El amor y la gracia de Simone Weil
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“Se puede hacer cola para conseguir un huevo durante toda la noche, y sin embargo no es tan fácil que esa misma energía se movilice para salvar la vida de una persona", Simone Weil, ( filósofa y poet, Francia 1909 –Londres 1943), en “La gravedad y la gracia”.
Mujer de avanzada, a los 22 años ya era profesora de filosofía. Combinaba la enseñanza con la lucha sindical, lo que ocasionaría constantes traslados de un liceo a otro, por la molestia que esto ocasionaba a los directivos de estas instituciones. Sus actos directos –que le valdrían luego el reconocimiento de mentes brillantes- como el repartir su salario entre los huelguistas de ese momento, definen en ella un ejercicio filosófico aplicado. Digamos, que no perteneció a la estirpe de filósofos que se deleitaban en la valiosa reflexión, pero sin actuar.
En este sentido, el poeta T.S. Eliot dijo sobre Weil: “amó de verdad el orden y la jerarquía más que muchos que se llaman a sí mismos conservadores, y al mismo tiempo, amó de verdad al pueblo más que muchos de los que se llaman a sí mismos socialistas”.
Eliot añadió sobre la obra de Weil, que pertenecía a esos “libros que los políticos rara vez leen, y que tampoco podrían comprender y aplicar”. Y compartía la idea de que sus ideas deberían ser leídas por la juventud antes de que la propaganda política anulara su capacidad de pensamiento.
Simone ahondaba en la búsqueda de Cristo, lo mismo que ahondaba en las luchas obreras, y fue así que, convencida de que para entender estas luchas era preciso sentir las condiciones de vida del proletarias, fue obrera en Renault para escribir “La condición obrera”.
Las reflexiones de Weil se hundían en la realidad una y otra vez, para desconcierto de muchos que intentaban definirla ya como una mujer de raíces judías agnósticas o ya como cristiana, pues se negó al bautismo, para compartir el destino de los anatemizados por la iglesia.
Su pensamiento no agradaba y no agrada porque no concede una sola vía; es contradictorio en la búsqueda. Es un poliedro de misticismo con un sustrato ateo: “La religión como fuente de consuelo constituye un obstáculo para la verdadera fe: en ese sentido, el ateísmo es una purificación”.
Su riqueza conceptual se coloca a la altura de María Zambrano y de Hanna Arendt. Baste leer su análisis: “La Ilíada o el poema de la fuerza”, entre las más de veinte exposiciones de su intelecto.
Sí, era de una mente que desde su juventud se hizo notable: Simone de Beauvoire ocupaba el segundo lugar en calificaciones en la Escuela Normal Superior de Paris donde Simone Weil ocupaba el primer puesto. Más tarde, la también admirada Beauvoire diría sobre Weil: “Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”.
Otra frase que Weil escribió en “La gravedad y la gracia” es esta: “Amar la verdad significa soportar el vacío, y por consiguiente, aceptar la muerte. La verdad se halla del lado de la muerte”. Será por eso que se negó a comer más que sus compatriotas franceses en la zona ocupada por los nazis, motivo por el cual su tuberculosis se agravó, falleciendo el 24 de agosto de 1943.
Subió así; ascendió la santa atea, libre de toda gravedad a la que el cuerpo ata el espíritu, para unirse al amor, finalmente.
claudiadesierto@gmail.com