78 fosas clandestinas han sido ubicadas hasta ahora en el territorio de la Entidad

Se ha dicho en múltiples ocasiones y en diversos tonos, pero habrá que repetirlo de manera insistente: lo que hemos padecido en Coahuila en los últimos años constituye una auténtica crisis humanitaria debido a la ocupación, por parte de grupos criminales, de los espacios de poder que corresponden a las instituciones públicas.

La penetración del crimen organizado en la estructura gubernamental, particularmente en los cuerpos policiales, así como en las instituciones responsables de procurar justicia, dio como resultado que la sociedad se encontrara virtualmente abandonada, a merced de quienes han decidido hacer de la violación a la ley un estilo de vida.

El saldo de ese período, que paulatinamente vamos dejando detrás, aún no termina de calcularse, pero los datos a la mano son suficientes para dimensionar la inmensidad de la tragedia, la profundidad de la crisis por la cual atravesamos todos en mayor o menor grado.

Una de esas cifras forma parte del reporte periodístico que publicamos en esta edición y en el cual se da cuenta de las numerosas exhumaciones clandestinas que formaron parte del período del horror: 78 fosas clandestinas han sido ubicadas hasta ahora en el territorio de la entidad.

Una sola fosa clandestina, conteniendo los restos mortales de un sólo ser humano tendría que bastar para sobrecogernos, para indignarnos y para unir la voz en demanda de justicia.

Casi 80 lugares distintos en los cuales los criminales abandonaron los despojos de sus víctimas dibujan un panorama difícil de imaginar siquiera.

Y es que estamos hablando de 78 lugares en donde las familias de los muchos desaparecidos deben recrear su dolor y confrontar la suma desgarradora de sentimientos encontrados: en cada uno de estos lugares podrían estar los despojos que pongan fin a su búsqueda, que le permitan dar paso al duelo, pero también en cada uno de esos lugares podría esfumarse la última esperanza de encontrar con vida a su ser querido.

Decenas, cientos, miles de personas viven cotidianamente el traumatizante dolor de la incertidumbre que es peor que las malas noticias. Las fosas clandestinas que los grupos criminales dejaron tras de sí como estela macabra son el recordatorio multiplicado de los días más oscuros; los días en los cuales comenzaron una búsqueda en la cual nadie tenía interés en acompañarles, porque la explicación simple del inicio de esta historia era que se trataba de “delincuentes” y que si habían muerto, seguramente “se lo merecían”.

Las fosas localizadas nos acercan a la posibilidad de identificación de las víctimas y con ello al posible cierre de los dramas individuales. A todos los demás, a quienes no formamos parte del contingente de quienes buscan a un ser querido, las tumbas clandestinas deben servirnos como recordatorio de una época aciaga a la cual no podemos volver nunca más.