Frankenstein: El hombre que quiso crear vida y solo encontró su reflejo

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/ 30 octubre 2025

Contiene horror, belleza y compasión a partes iguales. El verdadero susto no proviene del monstruo, sino de reconocerse en él

El monstruo como espejo

Guillermo del Toro regresa al mito fundacional del horror y lo reescribe como tragedia contemporánea. Frankenstein (2025) no es solo una nueva adaptación de Mary Shelley; es un autorretrato del propio director, obsesionado con la belleza de lo monstruoso. Ambientada en 1857, la película combina el romanticismo gótico con una compasión moderna. Oscar Isaac encarna a un doctor arrebatado por la culpa y el deseo de redención; Jacob Elordi, en la piel de la criatura, ofrece una actuación de extraña pureza: más hombre que monstruo, más herido que temible.

Una tradición resucitada

Desde el clásico de James Whale (1931) hasta las reinvenciones paródicas de Mel Brooks, el mito de Frankenstein ha sido laboratorio del miedo y del poder. Del Toro lo sabe y cita, con sutileza, la estética expresionista de la Universal y los claroscuros del cine de los 40, pero no se limita a rendir homenaje. Su mirada es la de un creador que devuelve al relato su pregunta original: ¿qué nos convierte en humanos, la razón o la compasión?

La criatura como inocencia rota

Elordi dota al monstruo de una sensibilidad casi infantil. Su voz, sus gestos, su mirada torpe y dulce construyen una figura que busca amor en un mundo que solo sabe castigar la diferencia. Del Toro no filma el terror sino la ternura, y en esa inversión radica su fuerza: el miedo nace de la empatía.

La ciencia como mito del poder

El Frankenstein de Isaac no es un científico romántico sino un hombre quebrado por el ego y la pérdida. Su laboratorio es una catedral de redención imposible, donde la luz parece más penitencia que milagro. Allí se encierra la metáfora más poderosa del filme: la obsesión humana por crear vida mientras destruye la que ya existe.

Del mito universal a la cicatriz mexicana

Ver Frankenstein desde México produce una resonancia inevitable. En un país donde miles de familias buscan a sus desaparecidos, la figura del creador que intenta devolver la vida adquiere un sentido brutalmente literal. Somos una sociedad que, como el doctor, escarba entre los restos para reconstruir a los suyos. Pero, a diferencia del mito, aquí los muertos no regresan: solo sus ausencias nos moldean. Del Toro parece recordarnos que el verdadero monstruo no es la criatura, sino la indiferencia.

La belleza de lo roto

Visualmente, la película es un prodigio: cada encuadre respira pintura, cada sombra parece una plegaria. Hay momentos de exceso —grandeza barroca que roza la saturación—, pero en su ambición se revela la autenticidad del autor. Frankenstein es una ópera trágica sobre el perdón, sobre la imposibilidad de amar sin destruir.

Del Toro no ha hecho una historia de terror. Ha filmado una elegía.Un poema gótico sobre el deseo humano de vencer a la muerte y la certeza de que, en ese intento, siempre terminamos reviviendo nuestra culpa.

Calificación: ★★★★★

Advertencia: Contiene horror, belleza y compasión a partes iguales. El verdadero susto no proviene del monstruo, sino de reconocerse en él. Disponible en algunas salas de cine y próximamente por Netflix.

Temas



Artista visual conceptual que trabaja entre la fotografía y el Land Art, reconocido por intervenciones efímeras en paisajes desérticos con fuego, hielo y luz. Ha realizado más de 90 exposiciones internacionales y su obra integra colecciones del Museum of Fine Arts Houston, El Museo del Barrio de Nueva York y el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.

Fue reconocido por Quién en 2017 entre las 50 personalidades que transforman México. Es autor del documental YERMO, con dos nominaciones al Ariel y Premio CANACINE 2021. Recientemente participó en Human Nature en Fotografiska Nueva York y presentó Tormenta de Luz (2024). Desarrolla BURN, proyecto audiovisual filmado en el desierto de Mayran.

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