La tendencia es a adelantarlo todo.

En octubre ya se hacen los desfiles de catrinas encalaveradas y de alebrijes en CDMX. Se acicalan los altares de muertos antes de la fecha. En el emparedado de brujas y espantos con difuntos quedan aplastados los santos. Lo tétrico y lo lúgubre parece ahogar lo místico. Se acentúa comercialmente el importado Halloween (es contracción de la expresión inglesa “All Hallows Eve” cuyo significado es Víspera del Día de Todos los Santos).

Se metieron de contrabando los aquelarres, con presencia horripilante de brujas y espantos y quedó diluido el júbilo de la celebración del día siguiente. La noche anterior devoró el principio adelantado del festivo día dedicado a Todos los Santos. Los disfraces ideados para asustar, representando lo horrendo y lo monstruoso, se copiaron de los vecinos del norte. Los supermercados se llenaron de todos los adminículos para el evento de miedo carnavalesco.

Pero se inició una corriente en el cono sur. Recogieron la idea que nació en Alcalá de Henares, en España, y poco antes en Diócesis de París. Y nació Holywins para desplazar los festejos vesperales contaminados de susto. Es una divertida iniciativa que anima a los más pequeños a vestirse de sus santos preferidos y a recordar, en ese día, sus vidas ejemplares a través de juegos, testimonios y canciones. Algunas pequeñas se visten de princesas y ellos de príncipes, otros de ángeles con aureola y todo. Ya se incorporan los adolescentes con su creatividad. Van a los hogares y, a cambio de dulces y regalillos, entregan estampitas con imágenes sacras y con oración al reverso.

Así se intenta que gane lo santo frente a la víspera deformada. En algunas parroquias de esta ciudad, en años anteriores, se ha iniciado esa corriente y cada vez son más las familias que se incorporan a esta depuración que da su auténtico ambiente y finalidad a la fiesta de Todos Santos, con la que se inicia el mes de noviembre, antes de la fiesta de los fieles difuntos.

En tiempos de violencia y de poco respeto a la vida, no parece acertado seguir propiciando eventos en que lo maléfico, lo supersticioso, lo repugnante, lo que evoca conjuros y hechizos de trasnochada brujería parece ponderarse y exhibirse como ingenua frivolidad. “¿Cuánto cuesta esa máscara de Frankenstein?” “¿Ya no le quedan con los cuernos de Maléfica?” “Mire aquí tenemos ésta de monstruo estrangulado” “No, mire mejor me llevo esa de Guasón con grabación de carcajada”. Aparece todo como una imitación extralógica. Como un pegote pseudocultural en que se revuelve whisky con tequila o se sirve hamburguesa con enchiladas.

La lucidez de lo auténtico está llevando poco a poco a la sensatez de sus manifestaciones. Gente que vivió en la cultura anglosajona se trajo este contagio que se hizo viral. Y seguirá, por un tiempo, el esfuerzo creciente de quienes defienden lo propio y lo sacro frente a lo ajeno y lo pagano.

Habrá quien viva en lo familiar una u otra experiencia sin caer en extremismos y dándole más importancia a la sana convivencia humana. Lo mejor no tacha lo aceptable. Sólo lo supera...