Todo lo de cristal
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Preparaba este texto comentando sobre las etiquetas de “literatura juvenil” que se le imponen a algunos de los grandes libros, como si las mejores historias fueran cosa de la edad, cuando quedé atrapado por otra lectura. Todo lo de Cristal (Seix Barral, 2023) de Rafael Pérez Gay. Algo había que escribir sobre ella.
Dice el autor que todo comienza con una mudanza, incluso el libro, pero no recuerda si la frase pertenece a Fernando Pessoa o la inventó su inconsciente con el paso de los años. Da igual, bajo cualquier circunstancia, una mudanza es siempre un parteaguas.
Rafael trae a colación las veintidós que le tocó vivir con su familia. La cantidad la sabe de cierto por una lista que realizó junto a su padre en un viejo recibo de gas para recapitular el perpetuo éxodo en el que vivieron. Esa línea del tiempo estructura la trama donde marcharse a otra casa podía ser un fenómeno intempestivo.
El padre avisaba, la madre daba la orden y la infantería de hermanos empacaba presurosa en cajas de jabón Fab Roma. Las hermanas mayores se ocupaban de los closets con la ropa y al menor de la familia le encomendaban envolver “todo lo de cristal”.
El método resultó una trampa, pues para proteger la fragilidad de los objetos de vidrio echaba mano de los viejos periódicos que formaban una incidental hemeroteca casera. Envolvía poco, leía mucho, y desmitificaba que los diarios antiguos sólo servían para envolver pescado.
Todo lo de Cristal es un libro de recuerdos y de memoria, que no necesariamente son lo mismo, pero también lo es de la nostalgia y sobre la reconstrucción de una época, son los años sesenta en la Ciudad de México.
Aquí la historia es la de un hombre adulto que busca al niño que un día fue dentro de la ciudad que es el otro gran protagonista del libro. En apariencia es silente porque atestigua, pero no calla, pues la ciudad de los palacios, como la llamó Charles Joseph Latrobe, lo es todo. Es el lugar de los hechos, los sonidos, los sabores, el aroma y las imágenes de otro tiempo.
Este viaje a la infancia nos enseña que las imprecisiones de la memoria no son voluntarias, sino producto de la creatividad de quien se enfrenta a la página en blanco del pasado. Lo dijo la poeta Louise Glück “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. Lo demás es memoria”.
Este informe nocturno, que es como el propio escritor lo ha catalogado, va sobre las preocupaciones, los agobios económicos, la lucha contra las adversidades de la cotidianidad, la infancia, los dulces y las lecciones que solo se pueden aprender en la calle.
Todas ellas cuestiones que permanecen en la memoria, indelebles como angustias perenes, y que efectivamente se manifiestan de noche como fantasmas del pasado que no terminan por irse del purgatorio en que se convierte el vivir al día.
Recordar está lejos de ser un acto pasivo, ya que nos obliga confrontar a las hemerotecas, los archivos generales y la memoria colectiva.