¿Con qué mentalidad empiezas este ciclo escolar?
No olvides que eres una de las personas que más tiempo pasa con un niño o un adolescente durante el día. A veces eres quien lo mira cuando en casa nadie tuvo tiempo de mirarlo
Hay algo que sucede antes de que un maestro entre al salón. Antes de pasar lista, antes de explicar la primera actividad, antes de conocer a los alumnos nuevos, antes de enfrentarse a los papás, a la conducta, al ruido, a la planeación y al cansancio.
Sucede algo dentro de él.
Una conversación interna.
“Este grupo va a estar difícil”.
“Seguro los papás van a exigir demasiado”.
“No sé si voy a poder”.
“Este año solo hay que sobrevivir”.
Y, sin darnos cuenta, antes de iniciar el ciclo escolar, el cerebro ya empezó a prepararse para defenderse. A anticipar lo malo. A estar alerta. A reaccionar antes de mirar. A protegerse antes de confiar.
Pero ¿qué pasaría si, en lugar de preparar nuestra reacción para lo malo, preparáramos nuestro cerebro para ver lo bueno?
No hablo de una mentalidad ingenua. No hablo de pensar que todo será fácil, que no habrá alumnos retadores, papás intensos, juntas pesadas o días en los que uno llega a casa sin una gota de energía. Claro que los habrá.
Hablo de algo más profundo: de entrar al ciclo escolar creyendo en nuestra capacidad. Creyendo que sabemos lo que estamos haciendo. Creyendo que también podemos aprender más. Creyendo que lo que hacemos vale la pena.
Porque sí, maestro, lo que haces vale la pena.
Eres una de las personas que más tiempo pasa con un niño o un adolescente durante el día. A veces eres quien lo mira cuando en casa nadie tuvo tiempo de mirarlo. A veces eres quien detecta que algo no está bien. A veces eres quien le regresa una imagen distinta de sí mismo.
Podemos ser reflejo de su espejo. Podemos regresarles la imagen de un niño capaz, de un adolescente capaz, de alguien que puede conquistarse y conquistar el mundo.
Pero para eso primero necesitamos revisar desde dónde estamos mirando.
Te propongo un mini test. Respóndelo con honestidad:
Cuando pienso en el nuevo ciclo escolar, ¿mi primera reacción es ilusión o defensa?
Cuando imagino a mis alumnos, ¿los veo como posibilidad o como problema?
Cuando un alumno se equivoca, ¿pienso “no quiere” o “todavía no sabe cómo”?
Cuando un papá cuestiona, ¿me preparo para pelear o para entender qué necesita?
Cuando algo no sale como planeé, ¿me culpo o busco una estrategia?
¿Creo que puedo desarrollar más herramientas o siento que ya debería poder con todo?
¿Estoy entrando al ciclo con mentalidad de sobrevivencia o de crecimiento?
Si la mayoría de tus respuestas nacen desde la defensa, no te juzgues. A veces no es falta de vocación; es cansancio acumulado. A veces no es mala actitud; es un sistema nervioso que recuerda ciclos anteriores y dice: “cuidado, esto puede doler”.
Pero justo ahí empieza el trabajo interior del docente.
No podemos preparar un ciclo escolar solamente con materiales, planeaciones y listas. También necesitamos preparar el corazón. Preparar la mirada. Preparar el cerebro para buscar soluciones y no solo amenazas.
Antes de entrar al salón, pregúntate:
¿Qué quiero construir este año?
¿Qué tipo de adulto quiero ser frente a mis alumnos?
¿Qué imagen quiero devolverles de sí mismos?
¿Qué necesito cuidar en mí para no educar desde el cansancio?
Una mentalidad de crecimiento no dice: “todo va a salir perfecto”. Dice: “lo que no sepa, lo puedo aprender”. Una mentalidad positiva realista no niega los problemas. Los mira y pregunta: “¿qué puedo hacer con esto?, ¿qué estrategia necesito?, ¿qué posibilidad hay aquí?”.
Este ciclo escolar no necesitas ser perfecto. Necesitas estar presente. Recordar que tus palabras pueden abrir o cerrar caminos. Que una corrección puede humillar o puede formar. Que una mirada puede confirmar una herida o despertar una posibilidad.
Habrá días difíciles, sí. Pero también habrá momentos en los que un alumno entienda, confíe, se atreva, se calme, pregunte, repare, vuelva a intentar. Y tal vez no siempre te lo diga, pero algo de ti se quedará en su manera de mirarse.
Así que, antes de comenzar, respira. Confía. Sabes muchas cosas. Y lo que todavía no sabes, puedes aprenderlo.
Porque educar también es creer antes de ver.
Creer en ellos.
Creer en ti.
Creer en lo que todavía puede desarrollarse.
Recuerda que somos un todavía.