‘Hay que abrazar a los demonios’: Humberto Vázquez Galindo, con el diablo adentro

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Artes
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El reciente ganador del Concurso Iberoamericano de Cuento y Novela Elena Poniatowska Amor siempre estuvo a merced de las historias desde niño, al que hoy abraza para asegurarle que todo estará bien

A Humberto Vázquez Galindo lo llevaban a ver a la feria al Niño Serpiente para que aprendiera. La historia decía que aquel niño había desobedecido a sus padres y por eso terminó convertido en serpiente. Su abuela se lo mostraba como una advertencia. Si no obedeces, te puede pasar. Humberto estaba en primaria y no recuerda haberle creído demasiado. Pensaba que su abuela exageraba.

También lo llevó con el Niño Fidencio, en una de esas se le llenaba la “cajita”, pero no. Luego, cuando se apareció una Virgen en San Buenaventura, lo puso frente a ella y le pidió que le contara cómo se estaba portando. Lo único que le resonaba era una frase que regresaba cada vez que el niño se salía de la forma que los adultos habían imaginado para él. “Ese niño trae al diablo adentro”.

Muchos años después, Humberto vio un documental sobre terapias de conversión que lo dejó triste y aliviado. Qué bueno que a mí no me pasó algo así, pensó. Luego regresaron el Niño Serpiente, la Virgen, su abuela. “No mames, güey. A mí sí me pasaron cosas que, viéndolo en retrospectiva, eran terapias de conversión rancheras”. Su abuela era dama de Acción Católica. Humberto se resiste a volverla villana de su infancia. Cree que miró a ese niño “amaneradito”, al que “se le caía la mano y se le quebraba la cadera”, y entendió que no le iba a ir bien.

“Yo así lo veo, porque tampoco pinto a mi abuela como una villanaza. Era una señora muy católica, muy de golpe de pecho. Lo único que quería era salvarme de las llamas del infierno”. El diablo apareció temprano. La escritura tardó un poco más.

En Monclova, sus padres lo habían dejado con los abuelos. La abuela le explicó que tenía que ganarse el plato de la mesa. El abuelo sembraba maíz y calabacitas, ordeñaba vacas. Humberto repartía leche bronca, vendía elotes, paletas y, los fines de semana, periódicos. “Tiempo, Vanguardia, La Voz”, gritaba.

Pero vender exigía conversación. Su abuela escuchaba las noticias y en la casa había periódicos. Humberto comenzó a aprenderse lo que ocurría para tener tema con las señoras a las que visitaba y le compraban. Creció entre el error de diciembre, el Chupacabras, Salinas de Gortari, el levantamiento zapatista y Colosio. A las noticias nacionales les agregaba las de la colonia. “Esos y los chismes de los vecinos. El chisme alimenta mi vida desde niño, güey. Y más allá del chisme, finalmente yo era un narradorcillo”.

Antes de aprender a entrevistar ya sabía que para abrir una puerta había que contar. Y escuchar. En 2001 entró como practicante a VANGUARDIA MX y pidió ir al suplemento cultural. Durante años creyó que ése había sido su primer encuentro con un periódico hasta que se corrigió. Había empezado antes, siendo aquel niño que gritaba los nombres de los diarios y coleccionaba El Periódiquito de esta casa editorial para leer a Garfield y Archie. Dos décadas después le abrieron las puertas en VANGUARDIA MX.

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Cuando estudió Letras, Humberto no creía que su propia historia mereciera entrar a la literatura. Inventaba. Los libros importantes parecían ocurrir siempre lejos. “¿Quién te va a decir que el cuento de un jotillo que repartió leche en Monclova, que escucha Sonido Master, que sus abuelos son unos campesinos y su papá es un obrero de AHMSA, quién te dice que esa historia vale la pena?”.

La respuesta apareció en un taller de autobiografía. Rodeado de “señoras copetonas”, Humberto descubrió que cuando contaba las historias de su familia primero se hacía silencio y luego venían la risa, las preguntas, el “quiero saber más”. Sus relatos tenían fiesta, humor negro, religiosidad, burla y habla popular. Lo que había considerado demasiado corriente era justamente lo que los demás no habían oído.

Con el tiempo dejó de verlo como una simple validación literaria. “Esas historias también valen, también importan. Y sí nos quieren blanquear, sí nos quieren borrar, porque luego lograste lo que no logró tu familia o tus antepasados, hacer una carrera universitaria, luego parece que quieren que borres eso, que te blanquees, que seas una ‘mejor persona’, entre comillas. Es como que seas un traidor de clase y le hagas el fuchi a las cosas que te marcaron”.

Un maestro de la carrera le insistía en salir a la calle, escuchar el habla popular, mirar alrededor, oír a los abuelos. Más tarde, en Ciudad de México, llevó sus modismos norteños a talleres donde algunos los desdeñaban. Artemisa Téllez le dejó una instrucción. “No vayas a perder tu voz. Tener una voz en literatura no lo logra cualquiera y tú ya tienes una voz”.

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Después entendió que esa voz también venía de las mujeres de su familia. “Esa manera de hablar y esa manera mía de narrar tiene que ver con las mujeres de mi familia. Mi abuela, mi mamá, mi otra abuela. Siempre fueron mujeres muy desdeñadas, muy poco queridas, inmersas en un pinche patriarcado bien culero”.

El periodismo creció de la misma raíz. Humberto entrevistó a Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, músicos, actores, escritores, cineastas. Nunca se achicó frente a ellos. Tampoco creyó que merecieran más respeto que un vendedor del Mercado Juárez o un barrendero. “Yo lo hacía con el mismo profesionalismo y les daba la misma dignidad. Hasta siento que era más empático todavía con la gente de abajo, porque yo sé que de ahí vengo”.

Esa misma idea borró la frontera entre la cultura que se presume y la que se baila. En sus páginas cabían Chayito Valdés, Sonido Master y la cumbia de Monclova. “Lo que he hecho como periodista, desde mi trinchera, es ponerla en un altarcito, prenderle veladora y decir tanto rifa Chalino Sánchez como rifa Dostoyevski”.

Después llegaron los reconocimientos, él calcula quince premios a lo largo de su carrera. Este año se le juntaron uno por veinticinco años de trayectoria y otro por una entrevista con Ernesto Contreras. Los agradece, pero asegura seguiría escribiendo aunque dejaran de llegar.

Hace veinticinco años entró a una redacción. Mucho antes había salido a una colonia siempre con algo con qué “sacar para la papa”. En algún sitio entre esos dos momentos aprendió que contar la vida de los demás exigía escucharla sin mirar por encima del hombro. Todavía tuvo que pasar más tiempo para comprender que la suya también podía ser contada.

De ahí salió “El diablo y yo nos entendemos”. En el cuento, un niño escucha que lleva al diablo dentro y termina haciéndose amigo suyo. “No quiero spoilear, pero termino siendo compa del diablo. Y esa es una metáfora de que abraces a tus demonios”.

Cuando se le pregunta qué le diría ahora al niño de diez años que fue, Humberto no habla de premios ni de periódicos. Dice que lo abrazaría. “Le diría que todo va a estar bien chingón, que las cosas se van a poner bien perras con el tiempo, que no sufra. Que todo eso que le está pasando lo va a convertir en oro. Que esas cosas feas las convierta en algo bonito. Que siga abrazando a sus demonios porque eso lo va a hacer una persona auténtica, empática, única”.

Hoy sabemos que su abuela tuvo razón en una sola cosa, en que Humberto Vázquez Galindo llevaba algo dentro, algo más peligroso que un demonio, una voz, una voz que ya ni un exorcismo detendrá.

Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.

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