Salud mental: La IA como sedante tecnológico
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La inteligencia artificial (IA) ha revolucionado el campo de la salud mental, proporcionando nuevas herramientas para la detección, prevención y tratamiento de trastornos psicológicos
En la antigua Grecia, la psique no sólo representaba la mente o el alma, sino que era el principio vital que animaba al ser humano. Platón y Aristóteles ampliaron la noción, vinculando lo racional con las emociones. De este modo, el término pathos adquirió gran relevancia en la identificación de lo afectivo, el sufrimiento y las pasiones humanas. Con el tiempo, el pathos trascendió la retórica y se incorporó al ámbito de la medicina y la psicología, dando origen al término patología, empleado para describir el estudio de las enfermedades, incluidas las mentales, que derivan de un exceso o distorsión del pathos.
La psique ha tenido relevancia desde hace milenios, pero en nuestro contexto se ha convertido en uno de los principales problemas de salud pública mundial. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), antes de la pandemia de COVID-19, más de mil millones de personas sufrían trastornos mentales. La pandemia acentuó el problema y aumentó la cantidad de personas (del 25 al 27 por ciento) que sufrían depresión y ansiedad. Estudios recientes, publicados en el World Economic Forum (2024), refieren que se espera que cerca de la mitad de la población mundial experimente un trastorno de salud mental a lo largo de su vida.
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Para contrarrestar esta problemática, investigaciones muestran resultados que favorecen el uso de las IA para solventar dicha situación. Según un estudio de Oliver Wyman Forum, el 32 por ciento de los encuestados estaría dispuesto a optar por la inteligencia artificial en lugar de un terapeuta humano. En países como India, esta aceptación alcanza el 51 por ciento, la cifra más alta registrada, mientras que en Estados Unidos y Francia es del 24 por ciento (World Economic Forum, 2024). Cabe destacar que la predisposición a recibir apoyo psicológico de una IA es mayor en países con una cantidad menor de profesionales de salud mental por habitante, lo que resalta el potencial de la IA para ampliar el acceso a estos servicios, especialmente en regiones con recursos limitados, con pocas propuestas o alternativas de este servicio público o accesible.
Actualmente, la inteligencia artificial (IA) ha revolucionado el campo de la salud mental, proporcionando nuevas herramientas para la detección, prevención y tratamiento de trastornos psicológicos. Autores como Ethan Cross (Chatter, 2021) y Daniel Kahneman (Thinking, Fast and Slow, 2011) han explorado cómo la mente procesa la información y cómo la tecnología puede influir en el bienestar emocional. En el ámbito académico, estudios de Patel (2022) y Torous (2023) han analizado el impacto de la IA en la salud mental, destacando tanto sus beneficios y sus riesgos.
Wysa y Woebot son plataformas que utilizan IA conversacional basada en la terapia cognitivo-conductual para brindar apoyo emocional y estrategias para manejar la ansiedad y la depresión (Fitzpatrick 2017). Mindstrong y Ginger, por su parte, emplean algoritmos de aprendizaje automático para analizar patrones de uso del smartphone y detectar signos tempranos de trastornos emocionales (Dagum, 2018). Estos sistemas permiten intervenciones preventivas y una personalización del tratamiento basada en datos conductuales previos.
Un ejemplo innovador en América Latina es CUX, una plataforma de análisis de experiencia del usuario que, mediante IA, evalúa interacciones digitales para identificar patrones de comportamiento asociados al bienestar. Se adapta a las formas de conversar según los países de habla hispana para mejorar la experiencia y favorecer la intervención psicológica futura al proporcionar información de ayuda institucional que ofrecen los países en materia de salud mental, eso permite que se reduzca el abandono terapéutico.
Como beneficio, las plataformas se destacan por estar disponibles las 24 horas, lo que reduce tiempos de espera y facilita el acceso a la ayuda psicológica inmediata sin estigma social o estrés de búsqueda (Miner, 2019; Gaggioli, 2021), una personalización del lenguaje afín al usuario que pregunta. Además, la recopilación de grandes volúmenes de datos permite investigaciones sobre salud mental a gran escala, favoreciendo el desarrollo de estrategias preventivas (Torous y Roberts, 2023).
La polémica con el uso de IA en salud mental resulta de una necesidad ética, pues su uso debe ser complementario y supervisado por profesionales para garantizar un valor de respeto y responsabilidad en la gestión de datos personales, es decir, que esos datos no se vendan y vulneren la intimidad psíquica de las personas (Luxton, 2016). Si bien existen regulaciones como el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) en Europa y la Ley de Portabilidad y Responsabilidad del Seguro Médico (HIPAA) en EU, que buscan garantizar la seguridad de los datos sensibles, no todas las plataformas cumplen con estos estándares, lo que representa un desafío en la regulación del uso de IA en salud mental y una oportunidad para regular y ampliar el servicio público en los Estados. Puesto que surgen preocupaciones sobre la privacidad y la eficacia de las IA, ya que fomentan el aislamiento social y/o desconfianza hacia los profesionales y, al final, no sustituyen la empatía y el juicio clínico de un terapeuta humano (Bickmore, 2021), además de generar un problema con respecto a la precisión de los diagnósticos y la capacidad limitada de los chatbots para comprender emociones complejas. Inclusive, otras IA como Meta o ChatGPT se utilizan para fines terapéuticos o de acompañamiento, aunque su función original no obedece a este rubro.
Investigaciones han demostrado que si bien estos sistemas pueden ofrecer apoyo básico, ante un escenario de vulnerabilidad institucional y social, la IA se ha convertido en un remedio casero que al final no soluciona el conflicto, pero es el consuelo de los afectados. Un sedante tecnológico.
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