El ambicioso plan de hace 400 años para viajar a la Luna en una carroza voladora

La primera mitad del siglo XVII incluyó uno de los programas espaciales más ambiciosos de la historia: los primeros esfuerzos para volar a la Luna.

Sorprendente, ¿verdad?

Quizás no tanto, si recuerdas que era una época en la que el conocimiento científico avanzaba a una rapidez nunca vista.

Un ejemplo de ello fueron los descubrimientos astronómicos de Galileo, hechos en Italia en 1610 con el recién inventado telescopio, y toda una gama de invenciones, incluyendo los relojes mecánicos, la pólvora y el compás magnético, que estaban alterando radicalmente los límites de la percepción humana y animando a que la gente se hiciera más y más preguntas sobre cómo sería el mundo en el que vivirían.

Cuando Galileo miró por primera vez la Luna a través de su telescopio, en enero de 1610, se sorprendió al descubrir que nuestro satélite parecía ser ‘un nuevo mundo’.

Y es que, a diferencia de la Luna perceptible a simple vista, con el telescopio era posible apreciar sus montañas, continentes y lo que Galileo confundió con ‘mares’. 

Entender la ciencia

En 1638, en su libro titulado ‘Descubrimiento de un Nuevo Mundo’, el inglés Jhon Wilkins proporcionó la primera descripción real que permitió a los lectores interpretar y entender lo que significaban las ideas de Galileo.

Lo que es más, Wilkins era un copernicano, que creía que la Tierra se movía alrededor del Sol, y sugirió que no solo la Luna podría estar al alcance de los viajeros humanos, sino también otros planetas cercanos.

Wilkins había leído ampliamente sobre la ciencia de su época y también se inspiró en una o dos obras contemporáneas de ‘ciencia ficción’, como El somnium (‘El sueño’), publicado por Johannes Kepler en 1634, que especuló sobre los viajes humanos al espacio exterior.

John Wilkins se propuso utilizar la ciencia y la tecnología más avanzadas de la época para diseñar algún tipo de nave espacial, que incorporaría adelantos técnicos de la navegación marítima, conocimientos de las ciencias atmosféricas, estudios ornitológicos y física experimental, para hacer posible un artefacto que fuera cvapaz de volar y llegar a la Luna.

En fin, durante la siguiente década, Wilkings utilizó todas las teorías, habilidades e invenciones disponibles  para crear una propuesta de viaje lunar que resultó interesantemente creíble.

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La compresión necesaria

Un aspecto central del esquema de Wilkins era su comprensión de la atracción gravitatoria de la Tierra, ya que era algo que cualquier viajero espacial necesitaría conocer y dominar.

En este momento, sin embargo, 50 años antes del trabajo de Isaac Newton, el pensamiento científico aún confundía la fuerza de la gravedad con la atracción del campo magnético de la Tierra.

A partir de su observación de que un imán dejó de atraer la aguja de una brújula en un punto determinado de separación terrestre, Wilkins concluyó que el tirón de la Tierra (es decir la atracción terrestre) cesaba a unos 30 kilómetros de la superficie terreste.

Por supuesto, ahora sabemos que se equivocó, pero la ciencia a menudo avanza gracias a los errores.

Camino a la Luna

Mientras tanto, el siglo XVII, los astrónomos ya conocían la distancia a la Luna con bastante precisión. Pero, para lograr subir hasta superar esos 30 kilómetros iniciales de atracción terrestre, Wilkins propuso el desarrollo de un vehículo notable.

Su carroza voladora iba a ser como una pequeña nave, en medio de la cual se encontraría un potente motor de reloj (una cuerda de relojería) accionado por un resorte.

La fuerza de la pólvora podría usarse para enrollar ese motor, de modo que, cuando su mecanismo se encendiera, haría que su gran par de alas, parecidas a las de un pájaro, se batieran e hicieran volar el aparato (ver ilustración).

La carroza se elevaría y, cuando hubiera ascendido 30 kilómetros (la distancia hasta donde llegaban los efectos de la atracción terrestre, el motor podría apagarse. Ya que a partir de este punto no habría ninguna fuerza contraria que la detuviera. O sea que de allí en adelante se esperaba que la carroza se deslizara suavemente  hacia la Luna.

Los astrónomos de 1640 conocían la distancia a la Luna con bastante precisión, así que Wilkins calculó que los tripulantes de la carroza voladora pasarían varias semanas en un viaje relativamente rutinario, como los que realizaban los primeros navegantes oceánicos.

Cuando los astronautas sintieran el tirón de la Luna (la atracción de la Luna) mucho más débil que el de la Tierra, simplemente necesitarían batir las alas de la carroza con el mecanismo de relojería, para garantizar un descenso y aterrizaje seguros. 

Simple, ¿no?

¿Y la comida para el viaje?

Wilkins también imaginó el encuentro con los posibles habitantes de la Luna, a los cuales llamaba ‘selenitas’, por Selene, la diosa griega de la luna.

Si existían, escribió, los comerciantes podrían comercializar con ellos y establecer nuevos mercados lucrativos.

Además, Wilkins señaló que el suministro de alimentos para los viajeros del espacio no supondría un problema pues, argumentó, solo sentimos hambre debido al constante tirón de la Tierra sobre nuestros estómagos.

En otras palabras, en el espacio no tendríamos hambre debido a la falta de gravedad.

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Luna de Miel de la ciencia

No hace falta decir que la carroza voladora de Wilkins nunca se convirtió en una realidad. De hecho, la ciencia avanzaba tan rápido que, 24 años después de su propuesta, en 1664, Wilkins ya se había dado cuenta de su imposibilidad.

En 1659, las investigaciones de sus amigos Robert Boyle y Robert Hooke habían llevado al descubrimiento del vacío, y a la comprensión de que en el espacio probablemente no había aire y, por lo tanto, sería intransitable.

Sin embargo, si bien Wilkins nunca se elevó más de lo que podía saltar, su intelecto vivo, su genial personalidad y su poder para inspirar a otros lo pusieron a la vanguardia del movimiento científico inglés.

Como director del Wadham College, en Oxford, entre 1648 y 1659, Wikins reunió a su alrededor un ‘club’ de amigos científicos, mientras que al mismo tiempo trabajaba estrechamente con investigadores en astronomía y física del Gresham College, en Londres.

Y cuando la monarquía fue restaurada después de las guerras civiles en 1660, el círculo científico de Wilkins se convirtió en la Real Sociedad, que sigue siendo el cuerpo científico más augusto del Reino Unido.

Más tarde, como obispo de Chester, tomó bajo su ala al brillante Robert Hooke, quien se convirtió en el mayor físico experimental de la época.

Wilkins y sus amigos vivieron en lo que podría llamarse la ‘Luna de Miel’ de la ciencia: se había descubierto lo suficiente para abrir una serie de perspectivas maravillosas, pero solo el tiempo diría cuánto más se necesitaba para hacer realidad el vuelo espacial con el que siempre soñó. 

(* El autor de este artículo, Allan Chapman, es historiador científico en la Universidad de Oxford, especializado en historia de la ciencia y la religión. La ilustración del carruaje espacial para ir a la Luna, es también de Allan Chapman).