"Nunca objeto sexual, pero si del deseo": Entrevista a Isela Vega
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Es hoy la única entre los símbolos sexuales de los setenta que por su calidad como actriz se mantiene activa en teatro, cine y televisión.
De repente, la sonorense Isela Vega suelta una poderosa carcajada al escuchar que en algún momento de su vida, en los años en que disfrutaba de ser una provocadora profesional, se le escuchó decir en el escenario: "Y todo esto me lo gané con mi culitito trabajo.".
Eran días en los que una guapísima Isela transpiraba sensualidad, pero además cantaba, bailaba y se encueraba frente a un público enloquecido. Al paso del tiempo, aquel torbellino es hoy la única entre los símbolos sexuales de los setenta que por su calidad como actriz se mantiene activa en teatro, cine y televisión.
Esta mujerona que cantó boleros y canciones de los Beatles en los bares y los cabarets en la Ciudad de México, y que personificó a Doña Rosaura en la recién estrenada El infierno, de Luis Estrada, nos hace el honor de atender nuestras dudas.
Perseguía, sobre todo, la libertad. Yo le quería decir con gritos a la gente: "El sexo no es malo, pero hay que hacerlo bien, no mal". Porque con las prohibiciones y los sentimientos de culpa de aquella época, lo más lógico es que ocurrieran los peores palos que hay en la vida.
Y hacía rugir al público que la veía en cabaret.
¡Ah.! Sí ¡Eran divinos! Y los hombres gritaban, pero a veces hasta me insultaban. Un día los corrí a todos y la Carpa México quedó vacía. Y yo allí encuerada, en medio del escenario.
¿Por qué los corrió?
Porque se estaban portando muy mal. Recuerdo que les dije: "Para que no estén interrumpiendo, les voy a dar un minuto para que me digan todo lo que quieran y después ya, chitón. Me dejan trabajar". Pero se pasaron, me gritaron cosas tremendas, durísimas. Y entonces les grité: "¿Saben qué? Ya me hartaron. Se me largan. Ni modo que me ponga a trabajar para ustedes, que son unos hijos de la chingada". Los puse como lazo de cochino. Les grité con tal determinación que me hicieron caso y se fueron.
¿Siempre tenía el coraje para sobreponerse al público?
Los hombres me lanzaban la pelota y yo la bateaba. Era como salir a una corrida y descubrir la peligrosidad del toro. Cada función fue como una ceremonia.
¿Qué tenía contra aquellas mujeres que no sabían hacer el amor?
Es que estás muy pendeja si no sabes hacer el amor. Las mujeres están condicionadas por una serie de prejuicios, por lo mal que las educaron desde niñas. El amor es una cosa prohibida ya para empezar. Desde que eres chamaca te están repitiendo: "Eso no se hace". Por eso muchas mujeres terminan así, hechas unas pendejas.
Frases incómodas para ese México conservador de los setenta.
Lo conservador no se le ha quitado a este país. Sólo el DF, por algunos avances, es una isla de libertad. Fuera de la Ciudad de México todo es Cuautitlán. Y ahora con los gobiernos panistas hay toda una cultura de la moches.
Nunca fue una mujer sumisa, ¿de dónde le viene eso?
Fui así desde niña. Mis primeros años de escuela fueroncon monjas, las aprecié mucho, sobre todo porque me enseñaron a escribir con letra palmer. Pero sus restricciones nunca me parecieron. Nos ponían a bordar y yo quería jugar al basquetbol. Los hombres eran los únicos que podían correr detrás de la pelota. Siempre protesté, al grado que sufrí los pellizcos de mi mamá. Sólo aceptaba ir a la misa los domingos porque me daban dinero para ir a la matiné.
Voy a recordarle un eslogan con que se invitaba a ver sus películas: "Isela Vega al desnudo. Como usted la quería ver. Con el permiso de su esposa, véala".
Fui, entre otras cosas, una mujer de escándalo. Pero jamás me sentí un objeto sexual, más bien, objeto del deseo.
Algunas películas estaban prohibidas.
Sí. Y no es extraño. Mis películas se prohibían, sobre todo en Guanajuato. Integrantes de la Liga de la Decencia estaban con pancartas afuera de los cines para que no entrara la gente. Sin embargo, eso incitaba más al público. Nunca consiguieron lo que querían.
Nadie quería perderse de verla.
Pues sí, no estaba de mal ver. Y sin ser de esas actrices exuberantes, porque yo era más bien delgada, muchas de mis películas fueron taquilleras.
Fue una provocadora profesional.
En esos años, me parecía que había que provocar al conservadurismo, a la clase media reprimida. Como decía Molière: "Hay que hacerlos reír, y una vez que tengan la boca abierta, meterles la razón".
¿Qué frase recuerda de alguno de sus maestros?
Mi profesor de actuación, Seki Sano, un japonés maravilloso que había estudiado con Stanislavski en Rusia, me decía: "Para qué quieres ser estrella, si puedes ser actriz". Y yo le decía: "Por qué no las dos cosas".
Ahora que estamos en pleno Bicentenario, ¿le enviaron a casa su bandera nacional?
Me llegó la banderita y la segunda parte del himno, que habla de sangre, de pagar con la vida, de sacrificio, una letra necrófila y bastante obsoleta para nuestros tiempos. Nos invita a todos a ir al combate. Es pura guerra, pelea, muerte, y todo por defender la patria, como si no tuviéramos suficiente con lo que pasa dentro del país.
Alguna vez comentó que le gustaría cambiar la Catedral de la Ciudad de México por un museo.
Sería espléndido. Hacen falta lugares destinados para el placer y no para el llanto. Además, el clero no quiere a las mujeres. Las ocupan para que hagan la comida y laven los calzones a los curas. Para que atiendan a un señor que ni pariente es.
Su imagen de mujer transgresora debe continuar en el inconsciente de una generación.
Es muy posible, pero ahora con El infierno y La ley de Herodes sólo les debo parecer una vieja muy simpática.
¿Le suena esta frase?: "Y todo esto me lo gané con mi culitito trabajo". La dijo usted.
(Risas) Yo he trabajado toda mi vida. Nunca tuve un padrino. Por mi carácter, no fui una mujer sumisa que se prestara a eso. Lo habré dicho nada más para escandalizar, porque jamás le he tenido miedo a las palabras y me gusta decir las cosas por su nombre. Por ejemplo: "Por qué no te vas a la chingada", fue para mí una frase muy cotidiana.