NUDO GORDIANO: Colombia, la democracia en vilo

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Opinión
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Colombia nos manda un aviso. Una democracia no muere solo cuando se acaban las elecciones

Colombia vuelve a una de sus viejas encrucijadas. Y esta vez no se trata solo de una elección disputada ni del choque entre dos proyectos opuestos. Lo que está en juego es más profundo: la confianza en la democracia, la legitimidad de las instituciones y la capacidad de un país curtido por la violencia para dirimir sus diferencias sin caer en el miedo.

Pocas naciones de América Latina cargan una historia tan dolorosa. Guerrillas, paramilitares, narcotráfico, secuestros, magnicidios, sicariato: décadas enteras marcadas a fuego. Por eso, inquieta tanto que, después de todo ese sufrimiento, Colombia amanezca de nuevo en una partida en dos mitades que no se reconocen.

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La elección no cerró una etapa. Abrió una crisis. Tras una segunda vuelta ganada por menos de un punto, el derrotado, Iván Cepeda, reconoció el resultado y se plegó al escrutinio y a la ley. El presidente saliente, Gustavo Petro, hizo lo contrario: denunció un fraude cibernético —algoritmos operados, según él, desde servidores en Los Ángeles, para inflar, en el exterior, la votación del ganador— y anunció que no reconoce la legitimidad del gobierno entrante. Son acusaciones mayores. Petro dice tener las pruebas; hasta hoy no las ha llevado a los tribunales, y las autoridades electorales y los observadores internacionales las rechazan.

A eso se suma una demanda de nulidad ante el Consejo de Estado, promovida por el exfuncionario Luis Guillermo Pérez, que objeta la inscripción de la candidatura, las firmas, el escrutinio del voto en el exterior y la doble nacionalidad del presidente electo. No corresponde a un editorial dictaminar si esas acusaciones son ciertas; eso es tarea de los jueces. Pero sí toca advertir algo: una democracia se resquebraja cuando una gran parte de la ciudadanía deja de creer en la limpieza de las urnas.

Porque la legitimidad no se mide solo por votos. Se mide también por la confianza que despierta el camino por el que se llegó al poder. Y cuando una elección queda envuelta en sospechas, lo que deben las instituciones no es el silencio: es la transparencia.

Hay, además, un discurso que inquieta. Abelardo de la Espriella promete mano dura, un aparato estatal reducido, recortes y seguridad por la fuerza. En un país con la historia de Colombia, ese lenguaje no es un detalle. Cuando la ley empieza a sonar más a castigo que a garantía compartida, asoma la sombra de un nuevo militarismo.

Preocupa también el respaldo abierto de Donald Trump y la entrada anunciada de Colombia al llamado Escudo de las Américas. La cooperación entre naciones puede ser legítima; la subordinación, no. Y la pregunta cae por su propio peso: ¿dónde termina la colaboración y dónde empieza la entrega de la soberanía?

Aparece aquí otro elemento delicado: el miedo como herramienta de campaña. En pueblos heridos por la violencia, basta con insinuar que el adversario traerá el caos para torcer la voluntad de la gente. Algunos líderes religiosos, con la Biblia en la mano, han ayudado a vender la contienda como un duelo entre el bien y el mal. En México, Eduardo Verástegui ya encarna esa misma corriente y ese mismo tono. Cuando la política se vuelve cruzada, quien piensa distinto deja de ser compatriota y pasa a ser enemigo.

Y la historia enseña que la intolerancia rara vez llega de golpe. Necesita, antes que ciudadanos comunes, convencidos de que señalar al otro es un deber. Cuando el odio se hace costumbre y el adversario se vuelve enemigo, la violencia ya no pide grandes razones: le basta con encontrar quien la ejecute.

Cepeda, por su parte, anuncia una oposición firme y no descarta la protesta civil pacífica si ve vulnerados los derechos o la soberanía. Señal clara de que la elección no disolvió la polarización: apenas abrió una nueva etapa de pugna.

Y no conviene mirar todo esto desde México como algo ajeno. Es un espejo. También aquí se echa mano de acusaciones extremas para desacreditar al de enfrente y sembrar desconfianza. Cuando la propaganda desplaza a los hechos y el miedo ocupa el lugar de la razón, la democracia empieza a vaciarse por dentro.

Quizá estemos ante una nueva forma de disputa entre naciones. Ya no es la invasión de un territorio, sino la conquista política de sus instituciones. Una guerra al revés: primero se moldea la opinión pública; luego se gana el gobierno y, desde ahí, se empujan las decisiones nacionales hacia intereses ajenos.

Colombia nos manda un aviso. Una democracia no muere solo cuando se acaban las elecciones. También se apaga cuando el miedo entra en las urnas, la mentira suplanta al debate y las instituciones pierden credibilidad.

Así que la pregunta ya no es únicamente qué pasará en Colombia. La pregunta es si México sabrá mirar ese espejo a tiempo.

Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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