The Economist envuelto en una guerra vergonzosa por la IA
COMPARTIR
La revista hace un tratamiento engañoso del trabajo académico al premio nobel de economía Daron Acemoglu, apelando a comentarios sarcásticos de economistas no identificados
Por Eran Yashiv, Project Syndicate.
TEL AVIV- Con la reciente publicación de un artículo en el que se difama al premio nobel de economía Daron Acemoglu, The Economist ha demostrado falta de criterio, arrogancia y mala fe. La revista hace un tratamiento engañoso del trabajo académico de Acemoglu, apelando a comentarios sarcásticos de economistas no identificados (y con alguna copa encima) para respaldar la tesis de que en sus influyentes investigaciones, Acemoglu formula afirmaciones generales y sin fundamento. Al parecer, sus estudios sobre el vínculo entre las instituciones y la prosperidad a largo plazo (premiados hace dos años por el comité del Nobel) son una cháchara simplista. Su pesimismo en relación con la inteligencia artificial y su deseo de que al cambio tecnológico se lo oriente por medio de políticas públicas se basan en supuestos dudosos y subestiman los posibles beneficios económicos de la IA.
Detrás de la decisión de The Economist de encargar la redacción de un libelo contra Acemoglu (quien ha sido un defensor incansable de aplicar a la IA políticas centradas en el empleo, humanistas y compatibles con la democracia liberal) parece ocultarse una agenda relacionada con los intereses del sector. Para sus titanes (por ejemplo Elon Musk y Mark Zuckerberg), las propuestas de Acemoglu son una herejía. Ellos y otras figuras destacadas ven en los trabajadores y en la democracia fastidiosos obstáculos en la senda hacia el acrecentamiento de su riqueza y su poder.
No quiere decir necesariamente que The Economist esté cumpliendo órdenes de las empresas de IA (aunque cabe señalar que el director ejecutivo del mayor accionista de The Economist es miembro de la junta directiva de Meta desde 2025). Más bien, su ataque a los pergaminos académicos de un investigador que lleva más de treinta años publicando en revistas con referato parece la enardecida defensa del dogma de fe por parte de un creyente ofendido.
Obviamente, criticar la labor académica de Acemoglu y cuestionar sus ideas no tiene nada de malo, cualquiera sea el momento en que se haga. Los premios nobel son tan dignos del escrutinio público como cualquier otra persona. Pero el artículo de The Economist nos obliga a preguntarnos por qué un texto cuyo objetivo aparente es reconsiderar la calidad del trabajo académico de Acemoglu termina atacando su influencia en la política de IA.
La estructura del texto es elocuente. A tono con el tradicional estilo impersonal de The Economist, el artículo recurre a fuentes anónimas. Un “economista de renombre” acusa a Acemoglu de usar sus modelos para respaldar “políticas populistas” fallidas; otro dice que es un genio. A continuación, el artículo repasa viejas polémicas sobre temas como la mortalidad de los colonizadores, las instituciones y la tecnología, antes de llegar a la IA. Sólo entonces se ponen las cartas sobre la mesa. Según afirma el artículo, estas disputas académicas “podrían terminar siendo muy importantes”, porque Acemoglu está preocupado por los efectos de la IA sobre el empleo y la democracia.
Este giro merece más atención que la “arqueología econométrica” que lo precede. La posición de The Economist en materia de política de IA es conocida. En un editorial de 2023, rechazó tanto el laissez faire como el exceso de precaución, y propugnó un “enfoque mesurado” que sirviera de base para ulteriores normas. En julio de 2026, otro editorial pidió mejoras en la regulación, mientras advertía de que Estados Unidos no debía «encarcelar la IA de vanguardia» ni reservarse acceso exclusivo a la tecnología.
No hay duda de que es una postura defendible: regular los riesgos, pero preservar la innovación, la difusión y la ventaja estratégica. También concuerda en líneas generales con los intereses de las megaempresas de IA, cuyas cotizaciones dependen de un despliegue rápido y cierta indulgencia regulatoria.
Pero la agenda de Acemoglu es diferente y mucho más disruptiva para los planes de los arquitectos de la IA. Junto con David Autor y Simon Johnson (colegas suyos en el MIT) sostiene que la dirección que tome la IA es una elección política, no una inevitabilidad tecnológica. Su programa de 2023 para una “IA a favor de los trabajadores” proponía dar un mismo tratamiento impositivo al trabajo y a las máquinas o algoritmos, poner límites a la vigilancia invasiva en los lugares de trabajo, dar más voz a los trabajadores, financiar la investigación en tecnologías que complementen las capacidades humanas, desarrollar experiencia pública en IA y guiar la adopción de la IA en educación y sanidad.
La continuación del programa que presentaron en 2026 añade la necesidad de fiscalizar el cumplimiento de la legislación antimonopolio y extender los derechos de propiedad intelectual a los conocimientos de los trabajadores. Acemoglu y sus colegas no se contentan con lograr una IA segura, sino una IA diseñada para aumentar el valor de las capacidades humanas en vez de automatizarlas para prescindir de ellas. El 21 de agosto, Acemoglu publicó una declaración muy clara sobre este programa de políticas en la sección “World View” de la revista Nature.
Esta agenda pone sobre la mesa la cuestión de quién traza el rumbo de la tecnología y quién se queda con los beneficios. En este contexto, menoscabar el prestigio académico de Acemoglu tiene un efecto político evidente, ya que debilita la autoridad de uno de los economistas más destacados que promueven un desarrollo de la IA centrado en los trabajadores. La acusación más interesante no es conspirativa sino ideológica. Al convertir el desacuerdo con las recomendaciones de Acemoglu en preguntas sarcásticas sobre los méritos de sus investigaciones y su “estrellato” académico, The Economist busca sabotear un debate que tendría que ser abierto y honesto.
La cuestión real no es si todos los hallazgos empíricos de Acemoglu desde 2001 resisten una reevaluación, sino si la política de IA debe amoldarse a los deseos de las empresas que desarrollan la tecnología o dar a los trabajadores y al público en general más poder sobre lo que se está creando. Ese es el debate que The Economist y los entusiastas de la IA deben mantener con Acemoglu. Las discrepancias entre Acemoglu y sus oponentes son trascendentales. Pero sus oponentes no le hacen ningún favor a su causa sustituyendo la discusión de buena fe por la calumnia etílica. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Eran Yashiv es profesor de Economía en la Universidad de Tel Aviv e integrante del Centro de Macroeconomía de la London School of Economics.