Una broma a don Porfirio
COMPARTIR
Díaz ha sido torpemente deturpado por la historia oficialista. A mi juicio fue un gran mexicano que merece reivindicación
¿Quién recordó a don Porfirio Díaz el pasado día 2 de abril? Nadie lo recordó, o muy pocos. Por eso voy a recordarlo yo, aunque días después.
En esa fecha, el año de 1863, don Porfirio venció a los franceses en la famosa batalla que se llamó “del Dos de Abril”, la cual luego fue borrada de la historia oficial, como también se borró la importante participación del oaxaqueño en la batalla del 5 de mayo, en Puebla. En esa ocasión, Díaz resistió al ejército invasor en las cumbres de Acultzingo, lo que permitió a Zaragoza organizar sus fuerzas para hacer frente con ventaja al enemigo. Luego, rechazados los galos de los fuertes de Loreto y Guadalupe, cargaron sobre las tropas de Díaz. Éste les hizo una victoriosa resistencia. Los obligó a huir y los persiguió hasta el anochecer, con lo que los orgullosos soldados de la Francia quedaron diezmados y abatidos. Al hacer eso, el general Díaz actuó por propia cuenta, sin órdenes de Zaragoza, de cuyo mando había quedado aislado.
Igual que otros personajes, Porfirio Díaz ha sido torpemente deturpado por la historia oficialista. A mi juicio fue un gran mexicano que merece reivindicación. La justicia para él habrá de llegar, tarde o temprano, cuando tengamos el buen sentido de revisar la narración oficialista de los sucesos nacionales. Yo intenté realizar esa tarea en “La Otra Historia de México. Díaz y Madero. La espada y el espíritu”. En ese libro digo que don Porfirio tuvo el supremo heroísmo de la renunciación. Se fue de México no porque lo hubiera vencido la revolución que don Francisco I. Madero comenzó, sino porque supo que Estados Unidos, con cuyo gobierno se había enemistado, daría apoyo al movimiento maderista. Si él oponía resistencia, el país quedaría bañado en sangre. En vez de aferrarse al poder, prefirió ir al destierro. Fue el suyo un acto de patriotismo y de amor a México. ¡Y pensar que sus restos ni siquiera descansan aquí!
Hay un curioso suceso en la vida de don Porfirio Díaz, muy poco conocido. Cuando era ya Presidente de México, la embajada de Alemania ofreció una recepción, a la cual, por supuesto, fue invitado el general. Al llegar el Presidente, alguien le presentó a una linda señorita de nacionalidad germana. Don Porfirio, caballeroso, se inclinó ante ella y le besó la mano. Tanto don Porfirio como su comitiva notaron algunas risitas en la dama y en algunos petimetres alemanes que estaban junto a ella. Discretamente, don Porfirio hizo que uno de sus acompañantes averiguara la razón de esas burletas. No tardó el comisionado en informar sobre el caso al Presidente: la señorita alemana era alemana, sí, pero no era señorita. Tampoco era señora. Era un hombre disfrazado de mujer, un homosexual travesti. Lo del besamanos había sido una burla ideada por algún necio para poner en ridículo al Presidente de los mexicanos.
Nunca lo hubiera hecho. A los pocos días, el travesti y el autor de la estúpida broma desaparecieron misteriosamente. Jamás se volvió a saber de ellos. El embajador teutón se eximió prudentemente de hacer cualquier averiguación, y menos una reclamación oficial. Antes bien ordenó que todos los miembros del personal de la embajada que participaron en la ocasión salieran inmediatamente del país. Se echó tierra al asunto, y aquí no ha pasado nada.
Tiempos aquellos, decía Leduc, en que Dios era omnipotente y don Porfirio Díaz presidente.