“Qué p*to miedo ser p*to, si en mi casa me podían matar […] sabiendo que Dios me despreciaba […] Señor, por favor, no me dejes ser así, mátame […] Pasaban los años y parece que todos se daban cuenta de algo que yo no”. Azul Piccone

La comunidad LGBT+ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales) ha tenido que vivir con un interminable miedo o incomodidad, en el mejor de los casos, de sufrir burlas, acoso, amenazas, agresiones y hasta la terminación de su existencia, incluso a cargo de sus propias familias, por no encajar en un esperado comportamiento “acorde” con los órganos sexuales de su nacimiento.

Históricamente, las estructuras de las sociedades se construyeron de modo que a las personas LGBT+ se las ha considerado anormales, criminales, enfermas u ofensoras. Los castigos y los intentos por “corregirles” han variado: rechazo social, sanciones administrativas y penales como la prisión o condena de muerte, “atenciones” médicas y psiquiátricas, constante uso de “tratamientos”, sin descartar la tortura y otros actos de violencia, son sólo algunos ejemplos.

Un 28 de junio, pero de 1969, se llevó a cabo una redada en el bar gay tipo pub en Nueva York, “Stonewall Inn”. Las personas que se encontraban ahí entonces, hartas de ser blanco de persecuciones por las autoridades estatales, ni qué decir de las sociales, decidieron resistirse y defenderse.

Este suceso se convirtió en el primer precedente de lucha del colectivo arcoíris por el reconocimiento y garantía de sus derechos. Actualmente, con el nombre de Día Internacional del Orgullo LGBT+ u Orgullo Gay, esta fecha se enmarca en el proclamado Mes del Orgullo. Son ya múltiples comunidades alrededor del mundo que se organizan para conmemorar los disturbios de “Stonewall”, marchar en compañía, protestar por alcanzar la igualdad de oportunidades y celebrar la libertad de su ser.

Aunque antes sólo se hablaba de homosexuales, el valor de las primeras personas manifestantes se ha ido transmitiendo con el paso de los años. De este modo, este gran conjunto de personas no sólo pugnan por obtener tolerancia y respeto hacia sus preferencias sexuales e intimidad, sino también porque sus identidades sean reconocidas, más aún cuando no encajan en las tradicionales categorías sexuales binarias de femenino o masculino que la sociedad sigue queriendo imponer.

Con lo anterior, después de 52 años de aquel primer movimiento de resistencia en “Stonewall”, podemos ver aún gran renuencia por transformar las estructuras y brindar a las personas arcoíris medios de garantía para el ejercicio de sus derechos. Algunos ejemplos son tan básicos como el registro de su nombre o género, acceso al mundo laboral y la vida misma.

Otros son más complejos, como los relacionados con los derechos familiares y la provisión de bienes y servicios. Basta pensar, por ejemplo, en el derecho al matrimonio y los procesos de adopción, así como los sistemas de seguridad social y de salud que niegan o carecen de servicios y tratamientos para personas LGBT+.

Ciertamente, hay motivos para celebrar. La despenalización en aproximadamente el 70 por ciento del mundo y la eliminación de la homosexualidad del listado de enfermedades y padecimientos de la Organización Mundial de la Salud en 1990 son dos grandes razones. Sin embargo, hay mucho trabajo pendiente sobre las obligaciones estatales y el que corresponde a la concientización y empatía social.

Es necesario que repensemos los prejuicios, aptitudes, chistes, críticas e imposiciones culturales, como los presentes en películas y canciones, le pese a quien le pese, que históricamente han perpetuado el acoso y la discriminación hasta el punto de deshumanizar y ejecutar a las personas en sus cuerpos, pero también sus almas, como bien señala Azul Piccone en su cortometraje, por no comportarse conforme a ciertos patrones de género, que ya de por sí son obsoletos.

Las frases citadas al inicio son parte de una historia que muestra la gran deuda que existe para con la comunidad arcoíris, que nos obliga a observar y cuestionar nuestro actuar desde el núcleo más elemental, que es la familia.

¿Por qué permitimos condenar a las personas, desde su infancia, a crecer sin libertad para desarrollarse con seguridad y para amar? ¿Por qué seguimos haciendo a las personas LBGT+ objeto de chiste y represión, sin comprender todo el pasado violento que les ha marcado, que aún hoy se resiste a desaparecer y que repercute en sus derechos y dignidad?

 

La autora es investigadora de la Academia IDH. Este texto es parte  del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH