Se acerca un nuevo orden mundial, y no estamos preparados

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

El Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala registró 65 conflictos entre Estados el año pasado: la cifra más alta desde 1946

Por Margaret MacMillan, The New York Times.

Siempre que se acerque una tormenta habrá señales. El viento podría amainar súbitamente. La marea baja más de lo habitual. Estelas de nubes surcan el cielo.

Es posible malinterpretar o incluso ignorar estas señales, insistir en que las gotas de lluvia no son más que un chubasco pasajero, hasta que es demasiado tarde. Es entonces cuando llegan los verdaderos problemas.

Lo que es cierto sobre el clima también lo es para los asuntos humanos. Los regímenes parecen fuertes hasta que dejan de serlo. Las revoluciones internas y las convulsiones en el orden internacional, muy a menudo ambas van de la mano, son fáciles de ver en retrospectiva, pero no siempre se anticipan. Sin embargo, si miramos más de cerca, a menudo descubriremos que las señales estaban ahí.

A quienes vivimos en sociedades relativamente estables y ordenadas nos gustaría creer, como el absurdo doctor Pangloss de Voltaire, que tropieza de un desastre a otro, que “todo es para bien”. Podríamos quejarnos de la economía o la posibilidad de otra guerra lejana, o escuchar con aprobación voces radicales de cualquier extremo del espectro político, pero no esperamos que nuestro mundo se vea trastocado por completo.

Haríamos bien en prestar atención a la advertencia de otro escritor francés. En la novela de posguerra La peste de Albert Camus, cuando aparecen ratas muertas en las calles de la ciudad argelina de Orán y la gente enferma con una misteriosa enfermedad, el gobierno local y la mayoría de los ciudadanos ignoran las señales hasta que es demasiado tarde. “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras”, dice el narrador de Camus, “y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”.

Hoy hay ratas muertas por todas partes. Este verano se han roto récords de temperatura, la tierra ha sufrido sequías y los incendios forestales han ocasionado estragos. La deuda en las economías avanzadas se acerca a máximos históricos. Los recortes en la ayuda médica y alimentaria, principalmente por parte de Estados Unidos, han causado muertes innecesarias y contribuido a la propagación de enfermedades, una de las cuales tarde o temprano podría convertirse en otra pandemia. La inteligencia artificial continúa su rápido avance sin regulación, amenazando empleos, la seguridad y, en proyecciones más sombrías, la existencia humana.

Las potencias revisionistas desafían las reglas y normas con total impunidad. Los votantes están enojados y son volátiles. La diplomacia lenta, deliberada y necesariamente discreta, que construye confianza y entendimiento, ha dado paso a un estilo performativo y descarado más adecuado para los lapsos de atención atrofiados por TikTok o para el patio de recreo.

El Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala registró 65 conflictos entre Estados el año pasado: la cifra más alta desde 1946. Las grandes potencias están enredadas en guerras asimétricas con países que están aprovechando las nuevas tecnologías al máximo. La guerra en Ucrania del presidente de Rusia, Vladimir Putin, que se suponía que ganaría en cuestión de días, avanza con dificultad por su quinto año. Irán, utilizando drones baratos y producidos en masa para atacar a las fuerzas estadounidenses y a sus aliados, ha obtenido el control, tal vez de manera permanente, de un corredor crucial del comercio mundial, ha reducido drásticamente las reservas de misiles de Estados Unidos y ha atrapado al presidente Trump en una guerra que él mismo eligió.

Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas.

Al igual que la gente de la Orán de Camus, nos negamos, comprensiblemente, a reconocer cuánto ha cambiado el mundo. Los problemas son espinosos, complejos y tediosos, y es más fácil mirar hacia otro lado. Así, pasamos las vacaciones en playas mientras los incendios forestales arrasan con todo; le preguntamos a la IA cómo entrenar a un cachorro, cómo escribir esa carta: le pedimos que piense por nosotros. Esperamos que las guerras terminen, que los mecanismos de protección, las instituciones y las alianzas se reconstruyan, y que el mundo tal como lo entendemos se recupere y perdure.

Pero una nueva realidad ha llegado a una velocidad sorprendente. El orden mundial que se mantuvo unido durante la mayor parte de nuestras vidas comenzó a erosionarse cuando quienes formaban parte de él se volvieron demasiado cómodos y complacientes, y cuando hubo demasiada tolerancia, incluso aprobación, de las malas conductas.

Hemos llegado a una nueva era de desorden. Debemos prepararnos, lo que empieza con ser honestos sobre la gravedad del momento que estamos viviendo y aceptar que nuestro frágil sistema se está tambaleando. Que los países ya se están adaptando, para bien y para mal. Y que cualquier futuro de cooperación tendrá que verse diferente.

¿Qué les sucede a quienes se niegan a adaptarse e insisten en que un sistema que se desmorona puede seguir adelante? Consideremos tres revoluciones que ocurrieron y una que no.

En la víspera de la Revolución francesa, Francia, la mayor potencia terrestre de Europa, probablemente estaba en bancarrota, en gran medida debido a las enormes cantidades que había pedido prestadas para ayudar a derrotar a los británicos en la Revolución estadounidense. Las extravagantes y corruptas élites gobernantes habían perdido el rumbo, y una clase media cada vez más numerosa, excluida del poder político, exigía cambios. En los estratos más bajos de la sociedad, trabajadores y campesinos enfrentaban la hambruna y estaban cada vez más desesperados.

Circulaban nuevas y poderosas ideas de la Ilustración —algunas de ellas importadas de la Revolución estadounidense— sobre los derechos humanos y las nuevas formas de gobierno que darían poder al menos a una parte del pueblo.

Los reyes franceses y sus cortesanos no comprendieron la profundidad del descontento y supusieron que nada podría sacarlos de su posición privilegiada. Se equivocaron: la monarquía fue derrocada y nació una república caótica y violenta. En menos de una década, Napoleón se convertiría en emperador.

No existe un patrón único para el cambio revolucionario, pero quienes están en la cúspide de un régimen a menudo no se dan cuenta de lo frágil que es. La Revolución rusa de 1917 fue la consecuencia de una derrota en el extranjero, en lugar de una victoria costosa. Pero el zar Nicolás II también insistió, contra toda evidencia, en que no se necesitaban reformas porque los rusos aún lo adoraban. En la Alemania de la década de 1930, Hitler llegó al poder de la mano de unas élites que, equivocadamente, pensaron que podrían utilizarlo y que el sistema existente era lo bastante sólido como para mantenerlo bajo control.

Cada una de estas revoluciones tuvo profundas ramificaciones internacionales. Napoleón llevó a Francia a dominar el continente, destruyendo instituciones e ideas antiguas como el derecho divino de los reyes a gobernar. Los bolcheviques, que tomaron el poder en Rusia, predicaron y fomentaron el internacionalismo revolucionario, librando una guerra a nivel mundial contra el capitalismo y las naciones democráticas. Hitler rearmó a Alemania, conquistó casi toda Europa y asesinó a millones de judíos y a muchos otros en el nombre del dominio ario.

No obstante, a veces las naciones y sus líderes leen las hojas de té a tiempo. En la década de 1820, el gobierno británico se enfrentaba a la presión de las clases medias, recién creadas por la Revolución Industrial, pero excluidas de la toma de decisiones políticas. La élite británica, atenta a la reciente catástrofe en Francia, sabía que necesitaba adaptarse para sobrevivir. La Gran Ley de Reforma de 1832 sirvió como una válvula de escape que amplió el derecho al voto lo suficiente como para evitar una crisis más amplia.

Es fácil encontrar paralelismos en nuestro propio momento. Poblaciones enojadas. Élites no elegidas con una enorme riqueza y el poder de doblegar a los gobiernos a su voluntad. Líderes que se niegan a generar consenso o a aceptar consejos. Cuando en enero se le preguntó a Trump qué límites tenía su poder, respondió, “mi propia moralidad”; el rey Luis XIV dejó a Francia muy debilitada tras las guerras que libró, según él, por “la gloire”; su gloria.

Quienes opten por ignorar las señales de advertencia y descartar la historia como algo irrelevante para el presente podrían llevarse una sorpresa y quedar horrorizados cuando, de todos modos, ocurran acontecimientos que no desean.

El orden internacional ha dependido siempre del apoyo de las grandes potencias y de la cooperación y el respaldo de suficientes potencias más pequeñas. Al final de la Guerra Fría, con la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos parecía estar listo para continuar como el garante del sistema posterior a 1945. Bajo el presidente Trump, ese ya no es el caso.

Podría ser que, con otro presidente, Estados Unidos retome su papel de potencia hegemónica, dispuesto a respaldar las instituciones y normas internacionales, como un aliado bueno y confiable y un firme opositor de los tiranos. Ese mundo volverá a ser tan pacífico como lo ha sido, al menos desde ciertas perspectivas, desde 1945. Las grandes potencias, que ahora incluyen a China e India, seguirán conviviendo, y algo llamado “comunidad internacional” se volverá a comprometer con su labor de eliminar la pobreza, la injusticia, los conflictos y el cambio climático.

¿Pero qué pasa si ya estamos en las primeras etapas de lo que será un periodo prolongado de desorden? Un mundo en el que no podemos asumir que lo que era cierto ayer será cierto mañana, o que las instituciones aparentemente sólidas perdurarán. Quizá dejemos de sorprendernos por lo que traen las noticias cada día. Ocurren desastres naturales como las inundaciones en Nepal y el Tíbet, y no está claro quién acudirá al rescate. ¿Nos encogemos de hombros y seguimos con nuestras vidas? Estallan conflictos, algunos con el potencial de involucrar a grandes potencias, sin que haya un árbitro evidente. Alianzas confiables como la OTAN son puestas a prueba una y otra vez, y podrían desmoronarse. La guerra híbrida de Rusia contra Europa se está expandiendo; China y Estados Unidos podrían enfrentarse por Taiwán; la competencia por los recursos en un mundo que se calienta y se seca ya está provocando violencia.

Este es un mundo cada vez más impredecible, en el que quedamos, mucho más de lo que esperábamos, a merced de nuestros líderes, quienes están menos atados a marcos externos y se sienten más libres de improvisar sobre la marcha. Deberíamos estar eligiendo a quienes toman decisiones con más cuidado que nunca, justo cuando parece que los electores tienden menos a hacerlo.

Son nubes oscuras. Pero el fin del viejo sistema no tiene por qué significar el fin de la cooperación. Aún tenemos muchos de los componentes de un orden mundial eficaz. Contamos con una amplia red de instituciones internacionales, muchas de ellas en gran parte invisibles, que gestionan los vínculos entre las naciones, desde la aviación civil hasta el internet. Los tratados aún se respetan en gran medida. El derecho internacional y la soberanía pueden ser difíciles de hacer cumplir y defender, pero muchos de nosotros seguimos deplorando las infracciones. La propia existencia de una opinión pública internacional todavía puede ejercer presión sobre nuestros líderes. Muchas de las organizaciones de las estructuras que se están desvaneciendo, entre ellas las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, están cada vez más desprovistas de recursos y significado, pero aún existen.

Meses antes de que las conversaciones comerciales con Estados Unidos fracasaran, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció en Davos un discurso muy comentado en el que describió el fin de la Pax Americana como el fin de una “agradable ficción”. Pero otros países podrían resistir, dijo en enero, sobre todo si se unieran en coaliciones de valores compartidos con objetivos compartidos. Varias potencias intermedias, entre ellas Canadá, Australia y Japón, están trabajando juntas para llenar el vacío que dejó Estados Unidos al abandonar su antiguo papel como superpotencia benevolente.

El cambio es difícil, pero aferrarse a las viejas costumbres puede ser un espejismo peligroso. En el verano de 1914, el secretario de Asuntos Exteriores británico, Edward Grey, y muchos otros en posiciones de poder en el Reino Unido y en toda Europa asumieron que la última crisis en los Balcanes se resolvería, como había ocurrido antes con otras similares, mediante una conferencia de las grandes potencias. Él no logró comprender la rapidez con la que Europa avanzaba hacia la guerra ni utilizar el gran poder del Reino Unido para acercar a las diferentes partes. La Primera Guerra Mundial cambió a Europa y al mundo para siempre.

Para 1945, el Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados habían librado dos guerras mundiales brutales en el espacio de tres décadas. Cuando crearon la arquitectura del orden existente, tenían muy claro lo que querían prevenir. Los marcos previos habían fracasado y crearían algo nuevo que no lo hiciera.

El camino panglosiano del optimismo injustificado es un callejón sin salida. Pero eso no significa que no podamos hacer lo que tantas veces se ha hecho antes y emprender el laborioso proceso de construir algo de nuevo.

En la nueva serie “El nuevo desorden mundial”, la sección de Opinión en inglés dedicará las próximas semanas a explorar la desintegración del sistema internacional de posguerra y cómo se están adaptando los países mientras Estados Unidos se hace a un lado.

Margaret MacMillan es historiadora y exdirectora del St. Antony’s College de Oxford.

Lee en Vanguardia los mejores contenidos de The New York Times sobre política nacional, internacional, negocios, ciencia, cultura, estilo de vida, opinión y deportes.

El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM