¿Y si lo encuentro yo qué te hago?

Opinión
/ 25 marzo 2025

Es un chiste, sí, pero también nuestra manera de celebrar con humor la omnisciencia de la todopoderosa figura matriarcal mexicana.

Es parte del folclore, me atrevería decir que de todos los pueblos latinoamericanos, como la disciplinaria chancla, los bukelianos castigos arbitrarios para toda la prole cuando uno la saca de quicio, o la recomendación/ordenanza de cargar suéter -aunque esté a 25 grados- porque ella siente frío.

TE PUEDE INTERESAR: Camarena y Allende... Un epílogo en común

Una madre pone a prueba sin que le tiemble la voz la precisión absoluta con que puede ubicar cada objeto en el hogar, por caótico que sea, cada vez que nos reta con “¿Y si lo encuentro yo qué te hago?”.

Así de segura está una madre mexicana de su poder de geolocalización para dar con el paradero de cada trasto en el inventario de artículos y enseres perdidos en la Historia de la Humanidad, así sea el Santo Prepucio del Dulce Niño Jesús (reliquia real), el cadáver de Jimmy Hoffa, el corte del director de las películas de los Derbez (con las partes que sí dan risa) o el eslabón perdido: “¡Ay, pues qué no estás viendo a todos tus tíos por el lado de tu padre!”.

Recibe cada martes Tribuna Política: la newsletter de opinión que conecta con la política que mueve a México y el mundo. ¡Únete a la conversación!

Ella sabe dónde está cada cosa, pero está tan ocupada sosteniendo a esta machista y patriarcal sociedad que no tiene tiempo que perder para dárnoslo todo en la mano. Por eso nos motiva a reconsiderar nuestra holgazanería y desaseo y a mejor chingarle por nuestra cuenta hasta dar con el extraviado grial.

“¿Y si lo encuentro yo qué te hago?”, es la apuesta con que nuestra madre nos garantiza que ese chunche está allí, donde lo dejamos... Allí donde nos lo quitamos... Allí donde lo terminamos de usar y nunca lo “alzamos”.

Es cuando por pereza, apatía, o desesperación nos damos por vencidos y consultamos al oráculo maternal, que cual esfinge nos lanza su desafío: “¿Y si lo encuentro yo qué te hago?”, que equivale más o menos a decir: “¡Muy bien! En vista de que eres un cabrón (o cabrona) inútil, flojonazo y desordenado; a pesar de que mil veces te dije que levantaras tus mugres porque ya me canso de tropezarme con ellas a cada rato; a pesar de que estuviste horas haciéndote güey en el celular en vez de buscar tus cosas con tiempo, voy a dejar de hacer lo que estoy haciendo...”.

Y es aquí donde mamá comienza a sonar como Liam Neeson en cualquiera de esas películas donde se despacha a un montón de rusos porque le secuestraron al perro, nomás que más convincente:

“...Voy a dejar de hacer lo que estoy haciendo y voy a sacar ese chunche de debajo de tu muladar, te lo voy a amarrar del pescuezo para que no lo vuelvas a perder y al final te voy a dar una rociada de zapes para que se te quite lo haragán, lo sucio, lo atenido, lo pazguato y hasta lo desafinado cuando cantas”.

Podemos decir entonces que “¿Y si lo encuentro yo qué te hago?” es la justa advertencia de las consecuencias a enfrentar por nuestro desorden, indolencia, pereza, torpeza, falta de atención y socarronería.

¿Y sabe qué? Es totalmente justo. Es justo recibir todo el surtido de reprimendas y correctivos a cambio de que ellas nos vengan a resolver -con todo y lo que de por sí ya cargan a cuestas- nuestro lío, nuestro caos, nuestro desorden.

Por ello era normal, lógico y axiomático que ante un gobierno omiso, sordo, insensible, negacionista, triunfalista y socarrón las madres mexicanas dejaran lo que estaban haciendo para ir a buscar -y encontrar- lo que se supone es deber y responsabilidad del Estado Mexicano: dar con el paradero de sus hijos, vivos o muertos.

Pero yo no sé qué maldito chacal parió a todos, toditos los militantes y corifeos de la Cuarta Transformación que, en lugar de aceptar con callada sumisión, algo de vergüenza y un mínimo de madre la tunda moral que a pulso se ganaron, han preferido ignorar sistemáticamente a los grupos de madres buscadoras; no dialogar con ellas, cerrarles la puerta del palacio virreinal, minimizarlas, acusarlas de montajistas y ahora, ante la contundencia de la hórrida evidencia, declararlas enemigas públicas.

Dígame en qué surrealismo hay que vivir para que las madres buscadoras sean desestimadas por la Presidencia, puestas en entredicho por sus lacayos, ridiculizadas por la prensa a modo, denigradas por los influencers del bienestar y hasta amenazadas por un cártel de narcotraficantes por “saltarse a la autoridad”.

Las madres de México y del mundo van a venir a encontrar lo que nosotros no podemos o no queremos por vagos, flojonazos, apáticos, malcriados, vaquetones, sucios e incapaces, así seamos sus hijos o este pinche gobierno malparido. Y lo menos que podríamos hacer es aguantar calladamente lo que tengan qué decirnos.

¡Ah, pero no! La cuatrotiza muy digna prefiere hacerse la víctima, clamar inocencia, repartir culpas, reventar el caso con decenas de tangentes narrativas por donde salirse y clamar piedad para su bofo y viejo líder que “ya está cansado” (como que así nació el güey).

Algo muy aterrador significa Teuchitlán para el presente régimen, pues han optado por pasar a la Historia como saboteadores del caso, destruyendo la escena, barriendo la evidencia, contaminando el lugar con un tumulto, negando en un principio el acceso a observadores y madres buscadoras, pulverizando la culpa, haciendo un galimatías técnico y deslindando al Gobierno Federal pese a que la Guardia Nacional fue la primera en asegurar el sitio hace medio año.

La Presidenta con P es experta en desembarazarse de responsabilidades. Recordemos que en el caso de la Línea 12 no hubo un sólo culpable (aunque el peritaje pagado por su mismo gobierno señalaba a su propia administración) y ella siguió feliz el resto de su gestión como gobernadora de CDMX, de gira por todo el País haciendo ilegal campaña.

Pero esta vez no será tan sencillo, pues la atención internacional tiene los ojos en este País de narco-terroristas, fosas clandestinas y desaparecidos (tanto así que hasta da material para hacer musicales cinematográficos todos pendejos).

Claudia se hizo de un enemigo mucho más poderoso que cualquier gobierno, gestión, partido o movimiento transformador: un colectivo de madres adoloridas, muertas en vida, a las que ya no les importa jugarse su resto y detrás de cada una hay otra lista para suplirla en caso de desaparecer también.

Desconozco si la doctora Sheinbaum, por su ascendencia judía, esté familiarizada con la frase de marras, pero debería reconsiderar su política, su discurso y de qué lado se pone, pues no hay nada con mayor determinación, seguridad y que cause más temor que una madre cuando te dice: “¿Y si lo encuentro yo... qué te hago?”.

COMENTARIOS

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM
TEMAS