Un Domingo de todos los días
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Es un adolescente todavía. Su estatura no es alta, pero su cuerpo tiene fortaleza de árbol nuevo
Este muchacho estudia en la Universidad de Palencia. Es la universidad a donde van los castellanos. Quiero decir la gente de Castilla; quiero decir la gente de castillo, o sea los nobles.
Termina el siglo 12. Soplan por la península vientos espirituales. Es dura la batalla contra la morisma: en Alarcos la cristiandad ha sufrido una derrota cruenta. Los monjes de Silos lloran al tiempo que rezan. Los caballeros cristianos que tienen sus torres a las orillas del Duero y el Tajo afilan sus espadas: en las Navas encontrarán después venganza plena. Los ayudará Santiago Matamoros. Mientras tanto, aquel muchacho estudia en la universidad palentina. Estudia y reza. Para él los libros y la oración son una espada.
Es un adolescente todavía. Su estatura no es alta, pero su cuerpo tiene fortaleza de árbol nuevo. Es blanco y rubio, como su madre; de ella sacó también los ojos, de un profundo azul. Su padre puso en él reciedumbre de miembros y tenacidad de carácter. Doña Juana de Aza –la madre– tuvo un sueño la víspera de darlo a luz: soñó a su hijo en la figura de un can que llevaba una antorcha en las fauces. La luz de esa antorcha iluminaba el mundo como un radiante sol.
Ama a sus libros el joven estudiante. Los tiene en número elevado, pues su padre es rico y no le escatima los dineros. Sus compañeros gastan en francachelas donde se bebe bien y se menea el libro de las 40 hojas, que es la baraja. Él emplea hasta el último maravedí en comprar aquellos tomos que lo seducen, empastados en duro cuero de cerdo. Son muy caros, carísimos, especialmente los que vienen de Flandes: por una edición en griego de Aristóteles, salida de la imprenta de Arp, acaba de pagar lo que podría comprar una alquería en Osma.
He aquí que ahora hay hambruna en toda la región. Una larga sequía llevó desolación al campo. La gente deja sus aldeas y llega a la ciudad en busca de algo qué comer. Las calles están colmadas de famélicos mendigos que claman lastimeramente por un pedazo de pan. Los alguaciles pretenden expulsarlos a golpes de látigo, o dándoles con el plano de la espada. Ellos salen a las puertas de la ciudad y luego vuelven otra vez con sus gemidos y su desesperación. Esta mañana el joven estudiante vio en la calle morir de hambre a una mujer. Su hijo de meses murió también, secos los pechos de la madre. Y hay trigo para hacer el pan, pero está en los graneros de los ricos, que esperan arrecie el hambre para venderlo a diez veces su valor.
¿Qué hace el joven estudiante en aquel sucio bazar? Ha ido a vender sus libros. Los ha entregado ahí, contento, a cambio de monedas que ahora reparte entre los pobres, a las puertas de la catedral. Llega un maestro suyo, pues se ha enterado de lo sucedido:
– ¿Qué has hecho, muchacho? ¿Cambiaste tus libros por dinero?
– Sí, maestro. ¿Cómo estudiar sobre cueros de animales muertos si estoy viendo morir de hambre a mis hermanos vivos?
Aquel estudiante será algún día Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, o sea de los dominicos.