Todos somos culpables

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Opinión
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No hace muchas décadas había problemas de abastecimiento de agua en Saltillo, lo que obligaba a sus ciudadanos a cuidarla como a la niña de sus ojos

En mis recorridos por el País es notorio el estrés hídrico que padecen comunidades y ciudades; en este momento en el municipio de Ezequiel Montes, Querétaro. Ivonne Cabrera, joven madre y profesional del turismo, quien preside el comité ciudadano del Pueblo Mágico de Bernal (ubicado dentro del municipio citado), me compartió que participó en una mesa de trabajo con autoridades municipales, integrantes de las cadenas productivas, representantes de la Canaco y de Protección Civil estatal.

El director del área de sustentabilidad municipal declaró que ya se tiene una crisis hídrica importante y que desde hace tres meses no llega el agua en algunas comunidades. A partir de esta reunión habrá otras para esclarecer el tema con las autoridades estatales.

Ocurre que Ezequiel Montes, que tiene como parte de su población al pueblo originario nahua, requiere de mantos freáticos que cada vez se agotan más con el desmedido crecimiento poblacional de la ciudad de Querétaro, un pequeño monstruo urbano en el que aparece un desarrollo inmobiliario inusitado.

En comunidades de estados de esa misma región, como Hidalgo, Guanajuato y Aguascalientes, también se padece de la carencia de agua. Pero aun en lugares en donde existe selva se está presentando desertificación y hay evidentes conflictos sociales por el control del agua: porque el agua siempre tiene dueño.

Recuerdo nítidamente que de la Laguna de Apizaquito, en la ciudad de Apizaco, Tlaxcala, una empresa embotelladora aprovecha la mayor parte de su agua para la producción de refrescos, también se produce
cerveza, y vaya que en Tlaxcala hay una carencia rampante del recurso hídrico.

Debemos analizar el resultado de comparar costos sociales contra beneficios sociales que implica la existencia de industrias cuyo insumo principal es el agua. ¿Sirve de algo que en Nuevo León una empresa cervecera otorgue el 20 por ciento del agua de su concesión para el consumo doméstico ante el desabasto que verdaderamente sufren por la carencia de este líquido las familias del área metropolitana de Monterrey?

¿Serviría de algo que en Bernal, comunidad de Ezequiel Montes,
Querétaro, se detenga la multiplicación de hoteles dado el estrés
hídrico municipal?

Por supuesto, en ambos casos sería parte de la solución, pero
las empresas del sector privado no son las únicas entidades que consumen el agua. ¿Y qué pasa con los usuarios ciudadanos del promedio que consumimos el agua como si fuera interminable?

En La Comarca Lagunera, región que comparten Coahuila y Durango, el abasto del agua “está con pincitas”. Recuerdo a la entrañable Magda Briones que ya siendo una mujer que pasaba de los noventa años se atrevió a pedirle a una vecina de la colonia Navarro, en la ciudad de Torreón, que no usará una manguera para limpiar con agua su banqueta y la calle, obteniendo como respuesta: ¡Qué le importa a usted, si yo la pago!

¿Cuántas personas en Coahuila pensarán como esa señora? No hace muchas décadas había problemas de abastecimiento de agua en Saltillo, lo que obligaba a sus ciudadanos a cuidarla como a la niña de sus ojos. Hay que retomar políticas de austeridad en el consumo familiar, así como el uso del agua en las industrias refresqueras, cerveceras y acereras para que no ocurra en Coahuila lo que se padece en Nuevo León.

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Columna: Mundo sustentable

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