Se mira relampaguear...

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Opinión
/ 29 enero 2026

Don Nicolás vive en las afueras de Ramos Arizpe. Tiene una pequeña labor por el rumbo de la salida a Monterrey. En esa tierrita siembra chile.

Don Nicolás no parece de Ramos. Quiero decir que no es laborioso. Los hombres de Ramos Arizpe son muy trabajadores (y las mujeres más). Don Nico es la excepción a esa regla. Y yo no se lo tomo a mal. Bien vistas las cosas, el no trabajar es muestra de profunda fe en la Divina Providencia. Si las flores del campo no hilan, y a pesar de eso el Señor las reviste de galas mejores que las de Salomón; si las aves del cielo no siembran ni cosechan, y aun así el Creador les manda su alimento ¿por qué entonces don Nicolás tiene que trabajar? Dios proveerá.

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La esposa de don Nicolás no sabe apreciar la confianza de su marido en la bondad divina. Ella quisiera verlo trabajar. Le pide que vaya a la labor, a desyerbar el chile, pero don Nico retrasa la visita con pretextos peregrinos: debe oír las noticias para saber cómo anda el mundo; espera información secreta de Saltillo acerca de cosas de la política local; es el aniversario de la muerte del gran piloto aviador Emilio Carranza, y sería grave desacato trabajar en fecha tan solemne. En fin, pretextos para huevonear no le faltan a don Nicolás.

–Viejo –le dice de continuo la señora–. ¿Por qué no te vas a trabajar?

–Mujer –responde él dándole otro sorbo a su café–. A nadie le falta Dios.

Y es cierto. Sólo que en este caso la obra de Dios es completada por la esposa de don Nicolás, que se la pasa todo el día haciendo tamales para vender. Si no fuera por esos tamalitos la Divina Providencia habría tenido problemas para acudir en auxilio de don Nico y poner sobre su mesa el puchero de cada día.

–Viejo: ¿por qué no te vas a trabajar?

Y don Nico da explicaciones peregrinas: hoy se celebra el dogma de la Inmaculada Concepción; es martes, día de mal fario. O si no: ¿trabajar hoy, con el frío que hace (o con el calor que hace)?

Pero se le van acabando los pretextos a don Nicolás. Cada vez tiene mayor dificultad para hallar justificante a su pereza. Un día, sin embargo –más bien una noche– encontró una maravillosa excusa para no ir a trabajar al otro día: está relampagueando juerte p’al rumbo de su labor. Seguramente lloverá esa noche y el campo amanecerá anegado. ¿Qué caso tiene ir?

A la noche siguiente –¡bendito sea Dios!– vuelve el relámpago.

–Míralo, vieja. Ai’stá la tronazón, que no me dejará mentir.

La señora se asoma y, en efecto, mira el resplandor. Relampaguea, sí. Relampaguea una y otra vez.

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Aquel providente relámpago se repite noche tras noche. Y día tras día lo toma de pretexto don Nicolás para no ir a trabajar. ¿Qué caso tiene? Con tanto relámpago de seguro la labor está inundada.

Y se mete don Nico a su casa, y se mete en la cama muy contento por no tener que ir a trabajar al día siguiente. En el recién inaugurado aeropuerto el faro da vueltas y vueltas. Visto desde lejos su resplandor parece el de un relámpago.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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