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Esta semana —y durante todo 2021— el mundo celebra un centenario del nacimiento del compositor que revolucionó el tango y se convirtió en un género internacional

Esta semana Astor Piazzolla cumple —así, en tiempo presente— 100 años; porque como las grandes leyendas, nunca murió. Esta idea la recogió el conductor Pancho Ibáñez el pasado 11 de marzo durante el concierto de apertura “Piazzolla 100”, en el Centro Cultural Kirchner, en Buenos Aires, Argentina, primera de muchas actividades que este y otros espacios en el país sudamericano realizarán durante este 2020 en memoria del revolucionario compositor de tango.

Este sentimiento empapa a todos quienes conmemoramos, desde el jueves, el centenario del nacimiento del autor cuya obra unió al sur y al norte y derramó su legado en todas las latitudes del mundo; presencia global que adquirió mayor fuerza gracias al auge de las herramientas digitales producto de la pandemia, misma que no pudo evitar —en la mayoría de los casos— los festejos en honor del marplatense.

Porque aunque es en Argentina donde tienen a Piazzolla más cerca del corazón, el poder de su arte ignora fronteras geográficas y temporales. Tal es, por ejemplo, el origen de este texto, escrito desde el norte de México por un joven que ni siquiera había nacido cuando el maestro dejó de tocar el bandoneón.

Siempre me ha resultado muy complicado explicar mi amor por su música. Llegó a mí en preparatoria, y aunque otras bandas y artistas han ido y venido en mis listas de favoritos, él se mantiene sólido en los primeros lugares. Tal vez se deba a la inherente melancolía del género —el tango tradicional siempre me llamó la atención, aunque nunca a este grado—, que el compositor evolucionó a través de experimentos y fusiones; probablemente sea el sonido vibrante y versátil de ese instrumento imponente y pesado, o tal vez la cigüeña se desvió hacia algún café de Buenos Aires antes de continuar su viaje a Coahuila.

Lo cierto es que no soy el único. Si bien Piazzolla no está inscrito en la sangre de los mexicanos como José Alfredo Jiménez o Juan Gabriel, sí ha permeado en muchos de nosotros, al menos como para recordarlo como el grande que es este 11 de marzo, en su cumpleaños, ya fuera por su contribución al género del sur o por sus roces con el jazz, al norte.

Esta podría ser la línea que explica su universalidad —y que a su vez podría arrojar luz sobre ese misterio de su hechizo en mí a nivel personal—, pues aunque su base es el tango y es en Argentina donde llevó a cabo su revolución, Astor Piazzolla vivió en Nueva York hasta su adolescencia. Fue allí donde su oído se educó tanto en el tango que su padre, su Nonino, trajo de la patria albiceleste, como en los ritmos de principios de siglo que llenaban las calles de la más importante urbe del mundo en ese momento.

Este hombre se convirtió en el catalizador de dos géneros que en un primer momento podrían parecer opuestos —sin mencionar incontables aportes de otras fuentes, como la academia y lo electrónico—, pero con este acto revolucionó una música que ya era tradición y, de paso, reunió a los dos polos del planeta, llevándonos a todos de encuentro.

En una charla que tuve hace unas semanas con el escritor venezolano Daniel Centeno Maldonado, con motivo de la presentación de su libro “La vida alegre”, me comentó que la cultura mexicana ha impregnado al sur en muchos aspectos, desde nuestra música hasta los programas de televisión. Y es fácil creer que el norte siempre influye en el sur —lo mismo sucede desde los Estados Unidos hacia acá—, que todo va de arriba hacia abajo, pero la rosa de los vientos solo funciona con los pies en la tierra y Piazzolla andaba muy arriba, piantadísimo y adelantado a su tiempo, por eso no me extraña que un género regional, en sus manos, haya llegado a nosotros, y al menos en mí su arraigo sea tal que no hay mejor acompañamiento para mis emociones que su música.

Las celebraciones por los 100 años de Astor Piazzolla continuarán durante todo 2020. Hay una exposición con objetos personales y grabaciones del autor en el Kirchner, y habrá infinidad de conciertos dentro y fuera de Argentina —la Orquesta Filarmónica del Desierto, por ejemplo, estrenó hace unas semanas una interpretación de su obra “Se fue sin decir adios” a través de Youtube—. Ojalá haya oportunidad de acudir a uno de estos eventos, ojalá la pandemia lo permita. Mientras tanto, yo seguiré celebrándolo como más me encanta: escuchándolo.