Un gran aplauso para la Presidenta
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El que manda sigue viviendo enfrente, pero eso no impide hoy envíe yo a la Presidenta Sheinbaum un gran aplauso... por la forma hábil y digna que hace frente a Trump
En Parras de la Fuente, uno de los más bellos lugares de mi natal Coahuila, tenía su taller un zapatero remendón. El letrero con que se anunciaba era anfibológico, o sea ambiguo: “Zapatero. Hace de hombre y de mujer”. El mismo oficio profesaba en mi ciudad el Caifas, cuyo extraño apodo ni él mismo podía descifrar. Vivía y trabajaba en una de las accesorias, pequeñas viviendas que rodeaban la planta baja de la plaza de toros de Saltillo. En otro de esos cuartuchos vivió durante varios meses con una prostituta un torerillo que después sería gran figura de la fiesta brava: Rodolfo Rodríguez, “El Pana”. De ahí el hermoso brindis que hizo en la Plaza México “a las putas que me dieron la tibieza de sus muslos cuando yo no era nadie”. Tuve amistad con “El Pana”, pues me honra ser amigo de poetas, y en cada torero hay un poeta que rima sus faenas con la muerte. Las corridas de toros en mi ciudad eran en lunes. Los diestros que toreaban el domingo en Monterrey lo hacían el siguiente día en Saltillo para ganarse algunos pesos más. Y el zapatero Caifas, ferviente aficionado, advertía a su clientela por medio de un cartel: “En tarde de toros ni tacones pongo, y pago por que no me ocupen”. Zapatero remendón era igualmente Trigio. En aquel tiempo –los mediados del pasado siglo– casi todos en Saltillo éramos pobres, aunque no lo sabíamos. Cuando a los niños se nos hacían agujeros en los zapatos nuestros papás le pedían a Trigio que les pusiera medias suelas, pues no tenían para comprarnos otros. A más de desempeñar el oficio de San Crispín, quien siendo clérigo se hizo zapatero para vivir de su trabajo y no pesar sobre sus feligreses, Trigio era sobador, o sea componedor de torceduras. Hacía lo que hacen hoy los quiroprácticos. Y otra habilidad tenía aquel inolvidable saltillense, ésta muy linda: enseñaba a los cenzontles a silbar. Las señoras le llevaban a sus chicos –así se llamaban en Saltillo esas aves de bello y vario canto–, y después de dos semanas Trigio se los devolvía ya enseñados, de modo que los cenzontles silbaban los primeros compases del vals “Sobre las Olas” o de la Marcha de Zacatecas; aprendían piadosos himnos eclesiales como “Vamos, Niños, al Sagrario” o “Altísimo Señor”, y emitían un silbido de admiración cuando su dueña pasaba frente a la jaula. Evoco una excelente zapatería de entonces, “La Valenciana”. El lema de su publicidad era ingenioso: “Te quiero más que a mis zapatos viejos”. Y es que los nuevos eran duros, había que domarlos. El anuncio aseguraba que los zapatos de “La Valenciana” eran tan cómodos y suaves como los que se iban a dejar. ¡Qué tiempos aquellos tan bonitos! La nostalgia embellece el pasado, pues la memoria tiene un cierto instinto de conservación, y nos hace recordar las caricias de la vida más que los chingadazos que nos da. Ahora bien: ¿a qué todo ese hablar de zapatos, zapateros y zapaterías? Me sirve para ilustrar mi idea en el sentido de que Adán Augusto López es una piedra en el zapato de la Presidenta Sheinbaum. El desprestigio del hermano putativo de AMLO es una mancha en el actual gobierno de la 4T, pero pese a su mala fama el impresentable individuo sigue donde está, más inconmovible que el Peñón de Gibraltar, dicho sea sin ofender al Peñón. Mientras ese sujeto siga intocable yo me confirmaré en la idea de que, a pesar de los esfuerzos de la mandataria por afirmar su personalidad, el que manda sigue viviendo enfrente. Eso no impide hoy que desde aquí envíe yo a la Presidenta un gran aplauso, tributado además con ambas manos para mayor efecto, por la forma hábil y digna en que está haciendo frente a las embestidas del bestial Trump. Enhorabuena... FIN.
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