Un Pito que pitó mucho

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Opinión
/ 30 enero 2026

A ver si hay alguien que pueda explicarme esto. La señora Vitela –la inolvidable y querida profesora Amelia Vitela viuda de García– nos hizo leer “La vida inútil de Pito Pérez” en tercero de secundaria.

Ese libro está lleno de picardías desaforadas, de palabras del más grueso calibre, de anécdotas de tono subidísimo. Y sin embargo nosotros, muchachillos que apenas habíamos salido de la niñez, leímos la tremenda obra por encargo de nuestra maestra de Español.

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Y es que la señora Vitela no sólo enseñaba Español: impartía además lecciones de vida. Tan bien nos explicó ese libro que todo asomo de chocarrería o morbo se disipó y quedó convertido en útil enseñanza para aquellos que estábamos en trance de adolescencia. Así, en el aula y con sapiente guía, aprendimos bien lo que otros aprendieron mal en insanos corrillos esquineros.

José Rubén Romero, el inventor de Pito Pérez, era un escritor de mucho nervio. Poeta estimable, fue uno de los primeros cultivadores que en México tuvo el hai kai. Escribió uno que en su tiempo fue famoso por su atrevimiento:

Buscando huevos en el gallinero un día,

me topé con los senos de mi prima.

A Álvaro Obregón, tan ingenioso él –y tan asesino–, le gustaba mucho esa pequeña joya asonantada. Solía decir:

–Romero tiene cosas muy buenas, pero lo mejor son los senos de su prima.

Tres pasiones ardían en el escritor: el frontón, el toreo y las mujeres. Lo del frontón no me lo explico, pero en fin. Si alguien quería hablar con él debía buscarlo en el Frontón México, frente al Monumento de la Revolución. Ahí perdió todos sus dineros, pues tenía muy mal tino para apostar. Hasta el último centavo dejó en manos de los tahúres.

En cuanto a su afición al toreo, aureolaba a don José Rubén Romero una extraña leyenda. Cierta vez un diestro le brindó una faena, y la coronó con un soberbio estoconazo que le valió las orejas y el rabo. Atribuyó su buena suerte al escritor, y en la siguiente corrida volvió a brindarle la muerte del toro. Repitió la estocada certerísima. A partir de entonces todos los toreros –Manolete y Lorenzo Garza entre ellos– cuando bordaban una faena preciosista y querían rematarla bien con la suerte suprema, buscaban a don José Rubén en su barrera y le brindaban el toro, por pura superstición. No se sabe de ningún toro cuya muerte le fuera brindada al escritor que dejara de caer con la primera estocada. Cosas raras que tiene la fiesta brava.

Acerca de sus frecuentes tratos con mujeres decía él:

–Aspiro a ser un demonio vuelto ángel por el hartazgo de la carne.

Un poco heterodoxa la postura, pero ya se sabe que eso de la santidad tiene extrañas vías: el Señor escribe derecho en renglones torcidos.

Su famoso libro –el de Pito Pérez– lo escribió en cuatro semanas, cuando era embajador de México en Brasil. La primera edición, de 6 mil ejemplares, se vendió en una semana, y en menos de un año la obra alcanzó tirajes de cientos de miles de ejemplares, en traducción a numerosos idiomas. A Romero le disgustaba el éxito del libro. Decía que estaba muy mal escrito, y se enfurecía cuando alguien lo presentaba como el padre de Pito Pérez.

He releído algunas páginas del libro, y ahora las encuentro cándidas, y un poco bobas. Supongo que así parecerán dentro de algunos años las demasías sexuales que ahora creemos excesivas. El escándalo de sexo de hoy será la dulce nostalgia de mañana.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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