Pareciera que el día de hoy es indispensable para festejar a todas las parejas enamoradas. Sin embargo, esta festividad, como muchas otras, más allá de celebrar nos permiten contar con pretextos para ocultar cosas mucho más importantes. Las parejas “perfectas” que vemos pasar no necesariamente son felices, románticas o mágicas.

Algunas están en proceso de separarse, otras pueden estar juntas por rutina y por considerar que no les queda más remedio que seguir juntos. Incluso hay quienes se arrepienten diariamente de haberse unido con su pareja. En casos más graves alguna de las partes puede estar sufriendo malos tratos y violaciones por parte del otro, pero es imposible darnos cuenta de esto. Hay personas que vemos caminar, con rosas en sus brazos y sonriendo, sin embargo, pasan por verdaderos infiernos en sus relaciones.

En el caso de las mujeres, algunas incluso podrán ser asesinadas por sus parejas. La violencia en las relaciones afectivas, producto de la idealización del amor romántico, es la más común e invisibilizada de todas, ya que las personas tienden a confundir estas conductas violentas con “demostraciones de afecto intensas, pero románticas”, sin notar que en la mayoría de los casos dichas conductas son perjudiciales para la pareja.

La violencia física es la más “sencilla” de detectar, pero hay otras violencias mucho más sutiles que pueden ser pasadas por alto sin problema, como la violencia emocional o psicológica. Estamos tan acostumbrados a sufrir en pareja que ni siquiera podemos cuestionar el hecho de que el amor no debe estar basado en el masoquismo y consideramos que no se puede desligar el amor del sufrimiento, del sacrificio o de la renuncia.

El amor romántico es tan nocivo que puede matarnos. Tal vez no siempre de forma literal, pero hay casos en que la violencia es tal que lo único que falta para que la víctima se considere muerta es que deje de respirar. Las afectaciones físicas, emocionales y psicológicas que genera el amor machista no deben ser pasadas por alto en ningún caso, puesto que toda microviolencia está encaminada a escalar a grados más y más altos.

Resulta complicado en una relación querer bien a otra persona cuando no está cimentada en la responsabilidad afectiva, es decir, en la igualdad, admiración y respeto mutuo, ya que es imposible construir algo estable en las relaciones donde una parte es sujeto y la otra es objeto. Por esta razón es que nos resulta indispensable desmitificar la felicidad “incondicional” dada en la pareja pues el patriarcado sigue impidiéndonos disfrutar del amor, tanto a hombres como a mujeres.

Una gran cantidad de parejas ni siquiera se permiten tener una etapa de idealización, sino que comienzan directamente con batallas, ya sean de celos, miedos, posesividad, inseguridad, luchas de poder y diferentes manifestaciones de maltrato, bajo la justificación de querer proteger una relación que conforme a los parámetros de una correcta responsabilidad afectiva podría considerarse inexistente.

El patriarcado nos limita a ejercer y disfrutar el amor de una forma plena. Nuestras emociones, sueños y anhelos son patriarcales, al igual que nuestro deseo. Toda la cultura machista mitifica el amor de pareja, pues seguimos reproduciendo estereotipos de género para cumplir con las expectativas de la sociedad. La necesidad de liberarnos del patriarcado es muy fácil de comprender en la teoría. Sin embargo, todas y todos seguimos atados a los efectos del amor romántico.

La violencia debe dejar de justificarse con frases tan clichés cómo “lo hace porque me quiere” o “es que esa es su forma de ser”. Hemos escuchado estas frases en alguna parte sin comprender que representan probablemente la mayor muestra de violencia que ejercemos contra nosotras mismas. Aceptar este tipo de manifestaciones “amorosas” nos invita a su vez a permanecer en el victimismo romántico haciéndonos sentir merecedoras de amor, pero sólo de un tipo en específico: el que merma, descalifica y violenta.

Es fundamental para todos nosotros comprender que el verdadero amor debe comenzar en nuestro interior. Las prácticas de autocuidado y amor propio nos hacen más fuertes y en este crecimiento nos invita a compartir nuestros progresos con otras personas. No debemos estar siempre anhelando que el amor nos colme y nos complete. No es necesaria una relación para poder valorarnos como seres independientes. La verdadera clave se encuentra en nuestra transformación tanto individual como colectiva.

La responsabilidad afectiva y la ética del amor deben estar orientadas en todo momento a la admiración, apoyo, crecimiento y, sobre todo, al respeto por la individualidad de nuestra pareja. Por todo esto, utilicemos este día para comenzar a cuestionarnos: ¿cuál es nuestro papel en nuestras relaciones?, ¿a qué nivel hemos llegado a ejercer violencia hacia nuestras parejas sentimentales?, y sobre todo, ¿qué podemos hacer para cambiar nuestras conductas?

 

La autora es auxiliar de investigación del Centro de Educación para los Derechos Humanos de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH