Si la IA es una burbuja, no provocará una crisis financiera
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No se trata de que la inteligencia artificial no plantee riesgos económicos, sino de que esos riesgos no se refieren ante todo a la estabilidad financiera
Por Lenny Mendonca y Martin Neil Baily, Project Syndicate.
CALIFORNIA- Un temor conocido ha vuelto a los mercados financieros. Amazon tiene planes de invertir 100 mil millones de dólares en centros de datos, y Meta comprometió más de 600 mil millones durante tres años para su construcción. Microsoft, Google y Apple planean gastar varios cientos de miles de millones más. Con inversiones en inteligencia artificial que alcanzan cifras billonarias, ¿estamos ante una burbuja? ¿Y qué pasará si estalla?
Esta situación no es nueva. Uno de los autores (Martin) presidía el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante el auge tecnológico de fines de los noventa; el otro vio a California enfrentar el derrumbe de las puntocom y la crisis financiera de 2008, desde varios puestos gubernamentales y de consultoría. Nuestra experiencia nos dice que incluso si hubiera una corrección de cotizaciones en el área de la IA, no provocará el tipo de crisis financiera que devastó la economía en 2008‑09.
Esto se debe a una diferencia fundamental en la estructura de las inversiones en IA respecto de aquellos casos anteriores. El colapso de las puntocom se recuerda por las enormes pérdidas (el Nasdaq cayó un 77 % desde su máximo de marzo de 2000) y por fracasos espectaculares como el de Pets.com. Pero los efectos sobre la economía no fueron tan sencillos.
Es verdad que hubo sobreinversión en infraestructura de Internet y que muchas grandes apuestas resultaron prematuras. Pero esa «sobreinversión» dejó tras de sí una infraestructura extraordinariamente valiosa. Los cables de fibra óptica tendidos durante el auge hicieron posible la economía de banda ancha. Una capacidad en servidores que parecía excesiva en 2001 se volvió esencial en 2005. Contra todas las previsiones, el crecimiento de la productividad se mantuvo fuerte al estallar la burbuja; eso fue la prueba de que la tecnología subyacente era transformadora, aunque los modelos de negocio iniciales no lo fueran.
Un hecho crucial es que el estallido de la burbuja de las puntocom nunca amenazó al conjunto del sistema financiero. En general, la especulación se financió con acciones, no con deuda. Cuando las cotizaciones se desplomaron, los accionistas perdieron dinero, pero la solvencia de los bancos se mantuvo. No hubo una andanada de impagos, ni se congeló el crédito, ni hubo necesidad de enormes paquetes estatales de rescate.
La crisis de 2008, en cambio, tuvo que ver con una estructura de financiación de activos. Se empaquetaron hipotecas de alto riesgo para crear instrumentos financieros que se vendieron a fondos de pensiones e inversores internacionales y se usaron como garantía de otros préstamos. Todo el sistema financiero mundial se volvió un castillo de naipes construido sobre el alza de precios de la vivienda.
Cuando esos precios cayeron, la compleja red de obligaciones se vino abajo: los bancos se descubrieron poseedores de títulos sin valor, los mercados de crédito se congelaron y lo que comenzó como una caída de precios sectorial se convirtió en una crisis financiera global que demandó una intervención estatal sin precedentes. No fue sólo un problema de sobrevaluación. Fue una combinación de apalancamiento, complejidad, opacidad y el contagio del riesgo inmobiliario a todo el sistema financiero.
El auge de la IA es diferente. Los billones destinados a infraestructura de IA provienen ante todo de los balances de las empresas más rentables y solventes del mundo. Apple, Microsoft, Google, Amazon y Meta no están pidiendo préstamos para desarrollar sus capacidades de IA. Cuando Apple compromete 500 mil millones de dólares durante cuatro años para la creación de infraestructura de IA, no lo hace con emisión de deuda que deba pagar sin importar sus ingresos. Son inversiones financiadas con capital por una de las empresas más valiosas de la historia. Si esas inversiones no rinden, tal vez las acciones de Apple acusen el golpe, pero la empresa no incurrirá en impago ni provocará una cascada de quiebras en todo el sistema financiero.
Asimismo, la naturaleza especializada de la infraestructura de IA limita el riesgo de contagio. Nadie está empaquetando los centros de datos para crear instrumentos financieros y vendérselos a fondos de pensiones. Nadie está usando chips de IA como garantía para derivados. Por supuesto, existe la posibilidad de que las cotizaciones de las tecnológicas sufran una corrección importante, y que las empresas reduzcan la inversión en IA si la rentabilidad no es la esperada. Pero ¿provocará eso una crisis financiera comparable a la de 2008? Las diferencias estructurales hacen pensar que no.
No se trata de que la IA no plantee riesgos económicos, sino de que esos riesgos no se refieren ante todo a la estabilidad financiera. Los resultados de la IA por los que sí hay que preocuparse incluyen: que no genere un aumento significativo de la productividad, lo que provocaría crecimiento más lento y expectativas frustradas; un rápido desplazamiento de trabajadores, que demandaría firmes políticas de apoyo a la educación y la capacitación; concentración de poder económico (con implicaciones para la política de competencia); y presión sobre las redes eléctricas y la capacidad de construcción, algo que podría frenar el crecimiento y encarecer las facturas de electricidad de los hogares.
Incluso si las cotizaciones relacionadas con la IA están infladas y los pronósticos actuales de ingresos resultan demasiado optimistas, la infraestructura que se está construyendo tiene valor duradero. Los centros de datos no van a desaparecer. Las conexiones de fibra que se están instalando son agregados permanentes a la infraestructura digital, y los ingenieros de IA formados son capital humano que generará valor por décadas.
Frente a alguien que en 1999 dijera que Estados Unidos iba a “sobregastar” cientos de miles de millones de dólares en infraestructura de Internet, era razonable tener miedo a una burbuja. Pero esa sobreinversión hizo posible toda la economía digital: YouTube, Netflix, la computación en la nube y el teletrabajo. El rédito social fue enorme, aunque muchas empresas hayan fracasado y los inversores perdieran dinero.
Una vez comprendido que es improbable que la especulación relacionada con la IA genere una crisis financiera, las autoridades deben replantearse sus prioridades. En vez de excederse con regulaciones para prevenir una crisis financiera que no existirá, deben centrarse en los riesgos para la economía real: el desplazamiento de trabajadores, el sesgo algorítmico, la privacidad de los datos y la dinámica competitiva. Deben promover inversiones en las infraestructuras complementarias, por ejemplo capacidad eléctrica, sistemas de refrigeración y capacitación de los trabajadores. Y deben prepararse para los cambios en el mercado laboral, reforzando los seguros de desempleo, los programas de recapacitación profesional y la portabilidad de las prestaciones sociales.
Además, deben vigilar que no haya un aumento subrepticio del apalancamiento, ya que el único riesgo que puede cambiar nuestro análisis es la aparición de altos niveles de apalancamiento o titulización de los activos de IA. De modo que las autoridades de regulación financiera deben introducir las medidas necesarias para la supervisión de bancos y fondos de pensiones.
Por lo general, las innovaciones transformadoras tardan décadas en difundirse a toda la economía. La electricidad necesitó cuarenta años para revolucionar la industria fabril; Internet, veinte años para transformar el comercio minorista. Si la IA resulta igual de transformadora, las inversiones especulativas de la actualidad pueden terminar siendo acertadas.
La crisis financiera de 2008 enseñó a los funcionarios a no perder de vista los riesgos para la estabilidad financiera. Pero hay diferencias importantes en las clases de activos y en las estructuras de financiación. Puede que el auge de la IA sea especulativo. Puede que sea excesivo. Incluso puede que sea una burbuja. Pero no es una amenaza para el sistema financiero. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción: Esteban Flamini.
Lenny Mendonca, socio sénior emérito de McKinsey & Company, fue asesor principal del gobernador de California Gavin Newsom en temas económicos y empresariales y presidente de la Autoridad del Ferrocarril de Alta Velocidad de California. Martin Neil Baily es investigador sénior emérito en Estudios Económicos de la Brookings Institution y fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton entre 1999 y 2001.