El Agente Secreto: Cine, memoria y un país que no deja de vigilarse
Hay películas que cuentan una historia. Otras, en cambio, excavan en la memoria de un país.El agente secreto (2025) pertenece a esta segunda categoría.
Dirigida y escrita por Kleber Mendonça Filho, uno de los cineastas más singulares del cine brasileño contemporáneo —y antes de eso crítico de cine— la película se sitúa en Recife en 1977, en plena dictadura militar brasileña. El protagonista, Marcelo (Wagner Moura), regresa a la ciudad con la esperanza de reconstruir su vida y reencontrarse con su hijo. Pero la ciudad que encuentra es un espacio de vigilancia constante, un territorio donde cada archivo, cada oficina pública y cada llamada telefónica puede convertirse en una amenaza.
La premisa podría sugerir un thriller clásico de espionaje. Mendonça Filho tiene otros planes. Lo que filma es una película sobre la memoria política de Brasil y, al mismo tiempo, una película sobre el propio acto de mirar cine.
Un crítico que se volvió cineasta
El pasado cinéfilo de Mendonça no es un dato biográfico: es método. Se nota en cómo construye escenas, en cómo cita, en cómo compone la historia como un collage de géneros.
Aquí hay un homenaje evidente al cine dentro del cine —con ecos que remiten a Cinema Paradiso: salas como refugio, películas como archivo sentimental, la proyección como acto de resistencia ante un Estado que borra rastros.
Pero también aparece otra devoción menos “respetable” y más reveladora: el cine B. Mendonça lo abraza sin pudor, como si supiera que en ese territorio del exceso y la serie B hay una verdad popular que el cine solemne muchas veces no alcanza.
Por eso funciona tan bien la secuencia de humor negro de la pierna cercenada, que no solo busca el impacto, sino que se instala como guiño cinéfilo: un guiño directo a The Beast with Five Fingers (1946) y a esa imaginación del horror clásico donde lo amputado regresa como presencia.
El cine, aquí, no es ornamento cultural: es memoria en movimiento.
Recife, 1977
La recreación del Brasil setentero está lograda con una precisión que se siente física. La paleta deslavada, los interiores, las calles, el polvo de lo cotidiano, todo parece filmado como si ya viniera de un archivo gastado.
La dictadura no se muestra como desfile de tanques. Se siente como administración del miedo.Sellos. Registros. Oficinas. Ventanillas. Personas que no gritan pero mandan.
Recife es más que escenario: es un organismo. Hay belleza, ruido, calor, carnaval latente, y debajo de todo, la amenaza silenciosa de que alguien observa.
Un thriller que no quiere ser thriller
El título El agente secreto es una trampa deliberada. No estamos ante una historia de espionaje convencional, sino ante un híbrido: thriller político, sátira absurda, drama histórico y ensayo sobre la memoria.
La película avanza por desvíos, repeticiones, escenas que parecen laterales y terminan formando el retrato de un país: su paranoia, su humor, su capacidad de sobrevivir riéndose del horror.
En el centro, Wagner Moura sostiene con oficio un personaje que parece cargar con un pasado que el guion no siempre termina de revelar del todo, pero cuya tensión se percibe en el cuerpo: Marcelo es un hombre que camina como quien sabe que el aire también puede ser un enemigo.
El hueco: una amenaza sin motivo claro
Y aquí aparece, para mí, uno de los puntos frágiles del film: no queda del todo claro por qué el empresario —o empresario/agente del régimen— quiere matar a Marcelo.
La película sugiere redes de poder, secretos, expedientes, intereses cruzados. Pero ese deseo de eliminación —que debería ser el motor más nítido del peligro— se vuelve por momentos una amenaza flotante, más atmosférica que causal.
Puede leerse como gesto deliberado: en una dictadura, la persecución no siempre necesita una razón explicable. A veces basta con existir, estar en el lugar equivocado, cargar un apellido, una memoria, una sospecha.Pero también puede sentirse como un vacío dramático: un hueco que le resta filo al suspense y deja la sensación de que la violencia, en lugar de crecer por necesidad interna, simplemente aparece porque el régimen necesita un objetivo.
Brasil y su espejo latinoamericano
Aunque profundamente brasileña, la película dialoga inevitablemente con otras realidades latinoamericanas.
Y ahí entra Euclides, el jefe de policía: una figura que no solo representa el aparato del régimen, sino una forma de autoridad que conocemos demasiado bien en este continente. Euclides recuerda a esos jefes policiacos mexicanos corruptos, cínicos, malolientes en el alma, hombres que no necesitan levantar la voz para contaminar el aire. Su poder no está en la inteligencia, sino en la impunidad. Su cinismo no es actuación: es rutina.
Viendo a Euclides es difícil no pensar en México: en el modo en que ciertas instituciones se vuelven caricaturas de sí mismas, en cómo el uniforme puede convertirse en licencia para humillar, y en cómo la corrupción no es excepción sino temperatura ambiente.
Las historias cambian de idioma, pero la relación entre poder, miedo y ciudadanía repite patrones familiares.
Cine como resistencia
Lo que queda no es un relato cerrado, sino una certeza inquietante: la historia no desaparece; se deposita en objetos, en imágenes, en archivos, en salas que aún resisten.
Frente a un Estado que administra documentos para controlar, Mendonça propone otro archivo: el cine como lugar donde las historias siguen vivas.
Por eso la película puede parecer larga, digresiva, irregular. Pero cuando acierta —y acierta muchas veces— produce algo raro hoy: una experiencia que se siente política sin volverse panfleto, y cinéfila sin volverse adorno.
Recordarnos que la memoria no es un tema: es un campo de batalla.
Calificación: ★★★★☆
Advertencia: contiene dictadura, cinefilia, humor negro y una pierna amputada que parece haber salido de una vieja película de terror.