El 11 de julio de 1989, por iniciativa del Consejo de Administración del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, se celebró por primera vez el Día Mundial de la Población, luego de que en 1987 la población mundial alcanzó aproximadamente los 5 mil millones de habitantes.

El objetivo de establecer y conmemorar esta fecha es recordar y llamar la atención para resolver juntos los problemas demográficos, de recursos naturales como el agua y las tierras de cultivo, la distribución de alimentos, las atenciones sanitarias y educativas y el deterioro del medio ambiente.

Cada año existen áreas prioritarias de las temáticas mundiales. En 2020, por ejemplo, el tema fue “Poniendo fin al COVID-19: cómo salvaguardar la salud y los derechos de las mujeres y las niñas”. Esto en el contexto de las medidas para minimizar riesgos de contagio por exposición al virus SARS-CoV-2, que ocasionó la interrupción o disminución de las cadenas mundiales de suministros para la salud, educación y atención de grupos vulnerables.

En 2021, tres décadas después, la población mundial alcanza aproximadamente los 7.8 mil millones de habitantes. Ahora la sociedad puede concientizar y reconocer que existen áreas de interés que deben resolverse de una vez por todas, sino es que existen barreras más allá de nuestras fuerzas que lo impidan.

La propia Organización de las Naciones Unidas y la forma que adoptaron los llamados derechos humanos –que hoy se enseñan y divulgan a nivel mundial– fueron el resultado histórico de conquistas sociales de los cuales cuesta mucho esfuerzo hablar sin hacer referencia a la esquizofrenia y al horror que implicaron las guerras y genocidios del siglo pasado.

Por su parte, la generación de los 7 mil millones llegó demasiado tarde para ver caer el muro de Berlín o recordar el 9/11. No comparte los recuerdos del siglo que comenzó con la publicación de la Teoría de la Relatividad por Albert Einstein o el primer vuelo de los hermanos Wright. Tampoco el significado de las primeras constituciones sociales o el comienzo de la era digital.

Llegados a este punto es válido hacerse la pregunta: si somos la punta del iceberg de todo lo que ha venido sucediendo y aconteciendo desde mucho antes de que llegáramos a este mundo, entonces, ¿somos responsables del tipo de sociedad en que vivimos? La respuesta, invariablemente, sería sí.

En México, por ejemplo, la reforma constitucional de 2011 sobre derechos humanos llegó muy tarde a las aulas. Muchos hemos tenido contacto con este nuevo paradigma hasta que iniciamos un posgrado. Aunque ya teníamos muy presentes los problemas sociales, teníamos otra forma de hacer las cosas.

Atravesamos gobiernos despóticos, la guerra contra el narcotráfico y afrontamos problemas de trata de personas y desplazamientos forzados, tanto dentro como fuera del País. Existen tratos diferenciados por razón de género, raza, etnia o credo religioso. Y la violencia intrafamiliar hace eco en la delincuencia y los vicios destructivos que se repiten, como un patrón, una generación tras otra.

Este pasado tormentoso y sus consecuencias las vivimos en el presente como una realidad a la que poco a poco nos acostumbramos. El sentimiento de la ruptura del tejido social impregna nuestra cultura, se tatúa en nuestra memoria, y su sentimiento reencarna al instante. Basta el hecho de tener contacto con las madres buscadoras, intercambiar unas palabras y percibir que pueden ver los rostros de sus desaparecidos en cualquiera de nosotros.

Nos educaron con base en estereotipos, pero la tecnología y globalización abrieron las fronteras de nuestras mentes. Pasamos del amor romántico al libre e incondicional. Así, aunque se siguen callando bocas y desapareciendo personas por intereses políticos o económicos, los periodistas siguen comunicando la realidad. Las mujeres continúan la lucha por una sociedad libre de violencia de género. Y muchos otros grupos se han sumado a la lucha por la igualdad, tolerancia y no discriminación.

La década que estamos iniciando –tras las olas de pandemia y el confinamiento– nos unió en términos de conciencia global. Transitamos hacia una nueva normalidad, dejando atrás aquel mundo al que estábamos tan acostumbrados. Tenemos la oportunidad de levantar la cabeza, mirar el horizonte y planear una estrategia para afrontar los años venideros.

Siendo capaces de conectarnos globalmente y de forma instantánea con las personas que amamos, es nuestra responsabilidad tomar acción: no realizar injusticias y denunciar abusos en contra de cualquier ser humano.

El autor es investigador del Centro de Derechos Civiles y Políticos de la Academia IDH. Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA  y la Academia IDH