Semana Santa de Ayer
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Llegada la Semana Santa se suspendían hasta los domésticos quehaceres, cumpliendo sólo los más indispensables. Se horneaba pan para toda la semana, y antes se hacía venir al vareador para que con sus sibilantes varas de membrillo vareara la lana de almohadas y colchones a fin de volverla otra vez suave y esponjosa.
Las niñas estrenaban vestidito; las señoras llevaban nuevas galas luctuosas a la visita del Pésame a la Virgen, o a la de las Siete Casas, que era ir a siete iglesias para en ellas rezar el Via Crucis.
En los templos ya no sonaban las campanas. Se diría que había enmudecido la ciudad. Las llamadas a misa y a los oficios de la Semana Santa se hacían con una matraca que producía un sonido ronco y funeral. Yo subí una vez al campanario de la Catedral y vi al sacristán tocando la matraca. Era un aparato de madera de competentes dimensiones que se hacía sonar dando vuelta a una enorme manivela.
Desde el Miércoles Santo las radiodifusoras -la de don Froylán Mier, la de don Efraín López, la de don Alberto Jaubert- trasmitían solamente “música sacra”, que así llamaban los locutores a la clásica, así estuvieran tocando “La alegría de París” de Offenbach con todo y el pecaminoso galop de su cancán.
El Viernes Santo hasta el cielo cambiaba de color. No había gente por las calles. A las tres de la tarde en punto el estallido de una “cámara”, que era un fuerte cohetón, anunciaba a los mortales la hora exacta de la muerte de Jesús.
El sábado se abría “la Gloria”, y había quema de Judas en las esquinas.
El domingo -espléndido Domingo de Resurrección- se escuchaba otra vez repique jubiloso de campanas, y uno tenía la impresión de que de nuevo salía el sol. La alegría era auténtica, como auténticos fueron la contrición de la Cuaresma y el duelo de la Semana Santa. Y en aquel regocijo de la Pascua, que se decía “Florida”, la ciudad y su gente volvían a nacer y a vivir.