Rojo amanecer

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

El 3 de octubre de 1968 amaneció sobre la Ciudad de México como casi todos los días: con el ruido de los autobuses, los periódicos en las calles, los trabajadores rumbo a sus oficinas y una ciudad que comenzaba otra jornada. Pero aquella mañana había algo diferente. Y aunque la ciudad funcionaba, los automóviles circulaban, los comercios abrían y la vida cotidiana intentaba imponerse, Tlatelolco permanecía como una pregunta abierta.

Apenas unas horas antes, la Plaza de las Tres Culturas había sido escenario de una tragedia que todavía no termina de ser comprendida. La noche anterior, miles de personas habían acudido a un mitin estudiantil. Poco después de las seis de la tarde comenzaron los disparos. La multitud corrió buscando refugio. Algunos entraron a los edificios cercanos; otros intentaron abandonar la plaza. El Ejército tomó posiciones y se realizaron detenciones. La confusión se prolongó durante horas. Y después llegó el silencio.

https://vanguardia.com.mx/opinion/corazon-partio-LO23782687

La mañana siguiente encontró a México frente a una realidad que el gobierno intentaba explicar a su manera. Las primeras ediciones de los periódicos hablaban de un enfrentamiento armado. Excélsior tituló aquella mañana: “Se luchó a balazos en Ciudad Tlatelolco”. La información hablaba de muertos y heridos, pero todavía no existía una dimensión clara de la tragedia.

Ese detalle resulta fundamental: el México que despertó el 3 de octubre no conocía toda la historia. Las familias comenzaron a buscar a sus hijos. Los hospitales recibían heridos. Las autoridades realizaban detenciones y, en los edificios de Tlatelolco, permanecían las preguntas de quienes habían presenciado aquella noche.

¿Quién había disparado? ¿Contra quién? ¿Cuántos habían muerto? ¿Cuántos habían sido detenidos?

Las respuestas oficiales fueron cambiando con el tiempo y las investigaciones posteriores demostraron que la versión de un simple enfrentamiento entre estudiantes y fuerzas de seguridad no explicaba por sí sola lo ocurrido.

México se preparaba para inaugurar los Juegos Olímpicos y el país quería mostrar al mundo una imagen de modernidad, organización y estabilidad. Faltaban apenas nueve días para la ceremonia inaugural. Sin embargo, debajo de esa imagen había una plaza llena de preguntas. Las cifras de muertos fueron, desde el principio, motivo de controversia.

La prensa de aquellos días publicó números distintos; posteriormente aparecieron investigaciones, testimonios y documentos que modificaron la dimensión conocida de la tragedia. Hasta hoy, no existe certeza definitiva.

Tlatelolco no terminó el 2 de octubre. El 3 comenzó otra batalla: la batalla por la memoria. Durante años, muchos mexicanos tuvieron que reconstruir lo sucedido a partir de testimonios, fotografías, documentos y relatos de sobrevivientes. El silencio oficial no consiguió borrar la tragedia. Por el contrario, convirtió aquella fecha en una de las heridas más profundas de la historia contemporánea de México.

El amanecer del 3 de octubre de 1968 fue rojo, no solamente por la sangre derramada, sino porque desde entonces la historia de México quedó marcada por una pregunta que ninguna versión oficial pudo borrar: ¿qué ocurrió realmente en Tlatelolco?

P. D. Coahuila ha logrado una reducción importante en sus principales índices de violencia, y eso se sabe. Pero no confundamos una mejoría en las cifras y percepción con la violencia social que sigue ahí, presente. El ataque cometido por dos exalumnos en una secundaria de Torreón nos recuerda, de manera brutal, que el problema tiene muchas más dimensiones. Bajar los índices es indispensable, pero no suficiente.

Y es que hay una violencia que crece en silencio y que puede iniciar en una familia que se desintegra, en un adolescente que se siente solo, en una colonia o barrio donde las oportunidades son escasas, en una escuela donde nadie detecta a tiempo una conducta preocupante o en un entorno donde las adicciones terminan convirtiéndose en parte de la vida cotidiana.

En esos sitios no les importa o no saben que somos primer lugar en todo. Por eso, cuando finalmente ocurre una tragedia así, todos se preguntan cómo pudo suceder, pero también todos conocemos la respuesta: estuvo ahí siempre.

@marcosduranf

Columna: Dogma de fe

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM