Semillas de odio
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“Digan claramente que no tengo nada que ver con ese terrorista”. La frase, pronunciada por el padre de Anders Behring Breivik, sigue estremeciendo porque contiene una de las formas más oscuras del dolor humano: la vergüenza moral de reconocer que un hijo, nacido para vivir, eligió sembrar muerte.
También dijo que su hijo debió haberse quitado la vida antes de matar a tantas personas. ¿Habrá una expresión más grave, más desgarrada, más atormentada? No hablaba solamente un padre: hablaba un hombre enfrentado al abismo de lo incomprensible.
22 DE JULIO
En julio de hace 15 años, Noruega descubrió que ningún país, por ordenado, pacífico o próspero que parezca, está vacunado contra el fanatismo.
Breivik, de 32 años, había estudiado economía, finanzas y administración de negocios. Vivía en un barrio acomodado de Oslo, entre casas con jardines, chimeneas y una tranquilidad casi perfecta.
Nada, visto desde fuera, anunciaba la monstruosidad. Pero el mal no siempre llega con apariencia de ruina. A veces se viste de normalidad, se educa, trabaja, lee, navega por internet, escribe manifiestos y espera pacientemente su hora.
¿Qué infancia tuvo Breivik? ¿De dónde salió tanto odio? ¿Cómo pudo un hombre joven aborrecer a inmigrantes, musulmanes, extranjeros, multiculturalistas y jóvenes que ni siquiera conocía? No hay respuesta suficiente.
FATALIDAD
Hannah Arendt habló de la banalidad del mal para advertir que el horror puede incubarse en la obediencia ciega, en la falta de pensamiento, en la renuncia a mirar al otro como ser humano. El fanático deja de pensar; solo confirma. Deja de escuchar; solo repite. Deja de ver personas; solo ve enemigos.
Aquel verano, el Partido Laborista noruego convocaba a jóvenes de todo el país a su campamento en Utøya. Era una isla de convivencia, debate, música, amistad y esperanza.
Ahí llegaban muchachos de catorce, dieciséis o veinte años, no para conspirar contra nadie, sino para imaginar un país mejor.
Ese viernes llovía. Los jóvenes acababan de enterarse de que un coche bomba había explotado junto a la sede del gobierno central en Oslo. Ocho personas murieron y el barrio de oficinas y ministerios quedó devastado.
Nadie imaginó que el agresor era un noruego. Nadie sospechó que la explosión era, además, una maniobra perversa para desviar la atención de lo que estaba por ocurrir en Utøya.
INFIERNO
Breivik llegó a la isla vestido como policía. Pidió ser trasladado en el ferri Thorbjørn. Desembarcó con la frialdad de quien ya había cancelado en su mente la humanidad de sus víctimas.
Durante 79 minutos, la isla se convirtió en infierno. Los jóvenes corrieron, se escondieron, se lanzaron al agua helada, llamaron a sus padres, se despidieron por teléfono, susurraron para no ser escuchados.
Cada disparo fue una declaración de odio; cada cuerpo caído, una derrota momentánea de la civilización. En total murieron 77 personas: ocho en Oslo y 69 en Utøya. Noruega, donde parecía que nada ocurría o donde todo ocurría serenamente, vivió su día más oscuro desde la Segunda Guerra Mundial.
ADVERTENCIA
Pero Utøya no es solo una tragedia noruega. Es una advertencia universal. La intolerancia, la discriminación y la ignorancia son drogas mayores porque intoxican lentamente la conciencia.
No destruyen primero el cuerpo; destruyen antes la mirada. Hacen que el otro deje de ser prójimo y se convierta en amenaza.
El odio siempre necesita una categoría para justificar su violencia: judíos, musulmanes, cristianos, migrantes, indígenas, pobres, ricos, mujeres, extranjeros, homosexuales, conservadores, liberales, creyentes, ateos. Lo esencial no es el nombre del enemigo; lo esencial es odiar.
México debe mirar esta historia sin soberbia. No porque vivamos una realidad idéntica, sino porque también conocemos las semillas de la deshumanización.
Las vemos cuando desde el poder —o desde cualquier trinchera ideológica— se polariza deliberadamente a la sociedad mediante un lenguaje ofensivo que divide, etiqueta y enfrenta: unos llaman “fifís” a quienes piensan distinto; otros responden con el calificativo de “chairos”.
Así, la palabra deja de servir al diálogo y se convierte en instrumento de desprecio. Lo vemos también en el clasismo cotidiano, en el racismo contra los pueblos originarios, en la burla al acento ajeno, en la violencia contra las mujeres, en el desprecio al migrante, en la normalización de la crueldad, en el linchamiento digital y en la peligrosa costumbre de convertir la diferencia política en enemistad moral.
Nos hemos habituado a insultar antes de comprender, a etiquetar antes de dialogar, a sospechar antes de preguntar.
BASTA
No hay que importar tragedias para reconocer nuestras propias grietas. Basta mirar cómo discutimos en la calle, en la familia, en la empresa o en la política. Basta observar la facilidad con la que descalificamos al que piensa distinto.
Basta advertir que, en nombre de causas nobles, a veces justificamos métodos indignos. México necesita seguridad, justicia e instituciones honestas y firmes; pero también requiere algo más hondo: una cultura de respeto que impida que el miedo se convierta en odio, y que el odio encuentre permiso social y “oficial” para actuar, sin pudor alguno. Sin esa vacuna moral, toda acción pública llega tarde.
También vivimos rodeados de violencia: homicidios, desapariciones, extorsión, miedo comunitario, agresiones a periodistas, candidatos, policías, comerciantes, defensores de derechos y ciudadanos comunes.
El país parece cansado de indignarse. Y ese agotamiento es peligroso, porque cuando la barbarie se vuelve paisaje, la conciencia empieza a dormirse. El problema no es únicamente la violencia que mata; también lo es la indiferencia que permite que sigamos caminando como si nada.
En México, el fanatismo no siempre aparece con uniforme ideológico. A veces se disfraza de lealtad partidista, de superioridad moral, de fervor religioso o deportivo, de resentimiento social, de nacionalismo simplón o de “justicia” por propia mano.
También se disfraza de humor, de meme, de comentario “sin mala intención”. Pero el lenguaje prepara el terreno: primero se cede en las palabras y luego en los hechos. Antes de destruir a una persona, se le reduce. Antes de perseguirla, se le caricaturiza. Antes de excluirla, se le despoja de dignidad.
Por eso preocupa la radicalización de las conversaciones públicas. Las redes sociales no inventaron el odio, pero lo aceleraron, lo premiaron y lo volvieron espectáculo. Hoy una mentira viaja más rápido que una aclaración; un insulto produce más aplausos que un argumento; una consigna sustituye al pensamiento.
Karl Popper advertía que la tolerancia ilimitada puede terminar favoreciendo a los intolerantes. Una sociedad abierta necesita diálogo, pero también límites frente a quienes usan la libertad para destruir la libertad de los demás.
PAULATINAMENTE
La tragedia de Utøya se construyó durante años. Se alimentó de lecturas torcidas, resentimientos acumulados, teorías conspirativas, soledad moral y discursos de exclusión. Nadie nace disparando. Nadie nace con odio.
El odio se aprende, se repite, se comparte, se celebra y un día se obedece. Si la intolerancia se aprende, la paz también debe aprenderse. No basta con enseñar matemáticas, inglés, tecnología o competencias laborales.
CADA
Las escuelas deben educar para la vida, para el pensamiento crítico, para la conciencia, para la responsabilidad, para encuentro fraterno, para la paz.
La educación mexicana tiene aquí una tarea impostergable. Nuestros niños y jóvenes no se jugarán el futuro solamente con habilidades técnicas, sino con sus comportamientos éticos.
Necesitan aprender a dialogar, no a destruir; a disentir sin odiar; a reconocer la dignidad del otro aun cuando piense distinto. Necesitan razones para el amor, la justicia, la compasión, la verdad y el servicio. Necesitan saber que la paz no es ausencia de conflicto, sino capacidad de resolverlo sin humillar, sin excluir, sin violentar.
También el gobierno, las familias, las empresas, las iglesias, los medios y los partidos tienen responsabilidad. Cada institución educa o deforma. Cada líder pacifica o incendia. Cada palabra pública puede construir comunidad o sembrar polarización y resentimiento.
SÍMBOLO
México requiere una ética del lenguaje: hablar con firmeza, sí; denunciar con valentía, también; pero sin degradar al “adversario” hasta convertirlo en enemigo absoluto. La democracia no sobrevive cuando todos gritan y nadie escucha.
Utøya permanece a flote como símbolo de una aterradora tragedia, pero también como una advertencia moral: el odio nunca empieza matando; empieza separando. Empieza cuando dejamos de llamar hermano al otro.
Empieza cuando una idea, una camiseta o un partido —político o de fútbol— vale más que una vida. Inicia cuando la diferencia nos parece amenaza y no posibilidad de encuentro.
O aprendemos a educar para la paz, o seguiremos fabricando enemigos. O recuperamos la humanidad compartida, o la violencia seguirá encontrando manos dispuestas a obedecerla. O sembramos semillas de paz o de odio.
cgutierrez_a@outlook.com