Secuestro mediático serial
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Antes eran solo películas.
Cintas, filmes de corto y largo metraje. Es decir de corta o sostenida atención.
Ahora son series que tienen su raíz en aquellas películas de matiné de la infancia, como “La invasión de Mongo” con Flash Gordon. Se terminaba cada episodio en una catástrofe capaz de desaparecer al protagonista. Al siguiente episodio se presentaban las escenas de salvación con un protagonista que se libró de todas las acometidas que parecían letales.
El secuestro mediático saca a la gente de su mundo real y lo mete en un laberinto de situaciones de suspenso e inseguridad. Despiertan y excitan su curiosidad, lo dejan metido en una madeja con nudos que parece indesatables.
Algunos televidentes optan por una buena desvelada. Otros se avientan, en una larga tarde, toda la serie. Otros quedan ya, por la adicción, totalmente secuestrados y no se atenderá ya ni lo importante ni lo urgente, con sus respectivas consecuencias evitables.
Un libro es tiempo de vida y lo son también esas series hechas para secuestros sucesivos, que atrapan y no sueltan.
No hay un instructivo de uso para cada serie secuestradora. No se presentan las dosis adecuadas. En este mundo de apegos y necesidades inventadas, el mercantilismo aprovecha esas propensiones. Incluso se ponen carnadas en el anzuelo subrayando lo aterrador, lo que todo cambiará, la amenaza oculta, lo que provoca en el espectador una sensación de riesgo descomunal.
La serie es seria avalancha multiplicadora de víctimas a las que se les achican los días por pantallas succionadoras de horas, minutos y días. Se deja lo serio por la serie y la serie se ríe sarcásticamente...
INTEGRACIÓN SELECTIVA
Nadie es perfecto y hay desprecio generalizado por la imperfección. No todos caemos en las mismas equivocaciones ni todos tenemos las mismas ignorancias. Hay tendencia a encarcelarse en los propios aciertos, virtudes, logros, preferencias, con actitud excluyente.
Se desarrolla una incapacidad que impide reconocer acierto a un adversario. Casi nadie recorre el camino de la integración selectiva de quien primero advierte lo auténtico, lo valioso, lo admirable en lugar de solo hundirse en la inaceptación al pegar etiqueta de la única falla inocultable del diferente.
Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles, podía reconocer lo admirable y cuando captaba algo despistado o erróneo, añadía “En eso no los alabo”. “Aceptando sin conceder” antepone el litigante frente a lo que juzga equivocado.
El buen participante en debate puede decir al adversario: lo que afirmas es cierto si se cumple esta condición, si no se cumple es totalmente falso.
Esa actitud dilemática se vuelve discriminadora porque descalifica y condena un extremo sin reconocer un medio entre lo bueno y lo malo, lo luminoso y la tiniebla. No ve que además de leche o café puede haber café con leche. Ni capta que un descuidado de su apariencia pueda tener magnífica intención, sentimientos nobles e ingeniosas sugerencias. Los fingimientos, las mentiras, las hipocresías son falsificaciones. No es posible la selección integradora porque en lugar de integración de da la infección, la contaminación, la intoxicación, y el suicidio demoledor.
TÉ CON FE
Se baja de su bicicleta eléctrica.
Encuentra sonriente en el café a Samy. La recibe él con un rápido beso en la mejilla.
Ya saborean el capuchino espumoso y humeante. Frida usa un pantalón, intencionalmente roto, de mezclilla despintada. Él trae una larga camiseta de manga corta y unos voluminosos tenis de suela gruesa. Charlan animosamente un buen rato.
-Fíjate que ya me dieron la beca y salgo este fin de semana para Canadá.
Ella le da un sorbo saboreado a su café y saca de su morral un rosario de Tierra Santa y se lo da.
-Bueno. Cuando recorras las cuentas pidiendo por la paz, te acuerdas de mí y luego marcas desde allá y platicamos por videollamada.
El sol está llegando ya a la mesa.
La bicicleta eléctrica arranca pronto y ve Samy, desde la puerta, cómo se va alejando Frida en medio del tráfico, levantando la mano para decir adiós...