Lo comido y lo demás

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Opinión
/ 19 abril 2026

Pertenece mi amigo, pues, a la feliz especie de mortales que tienen buen estómago. Ésa es ventura grande

Mi amigo, la verdad sea dicha, es muy guzgo.

Diré primero qué significa esa palabra: “guzgo”, pues casi nadie la usa ya, y los pocos que entre nosotros la emplean todavía dicen “buzgo”. Guzgo se llama al que es glotón. Con eso ya está dicho todo.

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“Comer hasta reventar” –postulaba un epicúreo–. Y añadía: “Ya lo demás es gula”. Mi amigo no llega al extremo de la reventazón, pero es goloso, como dije. Entre las muchas bendiciones que recibió de Dios está la de tener estómago de cabra, y hasta más, dicho sea sin intención segunda. De las cabras se dice que digieren todo. El agente de un escritor le informó a su representado, autor de argumentos para el cine: “Te tengo dos noticias: una buena y una mala. La buena es que la Paramount devoró tu guion. La mala es que la Paramount es una chiva”.

Mi amigo tiene panza de músico, para usar otra expresión que tampoco se usa ya. Los pobres filarmónicos debían comer lo que les daban en las fiestas, a veces los peores comistrajos, y eso les iba templando el estómago de tal manera que hasta piedras podían devorar sin sentir daño. Ahí tuvo su origen eso de tener panza de músico, frase aplicada a quien come de todo y no padece nada.

Pertenece mi amigo, pues, a la feliz especie de mortales que tienen buen estómago. Ésa es ventura grande. Ya lo decía Cervantes: “El estómago es la oficina donde se fragua la salud del cuerpo”. Anda este amigo mío por todas partes; recorre el territorio de la Patria a lo largo y a lo ancho, desde Tijuana a Chetumal y desde Vallarta a Veracruz; y prueba los guisos y guisotes que le ofrecen ya en restoranes lujosísimos, ya en paupérrimas fondas a las que se llega para calmar el hambre en el camino. Todo lo goza y lo disfruta todo, y no sufre jamás los achaques de tripa que ponen aflicción en la vida de otros mortales menos venturosos: gastritis, dispepsias, acideces, hiperclorhidrias, constipaciones, carrerillas, empachos, acedías, úlceras o flatulencias. Puede comerse una res y andar luego tan campante como si se hubiera comido sólo un bocadillo, una ligera botana o entremés.

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El otro día, por ejemplo, se zampó en el rancho del Potrero un cochinillo de óptimo sabor que dejó al segoviano Cándido en condición de menestral. Luego, en la noche, dio buena cuenta de un queso de cabra con pan y vino recio; una ensalada espléndida. Ayer devoró él solo una pizza tan grande que pidió que se la partieran en cuatro rebanadas, pues si se la hubiesen partido en ocho no habría podido terminársela. Incurre en pecado de gula sin sentir remordimientos de conciencia. (Casi todos los remordimientos de conciencia nacen de una mala digestión).

No se le tome a mal a mi amigo ese apetito. Es una bendición de Dios, y las bendiciones de Dios son para disfrutarse y para dar gracias por ellas. Decía Santa Teresa: “Cuando Cristo, Cristo; y cuando perdices, perdices”. En buena parte, la vida consiste en comer y en evitar que te coman. Mi amigo sabe bien que la mitad de lo que comemos nos nutre, y la otra mitad nos mata, pero precisamente por eso dice que hay que saber comer, y comer bien. Después de todo –filosofa– lo único que nos llevamos a la tumba es lo comido y lo con ge.

Así sea.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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