Tradiciones centenarias: la bendición de las semillas

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Opinión
/ 28 marzo 2026

De manera orgánica y en un acto de colectividad humana, se enriquecen los suelos y se conserva el rico germoplasma que contienen las semillas para bien de los rarámuris

Los mestizos mexicanos aún discriminamos las expresiones de cultura indígena y más aún su presencia física en la vida cotidiana. Seguimos mostrando nuestro “poder” sobre ellos y creyendo que no pueden tener iniciativas inteligentes; que son sólo elementos de folclore, porque así nos los presentaron desde que, en tiempos del expresidente Lázaro Cárdenas, quedaron etiquetados en un “cajón” oficial.

Pero cuando atestiguamos la profundidad de sus tradiciones centenarias, salpicadas de pronto con elementos de calzado o de aparatos “inteligentes” de comunicación, pero nunca vencidos ni desdoblados, entendemos que permanece el espíritu poderoso del origen, de lo prístino, de lo genuino.

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El domingo 22 de marzo de la semana pasada, desde muy temprano salí de la ciudad de Chihuahua hacia Guachochi, municipalidad que alberga a la mayor parte de las comunidades rarámuri de la Sierra Tarahumara. Me apoyó en el traslado un respetable conocedor de los temas alimentarios y de procesos sociales de las poblaciones deprimidas de la zona. Juan Paulo Romero Reynaga es un profesional oriundo de Jalisco, pero que decidió invertir su vida en esta sierra desde que llegó a colaborar en las labores jesuitas.

Juan Paulo contiene conocimiento y experiencia, nada menos; pronto escribirá una hoja de ruta de lo que ha sido la confluencia del mestizo con el rarámuri, desde Anita García Narro, que llegó a la sierra en 1949 y murió allí luego de un gran trabajo social en 1986; de los tiempos del obispo de la Tarahumara, José Alberto Llaguno Farías (1975-1992), regiomontano de cepa, religioso beligerante de la teología de la liberación y mal llamado “rojo”, quien puso en valor esa profundidad, de la que les comparto, que existe en la cultura de los hombres y mujeres que huellan el mundo.

Romero Reynaga ha sido asesor las últimas tres décadas de la causa rarámuri, participando en programas internacionales como el de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y ha visto crecer en su liderazgo impoluto a María Luisa Bustillos Gardea, a mi parecer, una de las líderes indígenas más fecundas y plenas de América Latina, que ha cumplido con la función de gobernadora tradicional de Ciénega de Norogachi desde 2017. Justamente desde entonces se le volvió a dar valor a una ceremonia a la que acudí el ya citado 22 de marzo, en la que lo sublime se apareja con lo ancestral.

De la ceremonia de bendición e intercambio de semillas me había hablado María Luisa y no había podido participar, pero se llegó ese momento aquella mañana soleada y fresca. No menos de 500 personas de distintas comunidades acudieron casi corriendo, a paso firme y danzando en evoluciones rotatorias, pintados los varones sus cuerpos y rostros, y algunas mujeres sus mejillas con pequeños círculos blancos. Cada cuadrilla –por así llamarla– de personas, de adultos mayores, maduras y de niños, llegaba al punto focal de la ceremonia para depositar bolsas de semillas de maíz, habas, garbanzo y calabaza. Bailaban en torno a este centro y luego se desplazaban para ir formando un gran círculo para seguir danzando.

Ya dispuestas las semillas de las comunidades participantes, se recogieron algunas por parte de los invitados principales, incluidos Pepe Yáñez, dinámico alcalde de Guachochi; Manuel Chávez de la Conafor; María Luisa y el mismo Juan Paulo Romero. Estas semillas, a manera de ofrenda, fueron conducidas en cestos por estas personas al frente de la procesión que siguió su tránsito circular para retornar finalmente al epicentro, y arrodillados todos los presentes, ofrecer las semillas a los hermanos árboles del bosque, al hermano sol, al hermano viento.

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Después de esta bendición de semillas, los representantes de comunidades tomaron las que llevaron a la ceremonia y empezaron a intercambiarlas. “Yo traje semillas de maíz azul, ¿quién las necesita?”, dijo alguien. “Yo traje de maíz amarillo y de calabaza; te las cambio por maíz azul, ¡el año pasado se dio muy bien en mi parcela!”, dijo otro.

Y así, de manera orgánica y en un acto de colectividad humana, se enriquecen los suelos y se conserva el rico germoplasma que contienen las semillas para bien de los rarámuris. ¡Qué afortunado fui al coparticipar en algo sagrado y realmente profundo!

Columna: Mundo sustentable

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