Un futuro para la juventud europea

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

Los líderes europeos no deben responder a las frustraciones de los jóvenes con más promesas vagas

Por Ana Palacio, Project Syndicate.

MADRID- A primera vista, la ola de protestas lideradas por estudiantes que se ha extendido por Francia podría parecerse a los acontecimientos de mayo de 1968. En ambos casos hubo multitudes crecientes de manifestantes que reclamaban una reforma educativa, criticaban al Gobierno, levantaban barricadas y se enfrentaban a la policía antidisturbios. Ambos casos también atrajeron a casseurs (vándalos), que convierten la protesta en destrucción. Pero, mientras que los estudiantes de 1968 buscaban derrocar el orden establecido, los manifestantes de hoy quieren que el orden establecido cumpla.

Para comprender a una generación, hay que tener en cuenta el mundo en el que vivían cuando cumplieron los 20 años. Los estudiantes de 1968 crecieron con unos padres que habían soportado guerra y privaciones. Si bien los sacrificios y las penurias de la generación anterior inspiraban respeto, sus hijos se rebelaron contra su autoridad, y contra el sistema que defendían.

Los estudiantes de 1968 tenían relativamente pocas posesiones materiales y una capacidad limitada para viajar. A las mujeres se les orientaba hacia el matrimonio, no hacia los logros profesionales. Estos jóvenes no esperaban que sus padres o el Estado eliminaran los obstáculos para la prosperidad, y mucho menos que les sirvieran las oportunidades en bandeja de plata. Simplemente querían evitar que el sistema se interpusiera en su camino.

Esa generación, mi generación, sabía que, a la larga, encontraríamos trabajo y viviríamos mejor que nuestros padres. Lo mismo ocurrió con la siguiente. De hecho, la generación que alcanzó la mayoría de edad tras la caída del Muro de Berlín se encontró con un mundo rebosante de posibilidades, sobre todo gracias a la globalización y a la rápida innovación tecnológica. Aunque las primeras generaciones de la posguerra alcanzaron la mayoría de edad con cierta conciencia de los límites planetarios, subrayados en el informe de 1972 del Club de Roma “Los límites del crecimiento” y en la Cumbre de la Tierra de 1992, estaban convencidas de que el mañana sería mejor que el hoy.

La actual generación de jóvenes europeos goza de libertades, recursos materiales, oportunidades para viajar y capacidades tecnológicas que superan con creces todo lo que podríamos haber imaginado en 1968. Sus reivindicaciones, sin embargo, son sorprendentemente sencillas: escuelas dignas, empleos seguros, viviendas asequibles y la posibilidad de formar una familia.

Desde la perspectiva de mi generación, parece haber cierto sensación de derecho adquirido en juego: mientras nosotros nos propusimos conquistar un mundo de posibilidades aparentemente ilimitadas, los jóvenes manifestantes de hoy esperan más de las instituciones. Pero también se enfrentan a obstáculos materiales completamente diferentes a todo lo que nosotros afrontamos. Europa ha alentado unas expectativas cada vez mayores entre los jóvenes, mientras que su capacidad para generar la prosperidad necesaria para satisfacer esas expectativas se ha deteriorado drásticamente.

Mientras que los rebeldes de 1968 pertenecían a las enormes cohortes de la posguerra, los jóvenes europeos de hoy son una minoría cada vez más reducida en sociedades que envejecen y cuyos sistemas políticos protegen, por encima de todo, los intereses establecidos. El aumento del coste de la vida y el elevado desempleo juvenil han dificultado que los jóvenes puedan lanzarse a la vida por su cuenta: según un estudio de Eurostat, los europeos abandonaron el hogar familiar a los 26.3 años, de media, el año pasado, cifra que supera los 30 años en Italia y España. Mientras tanto, los efectos climáticos cada vez más acentuados y el auge de la inteligencia artificial están generando una profunda incertidumbre sobre el futuro.

Aunque algunos de estos retos se extienden mucho más allá de Europa, la incapacidad de la Unión Europea para responder a un mundo dislocado ha agravado el problema para sus jóvenes. En 2008, el PIB de la UE era comparable al de EE. UU.; hoy, asciende a apenas el 70 % (en dólares corrientes). El Bréxit y las fluctuaciones del tipo de cambio explican parte de la diferencia, pero las persistentes debilidades de Europa en materia de productividad, innovación y escala tecnológica se deben, en última instancia, a las políticas.

El expresidente de EE. UU. Joe Biden comprendió que el mundo había cambiado, y la COVID-19 puso de relieve la vulnerabilidad estratégica que supone la dependencia de proveedores lejanos para los bienes esenciales. Por ello, la Administración Biden puso en marcha una política industrial, que incluía incentivos a la inversión y medidas destinadas a garantizar las cadenas de suministro críticas, para reconstruir las capacidades nacionales. Aunque este esfuerzo implicó algunas políticas de carácter proteccionista, buscaba reforzar el orden institucional global que tan bien había servido a EE. UU.

Donald Trump, sin embargo, ha destrozado ese orden desde su regreso a la Casa Blanca en 2025, volviéndose contra amigos y aliados, iniciando guerras comerciales y convencionales, retirándose de organismos y acuerdos internacionales y desmantelando las herramientas del poder blando de EE. UU. Pero la Administración Trump reconoce que la producción industrial, el liderazgo tecnológico y el control de los recursos críticos son vitales para la seguridad y la prosperidad en el siglo XXI.

Estados Unidos ha traducido esta convicción en políticas concretas. Por ejemplo, para impulsar el procesamiento de tierras raras y la fabricación de imanes, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha proporcionado financiación, compromisos de compra a largo plazo y precios mínimos garantizados. En lugar de limitarse a subvencionar una o dos fábricas, el Estado ha ido creando las condiciones de mercado que hacen viable una industria estratégica.

Europa también ha reconocido la necesidad de actuar de forma estratégica, por ejemplo, fomentando las industrias críticas, reforzando las cadenas de suministro y desarrollando la autonomía tecnológica. El expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, ha documentado la crisis de competitividad de la UE con una claridad devastadora. La Comisión Europea incorporó sus conclusiones a una “brújula de la competitividad”.

Sin embargo, hasta ahora, Europa ha tenido dificultades para traducir esa ambición en acciones concretas. El fabricante sueco de baterías Northvolt recibió enormes cantidades de financiación pública para poder hacer frente al dominio asiático, pero quebró el año pasado debido a dificultades de producción, interrupciones en la cadena de suministro y cambios en la demanda. En materia de defensa, Europa presenta a Airbus como prueba de lo que puede lograr la cooperación industrial; sin embargo, el año pasado, Francia y Alemania abandonaron un proyecto histórico para construir un avión de combate de última generación.

Europa apostó por la integración no como un medio para gestionar el declive, sino como una forma de superar una historia sangrienta y permitir que los países lograran más de lo que cualquiera de ellos podría lograr por sí solo. Hoy, los líderes europeos corren el riesgo de abandonar esa ambición: proteger los logros del pasado mientras renuncian a los medios para alcanzar los del futuro.

Los líderes europeos no deben responder a las frustraciones de los jóvenes con más promesas vagas. Los jóvenes de hoy alcanzan la mayoría de edad en un mundo en el que el poder, la seguridad y la prosperidad económica se han vuelto indivisibles. Necesitan y merecen de sus líderes un programa creíble que garantice viviendas asequibles, excelencia educativa, industrias competitivas y empleos dignos. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Ana Palacio fue ministra de asuntos exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.

Temas



Localizaciones



Project Syndicate produce y distribuye análisis originales y de alta calidad a una audiencia global. Con contribuciones exclusivas de destacados líderes políticos, legisladores, académicos, empresarios y activistas cívicos de todo el mundo, ofrecemos a los lectores análisis e información de vanguardia.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM