Sopa de letras (I)
COMPARTIR
Hay semanas en que uno lambucea entre los libros sin comprometerse con ninguno de cabo a rabo.
Esta conducta, propia de una mente dispersa, se convierte en un gran pretexto para hincarle el diente a fragmentos de obras distantes entre sí o, de plano, también echarle el ojo a las desconocidas para tantear terreno (sigo hablando de libros) como parte de la naturaleza del juego del lector.
No es casual, la mente tiende a buscar actividades que resulten placenteras, y pocas cosas lo son como ejercer la libertad, un territorio en el cual la literatura funciona mejor. Libertad para elegir, para quedarse un libro, para abandonarlo a media empresa o para volver a él como parte de los derechos de los lectores.
En abono de lo pescado en alguna de esas semanas dispersas, van algunos párrafos sobre un par de las aperturas aleatorias, a ver si alguno de los aquí leyentes muerde el mismo anzuelo.
Ana Lilia Pérez publicó en «Verdugos» (Editorial Grijalbo, 2016) una investigación sobre la violencia que deviene de los problemas psicológicos en la milicia. Cuenta la autora, anualmente 470 miembros del ejército ingresan en hospitales por padecimientos psiquiátricos.
Entre la evidencia expuesta, presenta un caso acaecido en nuestro Saltillo de las tunas hace veinticuatro años. Era mayo del 2002 cuando un grupo de migrantes centroamericanos fue atacado por un efectivo de las fuerzas armadas al que se le botó la canica, presumiblemente, por vivir en una angustia perenne.
Dos jóvenes de 16 y 21 años murieron en el ataque y tres más resultaron heridos. El caso se enturbió y en 2004 se le perdió la huella al culpable que se valió de triquiñuelas para salir de chirona. Vale la pena pasarse por las páginas de Ana Lilia en Verdugos para combatir la desmemoria.
Otro que se enteró de cosas fue José Luis Trueba Lara.
En 1832 desembarcó en Veracruz el primer elefante que piso tierras mexicanas, venía de Europa a donde había llegado luego de un largo peregrinaje desde su natal continente africano.
Las notas periodísticas de la época recogían escuetamente el hecho, a pesar del furor popular que despertaba esa gigantesca bestia con dos colmillos gigantes. Se dijo que perteneció a un empresario que lo presentó en espectáculos circenses durante un lapso corto entre el puerto y la capital.
Pronto murió el paquidermo y, con él, se fueron las aspiraciones de fortuna. Luego, el esqueleto fue exhibido como si se tratara de un animal prehistórico, pero después el hecho despareció del ojo público.
Las cosas no se podían quedar así. El tocayo se echó un clavado en los archivos y las hemerotecas para indagar más, pero nomás no aparecía información.
Ante la imposibilidad de saber a ciencia cierta qué pasó antes, cuando el hombre decidió traer al exótico animal, durante, cuando el empresario lo presentó en este exótico país, y después, cuando el animal perdió el atractivo, incluso, después de muerto. Trueba Lara decidió escribir.
«El maravilloso circo del señor Shtrum» (Editorial Planeta, 2019) cuenta esa historia, o lo que pudo ser, un empresario temerario con su elefante, sus amigos fenómenos y la Revolución de Ayutla.
Leyendo, que es gerundio.