En la ciudad del centro de la crisis del ébola, ‘el virus nos lleva mucha ventaja’

En la ciudad del centro de la crisis del ébola, ‘el virus nos lleva mucha ventaja’

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El virus mortal se ha propagado de forma alarmante en la República Democrática del Congo durante meses. La respuesta apenas está tomando forma

Internacional
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Por: Declan Walsh and Arlette Bashizi

Desde que se declaró un brote de ébola en Bunia, una bulliciosa ciudad en el noreste de la República Democrática del Congo, se encendieron las alarmas mundiales. Se han cerrado fronteras, se han desviado vuelos, incluso en Estados Unidos, y el equipo congoleño de la Copa Mundial está actualmente en cuarentena en Bélgica.

Sin embargo, aquí en Bunia, en el corazón de la crisis, los signos habituales de una respuesta organizada —grandes tiendas de campaña médicas, doctores con trajes blancos sellados y gafas protectoras y pacientes recostados en estricto aislamiento— todavía no se han establecido.

https://vanguardia.com.mx/noticias/internacional/ademas-del-brote-de-ebola-los-ataques-al-personal-medico-se-suman-a-la-crisis-en-el-congo-FJ20929792

En su lugar, el incipiente esfuerzo de ayuda apenas se está poniendo en marcha. El sábado, en el exterior del principal hospital de Bunia, los trabajadores martillaban clavos y levantaban tiendas de campaña a pocos metros de la puerta principal, en una frenética lucha por instalar un puñado de salas de aislamiento donde clasificar, aislar y tratar a los pacientes.

“El virus nos lleva mucha ventaja”, dijo Ahmed Mahat, un gerente de International Medical Corps, que está construyendo dos de las salas de aislamiento. “Y se está extendiendo rápidamente”.

El mundo está tratando de ponerse al día en la República Democrática del Congo. El sistema de respuesta internacional está teniendo dificultades para levantarse, sorprendido por un brote que se descubrió desastrosamente tarde, quizá dos meses después de que empezara.

$!Bunia, la bulliciosa capital de la provincia de Ituri, a pesar de ser el epicentro de la alarmante propagación del virus del ébola en la región, la vida cotidiana en la ciudad continúa en medio de una profunda falta de preparación e infraestructura médica.

Casi nada estaba preparado cuando el 15 de mayo se confirmó el primer paciente infectado con la inusual cepa Bundibugyo del virus. Poco después, Macky Mbavugha, responsable sobre el terreno del Comité Internacional de Rescate, se puso en contacto con la oficina de salud local para ver si tenía existencias de equipos de protección. Encontró estanterías vacías.

“Cero”, dijo. “Nadie estaba en absoluto preparado”.

Los recortes del presidente Donald Trump a la ayuda agravaron la crisis, añadió. Si el año pasado no se hubieran reducido drásticamente los fondos estadounidenses para la República Democrática del Congo, “tal vez la alerta habría sonado antes”, dijo Mbavugha, y con esa declaración se hizo eco de una opinión muy extendida en la comunidad de ayuda humanitaria.

Y cuando los grupos de ayuda más grandes buscaron organizaciones locales para impulsar la respuesta al ébola, muchas ya no estaban, pues habían cerrado después de que se agotara la financiación el año pasado, dijo.

El virus no solo era una cepa inusual —sin cura ni vacuna, y con pocas pruebas disponibles para detectarlo sobre el terreno—, sino que gozaba de una espectacular ventaja sobre los trabajadores humanitarios que intentaban contenerlo. Hace solo una semana, la Organización Mundial de la Salud estimó que 246 personas habían contraído el virus, la mayoría en los alrededores de Bunia y un distrito cercano.

El domingo esa cifra superaba las 900, según las autoridades congoleñas, y otras 175 habían muerto, según la OMS, una aceleración en una fase tan temprana de un brote que los expertos dijeron que era aterradora. Apenas 10 días después de que se declarara el brote de ébola, ya es el tercero más grande que se ha registrado.

Incluso ahora, casi todo escasea. Los trabajadores de la salud congoleños que tratan a los pacientes o entierran a los muertos carecen de equipos de protección básicos. Se han agotado las existencias de desinfectante de manos en las farmacias de Bunia. Y, lo que es más importante, solo se procesa un puñado de pruebas al día en el laboratorio público de la ciudad.

Unos funcionarios de la ayuda humanitaria que están informados sobre el laboratorio dicen que procesa unas 40 pruebas la mayoría de los días, y que un día solo realizó 20 porque los funcionarios se quedaron sin combustible para el generador que lo alimenta.

Sobre todo, los trabajadores humanitarios tienen poco tiempo. Al ir tan a la zaga del virus, la intervención se ha enfocado menos en derrotar al ébola que en intentar frenar su avance arrollador por la región. Aunque el brote se concentra en Ituri, la provincia devastada por la guerra de la que Bunia es capital, también se ha detectado en otras dos provincias, así como en un país vecino, Uganda.

Un funcionario estadounidense, que habló bajo condición de anonimato para hablar de evaluaciones delicadas, dijo que las autoridades consideran muy probable que el virus se haya extendido también a Sudán del Sur.

El ébola es una enfermedad muy contagiosa que se propaga a través de los fluidos corporales. Se cree que una familia de murciélagos frugívoros es el huésped natural de los virus que causan el ébola. Solo ha habido otros dos brotes conocidos de la cepa Bundibugyo, que tiene una tasa de letalidad de alrededor del 40 por ciento.

Este es el 17.º brote de ébola en la República Democrática del Congo, una cifra más alta que en ningún otro país desde que se descubrió la enfermedad en 1976. Para Bunia, una exuberante ciudad al borde de una extensa selva tropical, el brote es la calamidad más reciente de entre muchas otras.

$!El brote de la inusual cepa Bundibugyo ha saturado los limitados recursos locales, obligando a los equipos de ayuda a levantar instalaciones de emergencia a contrarreloj.

Aterricé aquí el viernes a bordo de un avión de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, en su mayoría procedentes de Asia del Sur. Forman parte de un esfuerzo que busca desde hace tiempo imponer la paz en una zona donde las rivalidades étnicas y los recursos —oro, madera y café— han provocado décadas de conflicto.

Las milicias rivales invadieron Bunia a principios de la década de 2000, y se disputaron el control en combates que en 2003 llegaron a ser tan intensos que Francia desplegó tropas militares para imponer la paz.

Ahora, el gobierno ha vuelto a Bunia, pero la campiña circundante está controlada por una plétora de grupos armados formados en su mayoría por grupos étnicos, aunque un grupo especialmente sanguinario ha jurado lealtad al Estado Islámico.

Es probable que estas tensiones étnicas también influyan en la respuesta al ébola. Está previsto crear dos pabellones de aislamiento en la ciudad, uno para cada uno de los barrios dominados por los hemas y los lendus, los grupos étnicos dominantes, que son rivales.

Años de conflicto también han desgastado las comunidades en las que las teorías conspirativas sobre el ébola son especialmente fuertes. Mientras los trabajadores humanitarios se apresuran a construir pabellones de aislamiento, se enfrentan a turbas enfurecidas que los acusan de ser de algún modo responsables del virus.

En los últimos días, multitudes furiosas incendiaron un pabellón de aislamiento en Rwampara, a las afueras de Bunia, y otro en Mongbwalu, un pequeño pueblo minero al norte de la ciudad que, según los expertos, es el epicentro probable del brote.

Los funerales son un foco de especial tensión. En las zonas rurales, la gente suele exigir que se entierre a los muertos según la costumbre tradicional, que implica tocar mucho el cadáver, a pesar de que esa es también una forma perfecta de propagar la enfermedad.

https://vanguardia.com.mx/noticias/internacional/incendian-otro-centro-de-tratamiento-de-ebola-en-el-este-del-congo-huyen-18-presuntos-infectados-MD20895485

En Bunia, muchos apenas están empezando a aceptar la creciente epidemia. Algunos residentes parecían tomárselo a la ligera: chapotearon en piscinas públicas en los últimos días o se reunieron con amigos en saunas, una forma de entretenimiento popular.

Pero la preocupación se está apoderando cada vez más de ellos. El viernes por la noche, Joel Mugisa, médico de 30 años, recorrió farmacias en busca de desinfectante para las manos. Todas las tiendas estaban agotadas.

Dijo que todavía no le había entrado el pánico, pero que le preocupaban los demás y la afición generalizada a las teorías conspirativas. “La gente no se toma el ébola en serio”, dijo, antes de desaparecer en la noche. “Ese es el principal problema”.

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