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Para el cerebro de un adolescente, emocionalmente reactivo, con un razonamiento no totalmente desarrollado y en busca de placeres, un smartphone representa una cosa más con la que debe lidiar.

Un psicólogo sabio equiparó la crianza de los hijos a conducir un auto con palanca de cambios manual. Los niños necesitan enseñanza, control y dirección -en grandes cantidades, explicó. También se debe confiar en ellos y darles oportunidades para ejercer la independencia. Pero levantar el pie del embrague apretando a la vez el acelerador requiere sincronización. Lo mismo ocurre a la hora de dar a los hijos un control y una independencia mayores.

Aquí es donde entra el smartphone. Jean Twenge desató una discusión en su informe reciente donde relaciona el uso de los teléfonos inteligentes entre los adolescentes con fuertes aumentos en las tasas de depresión y suicidio. Algunas voces críticas advirtieron que no se debía atribuir la causa a los teléfonos. 

Pero aun quienes la critican sostienen que debemos comenzar a abordar “la complejidad del uso que hacen los jóvenes de los medios digitales”. En tanto 8 de cada 10 padres dicen que sus hijos tienen teléfonos, cuesta no suponer que los teléfonos inteligentes tienen un impacto significativo en las vidas de los adolescentes.

Después de todo, un teléfono inteligente que da un acceso inmediato y no monitoreado a mensajes de texto, videojuegos, pornografía, medios sociales y todo lo que internet ofrece, puede representar demasiadas cosas con las cuales lidiar. Para el cerebro de un adolescente, emocionalmente reactivo, con un razonamiento no totalmente desarrollado y en busca de placeres, un smartphone implica una cosa más con la cual lidiar, ni hablar de la reciente confesión del presidente fundador de Facebook de que los medios sociales fueron intencionalmente creados para ser adictivos “atrapando a los usuarios” en un “círculo de comentarios de validación social”.

Hay una razón por la cual Steve Jobs, el fundador de Apple, limitó fuertemente “cuánta tecnología usan nuestros hijos en casa”. Se le suman una serie de otros ejecutivos de empresas tecnológicas como Chris Anderson, CEO de 3D Robotics; Alex Constantinople, gerente general de OutCast Agency, y Evan Williams, fundador de Blogger y Twitter, todos los cuales limitan seriamente el tiempo de pantalla de sus hijos, no permiten teléfonos celulares con planes de datos hasta que sus hijos cumplen 16 años y tienen una norma familiar absoluta de “sin pantallas en el dormitorio. Punto. Nunca”.

Pero como sostiene Twenge “quitar los teléfonos de las manos de los chicos en la escuela secundaria” no es la respuesta. Lo que queremos nosotros como padres es preparar a nuestros hijos para que sepan regularse, que adquieran sabiduría interior y fuerza para utilizar adecuadamente cualquier cosa que la tecnología les depare en formas que los fortalezcan a ellos y a otros. La pregunta es ¿cómo?

Los ejecutivos de tecnología parecen saberlo al menos en parte. La extensa investigación de la académica especializada en paternidad Laura Padilla-Walker referida a cómo los hijos internalizan los valores necesarios para auto-regularse identifica tres prácticas importantes. La primera, proteger a los chicos “resguardándolos” de influencias potencialmente peligrosas es importante, sobre todo en el caso de los hijos menores de 14 años. La segunda: es fundamental “equipar previamente” a los niños, enseñarles y familiarizarlos con valores dándoles al mismo tiempo estrategias para que enfrenten situaciones específicas. En tercer lugar, la “deferencia”, que los padres se aparten cuando sus hijos toman decisiones propias es también importante, especialmente después de los 14 años.

Combinar estas prácticas es lo que más beneficia a los chicos -permitir que los adolescentes tomen sus propias decisiones (deferencia) hablando con ellos sobre esas decisiones (equipándolos previamente) y protegiéndolos de las influencias externas (resguardándolos) explicándoles por qué (equipándolos previamente). El poder reside en el proceso de razonar juntos -los padres que comparten valores en conversaciones abiertas, en tanto los jóvenes comparten lo que están experimentando en relación con dichos valores. En ese proceso se fortalece el razonamiento moral de los hijos y éstos sienten que están eligiendo activamente sus valores y comportamientos. Pero saber cuándo resguardarlos, equiparlos o utilizar la deferencia requiere una crianza cuidadosa porque el momento elegido es importante y varía dependiendo de cada chico.

Recientemente, un muchacho de 16 años anunció a sus padres que cambiaba su teléfono inteligente por un celular con tapita. Desde el inicio del secundario cuando recibió por primera vez un teléfono inteligente mantenía un “diálogo constante” con sus padres acerca de todo, desde la naturaleza adictiva de los medios sociales hasta la sensación de que su teléfono parecía “leerle la mente” enviándole anuncios publicitarios de cosas que le gustaban. Pero ver las reacciones de miedo, renuencia, aburrimiento y hasta furia de sus pares cuando les pedían que apagaran sus teléfonos durante el tiempo de la clase, lo llevó a reflexionar “Me pregunto qué pensaría sobre mi tiempo libre si no tuviera mi teléfono”. Entonces, se despidió de Snapchat, Instagram y el chat grupal. En palabras de su mamá “Ya no hay que esperarlo cada vez que está cansado, aburrido o hambriento”. Y ahora tiene la libertad de hacer cosas distintas en su tiempo libre -libertad que sus pares, irónicamente, envidian.

Décadas atrás, la antropóloga Dorothy Lee sostuvo que “lo que todos podemos dar a nuestros hijos es una brújula” que los guíe para aferrarse a lo que es más precioso en una sociedad que está cambiando drásticamente. Los teléfonos inteligentes nos están empujando a nosotros como padres a pensar mejores formas de hacer precisamente eso.