¿Y qué le pasa a la izquierda del siglo XXI en Latinoamérica?
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Algunos gobiernos de izquierda redujeron parcialmente la pobreza y ampliaron los derechos
Con Cristina Fernández de Kirchner, Evo Morales y Hugo Chávez en la primera década del siglo XXI, pareció ser el momento de la izquierda latinoamericana. Hoy, este ciclo se encuentra cerrado y dio paso al crecimiento de políticos como José Antonio Kast, Nayib Bukele y Javier Milei. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué salió mal?
Algunos gobiernos de izquierda redujeron parcialmente la pobreza y ampliaron los derechos. Pero casi ninguno tocó las estructuras que reproducen desigualdad: el régimen fiscal, la concentración de la tierra y la dependencia de las materias primas. De alguna manera, administraron mejor el orden existente, pero sin transformarlo. Y cuando llegó el desgaste natural, la derecha radicalizada estaba preparada para recoger ese desencanto.
Esa fragilidad no fue accidental, pues para llegar al poder, esos gobiernos necesitaron aliarse con actores que no tenían ningún interés en un cambio real: empresarios, políticos de derecha o caciques regionales; dicho de otro modo, figuras del establishment de siempre. Esas alianzas les permitieron ganar elecciones, a la vez que pusieron un techo invisible a cualquier transformación de fondo.
Otro rasgo que comparte la izquierda latinoamericana de esos momentos es la dependencia de una figura central: Chávez, Rafael Correa, Kirchner y Morales construyeron movimientos poderosos, pero frágiles, sostenidos más por su carisma que por una organización bien estructurada; cuando el líder se va, el movimiento queda sin rumbo.
En México, la Cuarta Transformación tiene muchos rasgos inquietantes que reflejan el mismo patrón. Andrés Manuel López Obrador construyó un movimiento basado en su propio nombre (algo que la presidenta Claudia Sheinbaum aún no logra superar), las alianzas con el antiguo régimen fueron parte del costo de gobernar y las transformaciones estructurales quedaron pendientes. Los programas sociales son reales, pero no alteran las condiciones de fondo.
Las señales de alerta se encuentran en el propio partido Morena: la falta de formas para sostener el movimiento, la incorporación de perfiles ambiguos que ganan popularidad, así como la ausencia de una agenda ideológica sólida y clara. Todo movimiento social sin brújula termina incorporando lo que decía querer desplazar.
Mientras esto ocurre por un lado, la derecha mexicana observa y trata de aprender. Ya no necesita ser el Partido Revolucionario Institucional de siempre, ni el Partido Acción Nacional de las élites; orgánicamente crece por sí sola en el desencanto de la esperanza frustrada. Una izquierda sin proyecto claro es el mejor fertilizante para una derecha radical.
Las condiciones que hicieron posible un cambio de rumbo en 2018 siguen presentes. La pregunta es: ¿habrá una izquierda capaz de estar a la altura antes de que el desencanto encuentre otra salida?