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Yo creo...

Opinión
/ 13 enero 2022
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Desoyendo toda recomendación sanitaria, especialmente las implementadas por la OMS aunque también las emitidas por su propia administración, y retando además los más básicos lineamientos del sentido común, el señor se presentó a trabajar con síntomas de COVID.

Como es su costumbre, los hizo sin mascarilla porque si para algo madruga el caballero es para tener exposición mediática, no para andar ocultando su divino rostro. Pero no olvidemos que ni siquiera presidentes de diversas potencias han sido tan arrogantes como para eximirse del uso del cubrebocas en conferencias y actos públicos; en cambio su homólogo mexicano jamás lo utiliza (excepto, claro, cuando está de visita precisamente en los Estados Unidos).

AMLO reconoció tener disfonía, es decir que “amaneció ronco” y anunció que pese a su optimismo se sometería a una prueba para descartar un posible segundo contagio de covid (el Presidente dio positivo por primera vez, hace casi un año, el 24 de enero de 2021). Lo anterior es contradictorio si el Secretario de Salud nos conmina a que, ante el menor síntoma, asumamos que tenemos el bicho y nos enclaustremos porque -dice- no hay pruebas (o no quieren gastar en ellas).

Luego de que le hicieron notar que tenía una voz más sexy de lo habitual, el Presidente articuló una frase clave en su sexenio, misma que ha sido además decisiva a lo largo de la historia humana, pues constituye el dique que divide a nuestra especie en dos corrientes de pensamiento opuestas que, en consecuencia, nos colocan en bandos irreconciliables bajo casi cualquier escenario concebible.

“Yo creo que es gripe”, dijo.

Ahora diseccionemos esta cita en dos partes: La segunda “...es gripe”, es la que en efecto lo hizo quedar payaso, pues vaya que hay que ser muy testadura para contraer dos veces el mal durante la misma pandemia (¡Por Deus! Pero si hasta en las pelis de zombis al personaje más pendejo lo muerden una sola vez). Sin embargo, no es esa la parte que hoy nos interesa de su temeraria afirmación. Quiero enfocarme mejor en esas dos sencillas palabras previas y que constituyen por sí solas una poderosísima alocución que si bien, sirve para que un individuo se afirme frente al mundo, también nos ha metido en demasiados predicamentos a lo largo de nuestra historia y en lo que va del sexenio. Me refiero por supuesto a: “Yo creo...”.

“Yo creo” es la génesis de muchas de las peores desgracias que se han abatido sobre este chango lampiño que se siente Rey de la Creación. Muchas de nuestras peores tragedias comenzaron con un “yo creo”.

“Yo creo que sí resiste...”, dijo el ingeniero que inspeccionó el casco del RMS. Titanic. Y “yo creo que ni hacen falta tantos”, fue lo que dijo el güey que asignó los botes salvavidas para dicho crucero.

“Yo creo que vienen en son de paz”, dijeron los chinos cuando vieron aproximarse a las tropas mongolas de Genghis Khan. “Yo creo que esto de la peste bubónica es un invento de los curanderos para vendernos sus remedios”... etc. Y como sabrá, el “yo creo” es una frase que se viene escuchando con mayor frecuencia desde que comenzó esta vaina de COVID.

Pero si la gente del Medioevo no estaba ni medianamente ilustrada, sino que era un rebaño de campesinos supersticiosos, analfabetos e ignorantes, virtualmente incomunicados, lógico sería pensar que la población del siglo 21, con incontables avances tecno-científicos, infinitas fuentes de documentación y todos los recursos imaginables para compartir experiencias sin limitaciones geográficas, tomaríamos mejores decisiones, basados en lo que sabemos y no en lo que creemos. Y ya ve que sí... ¡pues no!

Lo que quiero decirle es que no hay nada tan estúpido como tomar decisiones o actuar con base en nuestras creencias, habiendo manera de acceder a datos duros, fehacientes, verificables, es decir, teniendo la posibilidad de proceder con base en lo que sabemos.

Que usted cargue un condón porque CREE que para el final de la noche se habrá ligado a alguien o a algo, es bueno, vale; pero cuando se trata de asuntos de los que depende su vida o la de alguien más, basarse en sus guajiras creencias, en sus absurdas suposiciones, en sus cálculos chileros, o en sus más piteras corazonadas, sólo es allanarle el camino a la desgracia que, si no acontece, nada tiene de meritorio sino que es obra de la más azarosa chiripa.

¿Qué si yo me salvo de esto? ¡Desde luego que no! Dejaría de ser primate. Pero júrelo que intento, cada día de mi vida, tomar decisiones tan informadas como me es posible, porque la experiencia no deja de señalarme que mis creencias no son sino la suma de mi ignorancia más mis prejuicios.

Y lo mismo pasa con las creencias religiosas, espirituales y metafísicas: puros miedos convertidos en mantras y dogmas y -a la postre- en negocio.

Pero si un individuo del montón, como usted y como yo, actuando conforme a sus creencias constituye un peligro para sí mismo y sus semejantes, calcule entonces el peligro que representa un mandatario que CREE, cuando su obligación primordial es SABER: Saber cosas, contar con datos, cifras, estadísticas y proyecciones (científicas, no optimistas); tener información puntual, no opiniones, argumentos irrefutables, incontestables, antes que nadie.

¿Cuál es el costo de creer en materia de salud y seguridad pública, de economía, de desarrollo social, de educación y de energía? ¿Cuál es el costo de creer en vez de saber?

¿Cuál es el costo de un presidente que tiene covid y sale a exponer a los demás (ojalá por lo menos haya contagiado a Bartlett), porque cree, confía, tiene fe en que será otra cosa? ¿Y cuál es este mismo costo si lo multiplicamos por los 30 millones de votantes que aún CREEN que AMLO podría solucionar algo, solo porque se los dicta la intuición?

Los que saben construyen artefactos que vuelan rumbo a las estrellas; los que creen, se quedan contemplándolas en adoración, atribuyéndoles propiedades mágicas. Suerte si usted es de los que creen.

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