Suicidio: un problema que no hemos descifrado

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Opinión
/ 25 enero 2026

Quienes cometen suicidio lo hacen porque están sufriendo y desean poner fin al mismo. Los demás debemos averiguar cómo ayudar a quienes se ubican en esta circunstancia

La mecánica del suicidio sigue siendo, en esencia, un misterio para todos. La razón de ello es obvia: solamente podemos realizar esfuerzos de deducción en relación con las personas que tomaron esa decisión y la llevaron hasta sus últimas consecuencias.

El señalamiento anterior constituye el principal obstáculo para diseñar y poner en práctica una estrategia eficaz en la tarea de identificar y ayudar a quienes, contra la lógica elemental de los seres humanos, deciden que ya no existe nada que haga que la vida valga la pena vivirse.

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Pero siendo cierto que la mecánica del suicidio es, en esencia, inescrutable, también lo es que eso no impide tener cada vez mejores herramientas para atender a quienes llegan a la etapa, que sí sabemos, es la previa al suicidio: la depresión.

Y lo sabemos porque el estado natural del ser humano es justamente el contrario. La naturaleza nos ha dotado de eso que llamamos “instinto de supervivencia” y que implica la tendencia innata y biológica de los seres vivos a realizar acciones que maximizan la preservación de la vida, evitando daños, peligro o la muerte.

Así pues, dado que la depresión es un paso previo y necesario al suicidio, es posible desplegar esfuerzos que nos conduzcan a diseñar mejores herramientas de diagnóstico y atención para las personas que desarrollan tal condición.

Lo anterior es particularmente relevante cuando la infausta estadística de este fenómeno parece clara en relación con el grupo de edad de quienes, con mayor frecuencia -al menos en nuestra Región-, ejecutan esta decisión terminal: los adultos de entre 30 y 55 años de edad.

No son los integrantes de esta franja etaria los únicos que aparecen en la estadística de suicidios pero, como lo consignamos en el reporte que publicamos en esta edición, sí es en este grupo en el que se registra la mayor incidencia, pues de los 25 casos registrados en el último trimestre del año pasado en municipios de la Región Sureste, 16 se ubicaban en dicho rango de edad.

Una de las acciones que las autoridades sanitarias pueden -y deben- desplegar es destinar recursos al estudio de las circunstancias anímicas típicas de los habitantes de la región que se encuentran en la franja de edad que, al menos en los datos recientes, muestran mayor tendencia al suicidio.

Adicionalmente, desde luego, es preciso indagar con mayor profundidad en las historias personales de las víctimas del fenómeno. ¿A qué se dedicaban? ¿Cuáles eran sus hábitos? ¿Cuál su situación de salud? ¿Qué presiones familiares, económicas, sentimentales enfrentaban?

Lo que no podemos ni debemos hacer es limitarnos al papel de simples espectadores de un fenómeno que está presente entre nosotros desde hace ya demasiado tiempo y reclama atención.

Quien decide poner fin a su vida lo hace porque está sufriendo y quiere terminar con ese sufrimiento. Lo que debemos averiguar es cómo podemos ayudar, a quien está en esa circunstancia, a superar el sufrimiento que le convoca a dejar de vivir.

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