. Hablan de la estética como destino y del atractivo (clasificado, codificado y debatido con extrema especificidad) como la medida del valor humano.

Braden Peters, el streamer de 20 años conocido como Clavicular, se ha convertido en la estrella del movimiento. Él asegura que empezó a inyectarse esteroides a los 14 años para mejorar su físico, ha experimentado con metanfetamina para suprimir el apetito y promueve la técnica de golpearse la cara con un martillo (en el léxico looksmaxxer se le conoce como bonesmashing —literalmente, romper huesos—, y hay videos de él practicándola) para acentuar los pómulos y definir más la mandíbula.

¿Pero con qué fin? En una diatriba grabada en video, Clavicular describió su vida como un “infierno”, pero dijo que tenía que recurrir al looksmaxxing para “lidiar con la carga que las mujeres en el mercado de citas hipergámico actual” le habían impuesto. Más recientemente, confesó al Times que saber que podía tener relaciones sexuales con una mujer era quizá mejor que el hecho en sí. “Te ahorra mucho tiempo”, dijo. Sería comprensible que uno se preguntara si los looksmaxxers están obsesionados con el sexo opuesto, o si en realidad les tienen miedo.

Al enfocarse en el yo y distanciarse de las experiencias reales, los looksmaxxers intensifican la manera en que la generación Z aborda el romance, o la ausencia de este.

Esta generación alcanzó la mayoría de edad mientras el entorno social se fracturaba y las normas del cortejo se desmoronaban: un contexto que hizo que el sexo diera miedo y fuera poco atractivo, que las citas fueran difíciles de entender y que hubiera sustitutos de la intimidad fácilmente disponibles. Para muchos, la pornografía en internet fue una introducción temprana al sexo que estableció el distanciamiento emocional y el antagonismo de género como la norma. El momento #MeToo, por necesario que haya sido, sembró una ansiedad generalizada entre los jóvenes de ambos sexos. El aislamiento social impuesto por la pandemia durante sus años formativos hizo casi imposible practicar las habilidades relacionales en el mundo real (románticas y de otros tipos), y el auge de las aplicaciones de citas garantizó que los miembros de la generación Z siguieran viendo todas las posibilidades románticas a través del filtro de la pantalla del celular, incluso si habrían preferido otra cosa.

Los padres también desempeñaron un papel, al empujar a sus hijos a priorizar la educación y los logros mientras descuidaban orientarlos en cuestiones de amor. Y en internet, donde pasaban una parte cada vez mayor de su tiempo, el contenido incendiario sobre relaciones y los “consejos” polarizados sobre citas llenaron ese vacío. Los influentes de TikTok, Instagram, YouTube y sitios de transmisión en directo (como Kick, donde Clavicular genera más de 100.000 dólares al mes) se dedican a advertir sobre los “bops” (personas que tienen muchas parejas sexuales), analizar la importancia del “body count” (el número de personas con las que alguien se ha acostado) y hablar sobre los peligros del “simping” (mostrarse excesivamente atento o sumiso ante un objeto amoroso no interesado), construyendo categorías totalmente nuevas para clasificar y juzgar a las parejas potenciales.

A todo esto se le suma una sensación más amplia de precariedad y ansiedad sobre el futuro y el lugar que ellos ocupan en él, en un momento en que las vías tradicionales hacia la estabilidad y el estatus parecen desvanecerse. Según esta lógica, tiene más sentido replegarse en uno mismo que exponerse a la vulnerabilidad; entregarse al looksmaxxing con nihilismo antes que encontrarse realmente con la otra persona.

En los hombres, eso empieza a parecer una autooptimización onanista como forma de tomar el control y un rechazo al sexo opuesto, impulsado por el miedo, que se manifiesta como resentimiento y misoginia. A las mujeres se les menosprecia, tratándolas como “foids” mercenarias (en la jerga looksmaxxer, el término “foid” es una abreviatura de “female humanoids”; humanoides femeninas). Mejor insultarlas que relacionarse con ellas.

Y las mujeres, por su parte, se están alejando por completo de lo corpóreo, celebrando el anhelo más que las relaciones en persona, desplazando a los hombres del centro y romantizando sus propias vidas en solitario. Es una tendencia que convirtió a “Cumbres borrascosas”, la interpretación subida de tono que hizo Emerald Fennell de la novela romántica clásica, en un éxito de taquilla durante el fin de semana de San Valentín. Esta no es una película para ver en una cita. Como lo planteó el sitio de reseñas Vulture: “Masturbación en los páramos, la jugada ganadora”.

En el número más reciente de la revista The Point, la escritora de la generación Z Mana Afsari contó que en una fiesta a la que asistió en Washington conoció en persona a hombres de centro-derecha que tenían esta mentalidad. “Han tenido todo el verano para buscar oportunidades en la vida real, pero las formas de discurso específico de género que les habían dado consuelo resultaban más gratificantes, o más familiares, que la oportunidad de encontrarse con mujeres reales y receptivas. En lugar de eso, hablaban de las mujeres abstractas, arquetipos sobre los que habían leído en internet, que siempre terminarían haciéndoles daño”.

Continúa: “En lugar de aclarar criterios, elevar nuestras aspiraciones o darnos expectativas de dignidad en el amor, el discurso en línea se ha apoyado en décadas de guerras de género para dejar a los miembros de la generación Z en gran medida apartados los unos de los otros, temerosos y solos”.

Numerosos estudios demuestran que los jóvenes no salen con nadie, no tienen relaciones sexuales ni forman parejas. Una encuesta reciente realizada entre jóvenes adultos por el Instituto de Estudios sobre la Familia y el Instituto Wheatley de la Universidad Brigham Young reveló que solo el 30 por ciento de sus encuestados dedicaba tiempo a salir con otras personas, a pesar de que aproximadamente la mitad de ellos indicaron estar interesados en encontrar una relación. Ellos mencionaron una falta de confianza en lo que los investigadores denominaron “eficacia de las citas”: menos del 40 por ciento se consideraban atractivos para posibles parejas o se sentían cómodos hablando de sus sentimientos con ellas. Solo alrededor de un 25 por ciento se sentía seguro a la hora de acercarse a una pareja potencial o en su capacidad para mantenerse positivo tras un revés amoroso: un rechazo, una mala cita o una ruptura. Si la tendencia continúa, uno de cada tres adultos que actualmente tienen entre 20 y 30 años nunca se casará, lo que contribuirá a una epidemia de soledad que en esta generación ya es acentuada.

Para los adultos más jóvenes, el romance se ha convertido en algo para debatir, teorizar y optimizar, pero en lo que no se participa realmente. A medida que la generación Z se repliega sobre sí misma mientras finge centrarse en el otro, la distancia entre los sexos crece. c. 2026 The New York Times Company.

Christine Emba es investigadora principal en el American Enterprise Institute.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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