Sermones antiamericanos

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Opinión
/ 28 marzo 2026

No los podía ver ni en pintura. Les tenía ojeriza; guardaba para ellos un rencor insano

El padre Antisamio odiaba a los americanos. No los podía ver ni en pintura. Les tenía ojeriza; guardaba para ellos un rencor insano; los vilipendiaba siempre, y no perdía ocasión para denostarlos duramente. En todos sus sermones los ponía como lazo de cochino, como cuera tamaulipeca, como jaula de perico, como trepadero de mapache, como no digan dueñas, como Dios puso al perico. Decía en sus prédicas que los yanquis nos arrebataron la mitad de nuestro territorio, que siempre han intervenido en los asuntos de este país, que tratan muy mal a los migrantes. No dejaba nunca de hablar mal de “los gringos”, como decía él. En cada misa, con cualquier pretexto, tronaba contra ellos y decía horribles pestes en su contra. Había un problema, sin embargo: entre sus feligreses se contaban muchos estadounidenses. Llegó un punto en que los sermones antiamericanos del agresivo cura les resultaron ya intolerables, y un buen día formaron una comisión. Acompañados por un representante del consulado, fueron a hablar con el obispo de la diócesis y le presentaron su queja. Le dijeron que había un sacerdote enemigo del pueblo norteamericano, al cual constantemente vituperaba y hacía objeto de toda suerte de diatribas. Le pedían que lo metiera al orden a fin de que cesara en sus acerbas críticas, en sus ataques sistemáticos. El dignatario vio la razón que asistía a los quejosos, y al día siguiente hizo llamar al padrecito. Con severidad le dijo sin preámbulos: “Mire usted, padre Antisamio. Vinieron miembros de la colonia americana a quejarse de que usted se dedica a atacar continuamente a los estadounidenses. Eso, aparte de que va contra la caridad cristiana, no tiene razón de ser, y puede acarrearle muchos problemas, y acarreármelos también a mí. De modo que le ordeno que en adelante se abstenga usted de hablar mal de los americanos en sus prédicas”. “Pero, Su Excelencia –replicó el padrecito–. No sé si ya está usted enterado de que los yanquis nos han invadido en varias ocasiones; nos quitaron la mitad de nuestro territorio; tratan muy mal a nuestros paisanos y siempre se han metido en los asuntos nacionales”. “Sé bien todo eso, padre –contestó el obispo, amoscado–. Pero esas cosas no atañen a nuestro sagrado ministerio, que es de paz y de amor entre todos los hombres. Así pues le repito, y es una orden, que debe usted abstenerse de hacer en sus sermones cualquier referencia a los americanos”. “Está bien, señor –dijo con un suspiro de resignación el padrecito–. Haré lo que usted manda, pero sólo por virtud de la santa obediencia”. Obedeció en efecto el señor cura. No volvió en sus homilías a hablar de los estadounidenses. Nunca hacía ya alusión a ellos ni para bien ni para mal. Los norteamericanos se tranquilizaron al ver que el presbítero cesaba sus ataques. Pero llegó la Semana Santa, y en el sermón alusivo a la Última Cena comenzó a decir don Antisamio: “Ahí estaba Nuestro Señor Jesucristo, hermanos míos, en la mesa, rodeado de sus apóstoles. De pronto fijó en ellos una mirada triste y les dijo con su dulce voz: ‘Uno de vosotros me traicionará’. Preguntó Juan, el discípulo amado: ‘¿Acaso seré yo el traidor?’. Le contesta el Señor: ‘Tú no lo serás’. Preguntó Pedro: ‘¿Seré yo, maestro?’. ‘Tampoco tú’. Así todos los discípulos le fueron preguntando, y a todos les dijo el Señor que ninguno de ellos sería el traidor. Pero le llegó el turno a Judas Iscariote, hermanos míos. Y aquel infame, traidor, alevoso, vil, canalla, bellaco, tunante maldecido, le preguntó al Señor: ‘Oh, perdonarme, my Lord, ¿acaso ser yo el que ir a traicionarte?’”... FIN.

https://vanguardia.com.mx/opinion/del-derrame-nada-se-sabe-KO19716518

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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