Por años Andrés Manuel López Obrador criticó el proceso de militarización de la seguridad pública en México, el cual comenzó en el sexenio de Felipe Calderón. Por ello, ahora resulta absurdo que la piedra angular de su programa de seguridad pública se base en la puesta en marcha de una Guardia Nacional (militarizada) y la división del País en 265 regiones, las cuales tendrán un mando militar que dará órdenes a los cuerpos de seguridad, militares y civiles, de la zona. 

Con esta medida, la cual por cierto quedará en rango de ley debido a que la bancada de Morena presentará el martes una iniciativa de reforma que permitirá, entre otros absurdos, la presencia permanente de militares en tareas de seguridad, el patrullaje de las calles e incluso la detención de ciudadanos.

Sin nos ponemos en los zapatos de un votante de AMLO lo que hubiéramos esperado de su programa de seguridad sería lo contrario, es decir, un plan a varios años que apostara por el fortalecimiento de las corporaciones policiales, para que en el futuro ya no sea necesaria la presencia de los militares en labores de seguridad pública. Pero no sólo no sucedió así, sino que López Obrador optó por entregar en su totalidad la seguridad a los militares, con todos los riesgos a los derechos humanos y a la libertad que esto pueda significar.

No fueron pocos los votos que Obrador recibió porque prometió pacificar el País con un modelo diferente al de Calderón y Peña, por eso resulta grave que haya traicionado a esos votantes y no sólo no cambie de modelo, sino que ahora utilizará una versión más invasiva del mismo.

El paso que está dando el próximo gobierno es a todas luces incorrecto y, como sucedió en el gobierno de Felipe Calderón, se corre el peligro de que, en lugar de tender a la pacificación del País, la presencia de los militares en las calles propicie lo contrario: más violencia y asesinatos. 

Basta ver las investigaciones de Catalina Pérez Correa, Carlos Silva y Rodrigo Gutiérrez para darse cuenta que la intervención de las fuerzas armadas en la seguridad propició un aumento de la letalidad en los operativos, es decir, hay pruebas de que los arrestos cayeron, mientras que las muertes de probables delincuentes aumentaron de forma importante. 

Yo no tengo nada contra las fuerzas armadas, respeto su trabajo y compromiso con México, pero el entrenamiento militar está pensado para la defensa de los países, se les entrena para neutralizar a enemigos potenciales de la nación, mientras que la función y el entrenamiento policial es por definición disuasorio y de contención, es decir, la fuerza es el último recurso cuando los demás han fallado. Cada uno tiene su función y por ello se debía pensar en la construcción de un escenario en donde los militares fueran poco a poco sustituidos por policías mejor entrenados y con más capacidades. Pero parece que el gobierno entrante prefirió doblar la apuesta por la ruta en la que sus antecesores han fallado. 

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