Saltillo en tiempos de la Independencia

Opinión
/ 12 septiembre 2021
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Al iniciarse las luchas por la independencia en septiembre de 1810, Saltillo era tan sólo una pequeña y muy pobre población española, con un pueblo tlaxcalteca contiguo y separados por una acequia que corría hacia el sur, por la hoy calle de Morelos, y al norte, a lo largo de la actual calle de Allende. Tenía unas cuantas calles empedradas.

La vida en Saltillo y San Esteban transcurría con toda tranquilidad. Sus habitantes eran escasos, entre 8 y 10 mil en Saltillo. Hacía ya dos décadas que no pertenecían a la Nueva Vizcaya porque ambos poblados habían sido incorporados a la Provincia de Coahuila, cuya capital residía en Monclova. La mancha urbana de las dos poblaciones alcanzaba rumbo al norte sólo hasta la calle de Múzquiz; por el lado sur llegaba a Escobedo y Bolívar; por el oriente hasta Abasolo, y más allá sólo había el cementerio en las actuales calles de Matamoros y Juárez; hacia el poniente, la villa se extendía hasta la Alameda, aunque sólo unas cuantas casas llegaban a la calle de Xicoténcatl, donde había algunas huertas y fincas de los tlaxcaltecas.

Sabemos que la población era evidentemente religiosa por las muchas iglesias y templos: San Esteban, San Francisco, el Calvario, una ermita en el Santuario de Guadalupe y una capilla pequeña en San Juan. La parroquia de Santiago era un templo bastante grande, su construcción había iniciado en 1745 y 55 años después, en 1800, pudo ser bendecida, quedando inconclusa su torre. Esa iglesia parroquial es la misma que hoy conocemos como Catedral de Santiago. La capilla del Santo Cristo ya existía y su reloj de sol, instalado en lo más alto de su portada, era el que marcaba el transcurrir del tiempo, mientras que las actividades comerciales, sociales y políticas de los habitantes se regían por las campanadas de las iglesias. El reloj mecánico se adquirió en 1837. La primitiva iglesia de San Francisco había sido construida en 1787 y se reformó totalmente el siglo pasado. San Esteban se construyó desde la llegada de los tlaxcaltecas.

En la Provincia de Coahuila ya se sabía de la invasión napoleónica a España y, conforme a la nueva legislación, el ayuntamiento de Saltillo había nombrado a don Miguel Ramos Arizpe su representante ante las Cortes de Cádiz, donde luchó denodadamente por su provincia.

La población no se vio muy afectada en este periodo de la historia de México. Para noviembre de ese año de 1810 ya habían llegado, procedentes de Matehuala, Cedros y Real de Catorce, algunos españoles con sus familias y depositaron las barras de plata y el dinero que venían cargando en las cajas reales de Saltillo,
a cargo del tesorero don Manuel Royuela.

El gobernador don Antonio Cordero, pertrechó a las tropas y se alistó para enfrentar a los insurgentes. Cuando Mariano Jiménez llegó como avanzada de los insurgentes a Agua Nueva el 7 de enero de 1911, se topó con los realistas al mando de Cordero, quien huyó intempestivamente cuando sus soldados se pasaron al lado de los insurgentes. Jiménez tomó la ciudad de Saltillo prácticamente sin un sólo tiro y casi sin batalla. El 12 de ese mismo mes de enero se celebró en la Catedral de Santiago un solemne Te Deum en acción de gracias por haber pasado la plaza al poder de la insurgencia.

Destituido don Miguel Hidalgo y Costilla como generalísimo de las fuerzas insurgentes, quedó a la cabeza don Ignacio Allende, militar de profesión. Allende iba rumbo al norte en busca de ayuda y llegó a Saltillo el 24 de febrero. Lo recibió una multitud encabezada por Jiménez y sus tropas, que se encontraban en la ciudad. Unos días después llegó don Miguel Hidalgo. De aquí salió para ser aprehendido en las Norias de Baján. De ahí se le trasladó prisionero a Monclova y luego al cadalso
a Chihuahua.

Esa fue toda la presencia de Saltillo en la primera etapa de la lucha independentista.